Los judíos en Auschwitz no disponían de un comedor propio. Las raciones que recibían eran extremadamente limitadas y debían consumirlas rápidamente, a menudo de pie.
La alimentación consistía principalmente en pan y sopa; en ocasiones se incluía una pequeña porción de carne o queso. Estas porciones eran tan escasas que apenas cubrían las necesidades básicas de los prisioneros.