Los escoceses-irlandeses son los descendientes, mayormente, de colonos escoceses de las Tierras Bajas, junto con algunos ingleses y galeses, que se trasladaron a la provincia de Ulster (Irlanda) durante los siglos XVII y XVIII, particularmente en la Plantación de Ulster. Aunque su origen es predominantemente escocés, el término también abarca a colonos británicos ya establecidos en Irlanda (y a sus descendientes), así como a refugiados protestantes como los hugonotes.
Emigración a las colonias americanas
El intenso éxodo desde Ulster dio origen al uso del término “escoceses‑irlandeses” en las colonias americanas a principios del siglo XVIII, para distinguir a los presbiterianos de Ulster de otros inmigrantes británicos e irlandeses. Entre 1717 y la década de 1770, los escoceses‑irlandeses representaron la mayor parte de la migración europea a América, convirtiéndose, al inicio de la Revolución Americana, en el grupo étnico europeo más numeroso de las trece colonias.
Se estima que, para la década de 1770, alrededor de 200 000 escoceses‑irlandeses se habían asentado en América, lo que equivalía a un tercio de la población europea total. Su presencia fue decisiva en la expansión hacia el interior, especialmente en las regiones montañosas de los Apalaches y el Piedemonte.
Participación en la Revolución y legado
Los escoceses‑irlandeses jugaron un papel crucial en la Revolución Americana, proporcionando numerosos soldados y líderes que lucharon por la independencia. Entre los más destacados se encuentran Andrew Jackson, Henry Clay y John C. Calhoun.
Tras la guerra, continuaron influyendo en la vida política, económica y cultural de Estados Unidos, aportando al desarrollo empresarial, industrial, educativo y artístico del país.