Otro aspecto que merece ser destacado es el sentido que tuvo la campaña en el contexto español y europeo. No fue casualidad que se la considerara una cruzada; contó con el respaldo papal y con la participación de tropas ultramontanas, provenientes de más allá de los Pirineos. Por eso, aunque involucró a los principales reinos cristianos de la península, la empresa trascendió lo meramente hispánico y se convirtió en un choque de civilizaciones.
Hoy día el proceso de la Reconquista es puesto en duda, incluso negado, por diversos sectores de la historia, la cultura y la política. Los argumentos más habituales son cuatro: su carácter discontinuo, la falta de unidad política entre los reinos cristianos, la ausencia de una identidad cristiana claramente diferenciada del Islam y la carencia de referencias explícitas a una empresa de reconquista. Sin embargo, la propia naturaleza de los hechos que rodean a Las Navas de Tolosa demuestra lo contrario.
En términos simplificados, al igual que en conflictos contemporáneos como la Segunda Guerra Mundial, no se trata de una lucha diaria continua, sino de campañas intermitentes. Así, las distintas guerras que conforman la Reconquista pueden identificarse como una serie de campañas orientadas a la recuperación del espacio cristiano que había sido la Hispania gótica. En segundo lugar, aunque no existía una unidad política al estilo de los estados modernos, sí había lazos políticos que unían al Señor de Vizcaya y a las milicias municipales con el rey Alfonso VIII, lo que permitió al monarca dar cohesión al ejército. En tercer lugar, en Las Navas la identidad cristiana, frente a la identidad islámica del ejército almohade, funcionó como mortero que mantuvo unido al diverso ejército. Por último, aunque la empresa no se denomina explícitamente “reconquista”, las fuentes dejan claro que se trataba de una campaña dentro de un proyecto mayor.
Los contendientes cristianos formaron una coalición liderada por Alfonso VIII de Castilla, acompañado por Pérez II de Aragón y Sancho VII de Navarra. Junto al rey castellano estaban Don Diego López de Haro, Señor de Vizcaya, y el arzobispo de Narbona, Arnau Amalric, al frente de los cruzados ultramontanos (cruzada proclamada por el Papa Inocencio III), mayoritariamente franceses. Las milicias municipales, las órdenes militares, los voluntarios leoneses y portugueses, y las guardias reales de los tres monarcas conformaron un ejército sorprendentemente numeroso para la época, estimado por Carlos Vara entre 33.300 y 49.950 hombres (cada lanza estaba compuesta por un caballero, un escudero, un paje y dos soldados de infantería). Según González Simancas, el ejército almohade de An-Nasir contaba con alrededor de 50.000 hombres bajo el mismo cálculo.
El pastor de Las Navas de Tolosa
Los almohades sabían que el ejército cristiano avanzaba hacia el sur, tras las derrotas sufridas en la batalla de Alarcos (1195) y la toma del castillo calatraveño de Salvatierra (1211). Por ello, intentaron detener el avance de tan numerosa fuerza usando el relieve del terreno a su favor. El cronista arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada, consejero del rey Alfonso y probable arquitecto intelectual de la campaña, describe con detalle el itinerario que siguieron los cristianos desde Toledo. El camino natural conducía del altiplano al valle del Guadalquivir a través del paso de Muradal, pero en un punto llamado paso de la Losa el terreno se estrechó bruscamente y los almohades bloquearon el paso, creando un obstáculo difícil de superar.
En ese momento apareció el protagonista de nuestra historia, descrito por Jiménez de Rada como “un hombre de la zona, muy desaliñado en su ropa y aspecto, que años atrás había criado ganado en esas montañas”. Las fuentes lo identifican a veces como pastor y otras como cazador; lo que es indiscutible es que conocía esas fronteras y mostró a los cristianos una ruta alternativa (un antiguo camino romano) que les permitió sortear el obstáculo. Esa vía, conocida como Puerto del Rey, condujo al altiplano llamado la “Mesa del Rey”, visible hoy desde el Centro de Interpretación de la Batalla de Las Navas de Tolosa en Santa Elena (Jaén), donde se instaló el campamento cristiano y desde donde se lanzó el ataque contra los almohades.
La aparición providencial de este pastor garantizó el éxito del rey castellano y pronto dio lugar a distintas interpretaciones, como era típico en la mentalidad medieval. Jiménez de Rada afirma que Dios lo envió. No sorprende, pues la tradición medieval lo asoció con San Isidro, implicando una intervención divina similar a la de Santiago en la batalla de Clavijo.
Ya en el siglo XVI, Gonzalo Fernández de Oviedo menciona por primera vez que se trataba de Martín Alhaja (o Halaja), quien habría usado el cráneo de una vaca para señalar el camino al rey Alfonso. De ahí proviene la conocida expresión “cabeza de vaca”.
Sea como sea, el personaje legendario ha recibido múltiples interpretaciones: pastor, cazador, bandido, castellano o mozárabe tardío, siempre un fronterizo. Martín Alhaja, “el pastor de Las Navas de Tolosa”, cambió el curso de los acontecimientos, convirtiéndose en un héroe anónimo pero esencial. En 1987, el director noruego Nils Gaup estrenó la película Pathfinder, el guía de la garganta, donde el protagonista libera a su aldea de una invasión vikinga. La historia del pastor de Las Navas podría inspirar una épica cinematográfica sobre nuestro propio héroe, cuya hazaña abrió la puerta al avance decisivo de la Reconquista, que culminaría, más de dos siglos después, con la caída de Granada, el último reino musulmán de la península, en manos de los Reyes Católicos.
Notas
(1) El mayor especialista en Las Navas de Tolosa es Carlos Vara Thorbeck, cuya tesis doctoral dio origen al ensayo “Las Navas de Tolosa” (Edhasa, Barcelona, 2012).
(2) Estas cifras incluyen la participación de unos 12.500 caballeros, según Carlos Vara (p. 347).
(3) Cifras recopiladas por Carlos Vara (p. 354).
(4) Jiménez de Rada: “Los hechos de la historia de España”. Alianza, Madrid, 1989.
(5) Vara, op. cit., p. 295.
(6) Ibid., p. 295. En la Crónica latina también aparece como pastor, al igual que en la versión del obispo de Tuy.
(7) Gonzalo Fernández de Oviedo: “Catálogo Real de Castilla” (1532), pp. 430‑431, transcrito por Evelia Ana Romano de Thuesen.