Durante casi mil años la necrópolis de Asuán, situada al sur de Egipto, ha sido una mina de oro para los arqueólogos. Este extenso cementerio, ubicado en la puerta de África, sirvió como último descanso para poblaciones cosmopolitas: egipcios, nubios, persas, soldados griegos y mercenarios judíos.

La egiptóloga italiana Patrizia Piacenti, profesora de Egiptología en la Universidad de Milán, co‑dirige desde 2018 la misión egipto‑italiana EIMAWA, centrada en la “colina de los muertos” de la antigua Syene. “Esta necrópolis, una de las más grandes de Egipto, supera los 100 000 m²; nosotros estudiamos una zona de 25 000 m² donde se han localizado más de 300 tumbas”, explica.
Este artículo se basa en la edición de febrero 2022 de Sciences et Avenir – La Recherche (n.º 900).
Asuán, una ciudad estratégica
Desde la época faraónica, Asuán ha sido un punto clave por su posición justo bajo el primer catarata del Nilo, que marcaba la frontera natural de Egipto. Fue centro de intercambio con África subsahariana, punto de salida de caravanas que buscaban marfil, pieles de pantera, oro, incienso y especias. Su nombre egipcio, Swenet, dio el copto Souan (“comercio”), y los griegos lo llamaron Syene. Durante casi 3000 años la zona también fue una importante cantera de granito.

Una zona fronteriza encrucijada de caminos
En el siglo VII a.C., tras la fragmentación del poder egipcio y bajo el dominio de faraones nubios, libios y asirios, Egipto recuperó cierta unidad bajo Psamético I (664‑610 a.C.). Fue entonces cuando comenzó el uso de la necrópolis de Asuán. Durante la Dinastía XXVI, antes de la conquista persa (525‑404 a.C.), la región se abrió al mundo y acogió a comerciantes y mercenarios griegos, así como a comunidades nubias, libias y persas.
El área de Asuán y la isla de Elephantine siempre fueron una zona fronteriza protegida por fortalezas y guarniciones militares, lo que la convierte en un laboratorio arqueológico único para estudiar poblaciones de origen diverso.
Una necrópolis comparable a Père‑Lachaise
Los arqueólogos describen la necrópolis como el “Père‑Lachaise de Egipto”. Con más de 300 tumbas descubiertas, la excavación se realiza por muestreo: se priorizan aquellas con arquitectura distinta. El saqueo ha sido constante, incluso después de la revolución de 2011, pero los ladrones suelen dejar objetos de madera o alabastro que resultan valiosos para la investigación.
En la Tumba 26, una escalera conduce a 5 m de profundidad donde se hallaron alrededor de cuarenta individuos del período ptolemaico (siglos IV‑III a.C.) y cuatro momias romanas. Entre los hallazgos destacan madres, padres y hasta doce bebés momificados, lo que sugiere una posible epidemia.

Los análisis de rayos X portátiles permiten estudiar el estado de salud de las momias y detectar objetos funerarios ocultos bajo los vendajes, como placas de cobre con nombres griegos (p.ej., “Nikostratos”).
Los papiros de Elephantine, un testimonio único
Los papiros de Elephantine, descubiertos por el egiptólogo Charles Edwin Wilbour en el siglo XIX, son cientos de documentos en jerático, demótico, griego, latín, copto y, sobre todo, arameo, la lingua franca del Imperio Persa. Guardados en el Brooklyn Museum y en Berlín, estos textos incluyen cartas administrativas, contratos, registros médicos y tratados de magia.
Los documentos arameos revelan la existencia de una comunidad de soldados judíos en la fortaleza de Elephantine entre los siglos VII y IV a.C., que practicaba un judaísmo sin la rigidez monoteísta posterior.

El lugar de enterramiento de los primeros cristianos de Egipto
Entre los siglos IV‑V d.C. la necrópolis también albergó a los primeros cristianos egipcios. Los hallazgos recientes, combinados con la información de los papiros, permiten reconstruir la vida y la muerte de estas comunidades en Asuán.
Una misteriosa colonia judía en las riberas del Nilo
Los papeles de Elephantine demuestran que los soldados judíos, aunque adoraban a Yahvé, también rendían culto a deidades semíticas como Ashim‑Bethel y Anat‑Bethel. Los matrimonios mixtos entre judíos y egipcios eran comunes, lo que indica una práctica religiosa flexible. Su templo, construido junto al santuario egipcio del dios carnero Khnum, fue destruido tras una revuelta en 410 a.C.
Los objetos exhumados se trasladan al Ministerio de Antigüedades para su estudio y conservación, bajo la vigilancia constante de la policía local.