Puntas de flecha de obsidiana descubiertas en sitios arqueológicos de Petén, Guatemala. En el fondo, la península de Nixtun‑Ch'ich.
Autosacrificio maya
Los arqueólogos hallaron rastros muy escasos de sangre humana en dos puntas de flecha de obsidiana entre ciento ocho proyectiles recolectados en cinco sitios mayas de la región de los lagos, en el departamento de Petén, al norte de Guatemala. Según la profesora emérita Prudence Rice y Nathan Meissner del Center for Archaeological Research de la University of Southern Illinois (EE. UU.), una de esas puntas pudo haber sido usada en rituales sagrados de autosacrificio, que consistían en sangrarse voluntariamente en dedos, lóbulos de oreja, lengua o genitales. ¡Era la sangre más valiosa que los mayas ofrecían a los dioses durante casi dos mil años!
El otro proyectil se halló dentro de una vivienda. El conjunto de flechas de obsidiana, datadas entre 1400 y 1697 d.C., también reveló residuos de sangre animal en veinticinco de ellas mediante inmunoelectroforesis: roedores, aves, conejos y, notablemente, grandes felinos, animales de gran poder simbólico en la religión maya.
El papel del autosacrificio en Mesoamérica
En las antiguas sociedades mesoamericanas, el autosacrificio tenía una función religiosa crucial. Como señaló en 2012 el antropólogo francés Claude François‑Baudez, ningún otro lugar del mundo practicó “formas tan violentas, dolorosas y sangrientas” de autosacrificio con tanta frecuencia.
La sangre recogida en cuencos se quemaba en grandes incensarios; el humo, mezclado con copal, ascendía a los dioses. Estos actos se realizaban con puntas de obsidiana, pero también con punzones de raya, dientes de tiburón, jade, huesos de felinos o de aves rapaces. A veces se pasaba una cuerda de espinas por la lengua o los lóbulos de las orejas.
Los famosos linteles del sitio de Yaxchilán (Chiapas) muestran estas sangrías reales, como la de la dama K'ab'al Xook (esposa del rey Jaguar Shield, 681‑742), quien atravesó su lengua con una cuerda de espinas. Los sacerdotes también infligían sacrificios extremadamente mutiladores a prisioneros y enemigos, como ilustra el fresco policromado de Bonampak.
Significado y alcance
“Aunque los mesoamericanos no eran masoquistas”, escribe con humor Baudez, “eran muy paranoicos, siempre endeudados con una deuda que nunca podría extinguirse”. El autosacrificio era, pues, la fase esencial de un ciclo infinito de ofrendas y contra‑ofrendas, una mezcla de humillación y redención: no solo se pagaban los errores propios, sino que también se ayudaba a saldar la deuda de toda la humanidad.
Rituales similares existieron entre otros pueblos americanos, como los indios de las llanuras del norte.
Fuentes: *Los cinco sitios mayas: Nixtun‑Ch'ich', Tayasal, Quexil, Ixlu y Zacpetén.
**Claude François‑Baudez, “Redemptive Pain. Pre‑Columbian Self‑Sacrifice”, Riveneuve.