Descubrimientos arqueológicos

Cómo un botánico francés llevó a Europa el primer testimonio escrito completo de la civilización mesopotámica

Introducción

Al final del siglo XVIII la escritura cuneiforme seguía siendo un enigma para los historiadores europeos. Los primeros en mencionar los extraños grabados en templos y tablillas de arcilla fueron el embajador veneciano Giosafat Barbaro, que vio Persepolis en 1474, y Robert Shirley, que descubrió la monumental inscripción de Behistún en 1598. No fue sino hasta 1838, cuando Henry Rawlinson descifró la parte persa, que la investigación comenzó a avanzar, y a mediados de la década de 1850 los estudiosos lograron descifrar el cuneiforme, dando origen a la asiriología moderna.

Sin embargo, antes de esos avances, los pueblos que utilizaban la escritura cuneiforme —sumerios, acadios y hititas— ni siquiera tenían un nombre propio en la historiografía occidental.

André Michaux: de campesino a botánico

El protagonista inesperado de esta historia es André Michaux, un humilde campesino de Satory, cerca de Versalles. Viudo a los 24 años, cedió la granja a su hermano y se dedicó al estudio de la botánica bajo la tutela del médico real Louis‑Guillaume Le Monnier. Tras obtener su licencia, recibió varias misiones de expedición fuera de Francia.

El viaje a Persia y el hallazgo del kudurru

En 1782 partió a Persia acompañado del cónsul francés Jean‑François Rousseau, con el objetivo de recolectar especies vegetales desconocidas. Tras un robo que le dejó sin equipaje (excepto sus libros) y dos años de exploración en las costas del Golfo Pérsico y el Mar Caspio, Michaux llegó a Bagdad. Allí visitó a una amiga médica y, en los alrededores de las ruinas de Semiramis (actual Taq Kasra), descubrió una extraña piedra negra cubierta de extraños grabados y lo que parecía ser una escritura desconocida.

Cómo un botánico francés llevó a Europa el primer testimonio escrito completo de la civilización mesopotámica

Tres años y medio después, en 1786, regresó a Francia con un herbario impresionante y semillas que le valieron el título de Botánico Real. La piedra fue vendida al Museo Francés de Antigüedades en 1800 por unos 1 200 francos y pasó a formar parte de la Biblioteca Nacional.

¿Qué era esa piedra?

Se trataba de un kudurru, una tabla de registro de propiedad originaria de la antigua Ctesifón, al sur de Bagdad, datada entre 1099 y 1082 a.C. (reinado de Marduk‑nadin‑ahhe). Medía 46 cm de alto por 20 cm de ancho, pesaba 22 kg y contenía 95 líneas en cuatro columnas, coronadas por dos registros iconográficos con 21 símbolos que representan animales fantásticos, atributos divinos y estrellas.

Cómo un botánico francés llevó a Europa el primer testimonio escrito completo de la civilización mesopotámica

El texto, escrito en acadio del dialecto babilónico con signos cuneiformes y ortografía arcaica, es un contrato de donación de tierra de un padre a su hija, acompañado de una serie de maldiciones que se activan si se viola la inscripción o se impugna la donación. La parcela descrita se ubica en la ciudad de Kar‑Nabu, al noreste de Babilonia, y abarca 162 hectáreas.

De la transcripción a la traducción

Henry Rawlinson propuso la primera transcripción del kudurru en 1861, pero la traducción completa no apareció hasta 1895, obra de Jules Oppert. Sólo entonces se comprendió que la tabla era, de hecho, el primer testimonio escrito completo de la civilización mesopotámica que llegó a Europa.

El legado de Michaux

Tras este descubrimiento, el propio Michaux continuó sus exploraciones. En 1785 Luis XVI lo envió a los Estados Unidos para buscar plantas útiles en medicina, construcción y agricultura. Durante diez años envió cajas de semillas a Francia y, a su regreso, sobrevivió a un naufragio que casi pierde todo su material.

En 1800 se incorporó a la expedición de Nicolas Baudin hacia Australia, pero abandonó el proyecto en Mauricio y se dirigió a Madagascar, atraído por su flora exótica. Allí falleció en 1802 a causa de fiebres tropicales, sin llegar a conocer el contenido exacto del kudurru que lleva su nombre.


Caillou Michaux
por Grands archaeological sites
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