Descubrimientos arqueológicos

Durante 12.000 años, la herencia genética del pueblo romano cambió dos veces

Un nuevo estudio arqueogenético, publicado en Science, combina restos humanos, datación por radiocarbono y análisis de ADN para reconstruir 12.000 años de historia genética del pueblo que hoy conocemos como romano. Los investigadores de Viena, Stanford y la Universidad La Sapienza examinaron el ADN de 127 individuos provenientes de 29 yacimientos arqueológicos de Roma y el centro de Italia, situándolos en una cronología que abarca desde el Mesolítico hasta la Antigüedad tardía.

De Mesolítico a Neolítico: la llegada de la agricultura

Hace unos 10.000 años, la población del área romana mostraba una diversidad genética muy limitada; su heterocigosidad era un 30 % menor que la de los romanos actuales, lo que indica un fuerte aislamiento y escaso mestizaje. Alrededor del 7.000 a.C., una primera gran migración introdujo agricultores neolíticos procedentes principalmente de la región de Anatolia (actual Turquía) e Irán. Este flujo poblacional trajo consigo cultivos domesticados como trigo, cebada, legumbres, ovejas y ganado, marcando el inicio de la agricultura en la península itálica.

De la Edad del Bronce al Fundamento de Roma: el comercio abre fronteras

Entre 2.900 y 900 a.C., durante la Edad del Bronce y los inicios de la Edad del Hierro, una segunda ola migratoria alteró nuevamente el acervo genético. El auge de las rutas comerciales en el Mediterráneo –el llamado Mare Nostrum– facilitó la llegada de personas de origen iraní, de las estepas ucranianas y del norte de África. A finales del siglo X a.C., poco antes de la fundación tradicional de Roma en 753 a.C., la población de la península mostraba ya una composición similar a la de los habitantes mediterráneos actuales.

Un imperio que abarca todo el Mediterráneo

Con la expansión del Imperio Romano, la mezcla genética se volvió aún más compleja. La población de la capital recibió un influjo constante de individuos procedentes del este del Mediterráneo –griegos, frigios, sirios y egipcios–, como atestiguan inscripciones funerarias y la abundancia de templos dedicados a deidades extranjeras. En contraste, la inmigración procedente del oeste (por ejemplo, de la Galia) fue relativamente escasa, probablemente debido a la mayor densidad poblacional y a la existencia de megaciudades orientales que atrajeron a más personas hacia Roma.

Una mutación perpetua visible en los genomas

Los siglos posteriores al colapso del Imperio se caracterizaron por nuevas transformaciones: la división del imperio, epidemias, guerras e invasiones redujeron los contactos con el este y aumentaron los flujos genéticos procedentes del norte y oeste de Europa. Con la aparición del Sacro Imperio Romano Germánico, la ascendencia central‑norteña se reforzó aún más. Jonathan Pritchard, uno de los autores del estudio, señala que "nos sorprendió la rapidez con la que la ascendencia de la población evolucionó, reflejando los cambiantes alineamientos políticos de Roma".

En su apogeo, el Imperio Romano controló todo el Mediterráneo y la vida de decenas de millones de personas en Europa, Oriente Próximo y el Norte de África. Roma, con más de un millón de habitantes, fue la primera ciudad del mundo antiguo en alcanzar esa cifra, una magnitud que no se volvería a ver en Europa hasta la Revolución Industrial, aproximadamente 1.500 años después.