Descubrimientos arqueológicos

Arqueólogos que buscaban confirmar la Biblia descubren el poema de amor más antiguo y transforman la historia

El auge de la arqueología bíblica en Mesopotamia

En el siglo XIX, la mayor parte de los arqueólogos europeos centraron su atención en Mesopotamia, donde expediciones anteriores ya habían identificado lugares mencionados en la Biblia. Sin embargo, gran parte del territorio permanecía inexplorado. El principal obstáculo era la financiación, por lo que los investigadores presentaban sus excavaciones como una necesidad de interés público que justificaba fondos estatales y privados. El argumento era simple: buscaban la confirmación documental y arqueológica de los relatos bíblicos, y la estrategia resultó eficaz.

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Sir Austen Henry Layard y los primeros descubrimientos

Uno de esos arqueólogos fue Sir Austen Henry Layard. Antes de dedicarse a la arqueología, había recorrido gran parte del Oriente Medio y desempeñado una destacada carrera diplomática en la embajada británica de Constantinopla (hoy Estambul). Animado por el embajador, Layard partió a Mesopotamia en 1845 para perseguir su verdadera pasión: la arqueología.

Su objetivo inicial fue la ruina de Kalkhu, conocida hoy como Nimrud, la antigua capital asiria situada a unos 30 km al sureste de Mosul (destruida en 2015 por el Estado Islámico). Durante seis años desenterró palacios, edificios y numerosos relieves, entre ellos el obelisco negro de Shalmaneser III, que gran parte terminó en el Museo Británico.

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Presionado por la necesidad de encontrar ciudades bíblicas, Layard creyó haber descubierto Nínive y publicó Nínive y sus ruinas, obra que se convirtió en un éxito en Inglaterra y favoreció el envío de nuevas expediciones.

El hallazgo de la biblioteca de Asurbanipal

En 1846 inició una excavación paralela que, sin saberlo, resultó ser la verdadera Nínive. Allí descubrió la biblioteca del rey asirio Asurbanipal (668‑627 a.C.), compuesta por 22 000 tablillas de arcilla con escritura cuneiforme.

Años después, el traductor George Smith descifró varias de esas tablillas, entre ellas la famosa tablilla 11 del poema de Gilgamesh. Smith recordó su emoción: “Soy el primer hombre en leer estos caracteres después de dos mil años de olvido”. Saltó, corrió por la sala y, según testigos, incluso se desnudó de la emoción.

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El 3 de diciembre de 1872 presentó su traducción, vestido, ante la Society of Biblical Archaeology en Londres. La tablilla relata el deluvio universal caldeo, demostrando que la historia bíblica del Diluvio era una adaptación de mitos mesopotámicos y marcó el nacimiento de la asiriología.

El poema de amor más antiguo

Otro descubrimiento crucial sería el “Cántico de Shu‑Sin”, la obra lírica más antigua conocida, datada alrededor del 2000 a.C. En 1951, el asiriólogo estadounidense Samuel Noah Kramer, trabajando en el Museo de Estambul, encontró la tablilla 2461, excepcionalmente conservada. Al examinarla, descubrió un poema dividido en estrofas, parte del ritual anual del “matrimonio sagrado”, en el que el rey de Ur se casaba simbólicamente con la diosa Inanna a través de una sacerdotisa.

El cántico, recitado por la novia acompañada de música y danza, estaba dedicado al rey Shu‑Sin, que reinó en Ur entre 1972‑1964 a.C. (según algunas fuentes, 2037‑2029 a.C.). Las dos primeras estrofas, traducidas al español por Jaime Elías a partir de la versión de Kramer, reflejan una pasión y un arte que trascienden milenios.

Estos hallazgos cambiaron para siempre la concepción de la historia, situando la narrativa humana varios siglos antes de los textos bíblicos y abriendo las puertas a la historiografía moderna.