Figuras Históricas

Raoul Glaber, el historiador del año mil

Raoul Glaber, el historiador del año mil La vida del cronista Raoul Glaber (Rodulfus Glaber, apodado el Calvo), monje borgoñón nacido a finales del siglo X, sigue siendo poco conocida. Su nombre y su personalidad son objeto de controversia entre los historiadores. La historiografía romántica y Michelet lo asocian con los llamados “miedos del Año Mil”, describiéndolo a la vez como un monje jovial e indisciplinado, pero también como un erudito, poeta y teólogo muy vinculado al monaquismo reformista que Cluny pretendía liderar.

Una vida llena de acontecimientos

Probablemente hijo ilegítimo de un clérigo o de un monje, fue colocado como oblato en la prioría de Saint Léger de Champeaux. Su existencia estuvo marcada por la inestabilidad. Raoul Glaber no se presentaba como un monje ejemplar y tampoco aspiraba a serlo. Poco disciplinado, famoso por su franqueza y por enfrentarse a sus superiores, fue expulsado de varios monasterios. Se formó en Saint‑Germain d’Auxerre, en Moutier‑en‑Puisaye y, sobre todo, en Cluny. Allí conoció al abad de Saint‑Bénigne de Dijon, el reformador Guillaume de Volpiano, discípulo de Maïeul de Cluny, quien lo tomó bajo su protección.

Resulta paradójico que este carácter tan austero y piadoso defendiera a Glaber, cuyo comportamiento era notoriamente problemático. Sin embargo, Guillaume de Volpiano solía proteger a los monjes que sabían escribir; buscaba talentos literarios y artísticos para impulsar la reforma monástica a la que Glaber estaba ligado. Lo acompañó en sus viajes, incluso a Italia, y, tras la muerte de su mentor, regresó al monasterio de Cluny, donde escribió su Vida y, poco antes de morir en 1047 en la abadía de Saint‑Germain d’Auxerre, completó sus Crónicas en cinco libros.

El historiador del año 1000

Raoul Glaber, el historiador del año mil Raoul Glaber es recordado sobre todo por una de sus frases: “Fue como si el mundo mismo se estremeciera y, despojado de su obsolescencia, se vistiera en todas partes con una blanca túnica eclesiástica” (según la traducción al francés del historiador Georges Duby). Por ello, suele citarse al monje cuando se habla del “manto blanco de la Iglesia” que cubre el mundo o Francia.

Para los historiadores, sus escritos constituyen una de las fuentes escritas más importantes del siglo XI. Sus Historiæ son una obra erudita que refleja la calidad de la escuela cluniacense de la época. Tras una introducción cosmológica que expone el orden del mundo, Glaber describe y analiza los cambios ocurridos en Occidente entre 900 y 1044, centrando gran parte de su relato en el año 1033 (milenio de la Pasión de Cristo), que dio origen a los míticos temores del año 1000, popularizados por la historiografía romántica. En ocasiones es presentado como un monje milenario que anuncia desastres naturales, perturbaciones climáticas y hambrunas como señales del fin del mundo.

No obstante, el cronista utilizó abundantemente testimonios y mostró una gran credulidad y verborrea, llegando incluso a describir encuentros con el Diablo: “Una noche se me presentó una especie de monstruo terrible. De pequeña estatura, con cuello delgado, rostro estrecho, ojos negros, frente rugosa y arrugada, narices apretadas, boca enorme, labios hinchados, mentón retraído, barba de chivo, orejas peludas, cabello puntiagudo y dientes de perro, cráneo aplanado, pecho hinchado y espalda encorvada”.

Por ello, es necesario separar la superstición del Glaber para extraer un documento real sobre las mentalidades del siglo XI, que contiene una gran cantidad de hechos y acontecimientos históricos, y comprender que su obra es mucho más que una simple recopilación de testimonios.

Al servicio de la reforma cluniacense

El estudio de sus Crónicas revela la erudición de este monje problemático y su compromiso con la reforma monástica encabezada por la abadía de Cluny. A continuación, dos ejemplos representativos.

Raoul Glaber, el historiador del año mil El prólogo de las Crónicas muestra una fuerte influencia del platonismo, que sirve de base a la obra. Glaber pasó por la abadía de Saint‑Germain d’Auxerre, donde en el siglo IX el monje irlandés Erigene había introducido la cosmología griega. A través de la traducción de obras de un teólogo griego de la Alta Edad Media, Glaber entró en contacto con la filosofía de Platón, especialmente con su Timeo, y con el neoplatonismo de Iamblichus o Proclo.

Esta presencia de la filosofía griega puede sorprender, pero no contradice el pensamiento monástico, que la interpreta moralmente. Para los cluniacenses, “filósofo” designa a quien ama la sabiduría; la filosofía es, pues, amor a la sabiduría y, por tanto, una moralidad. El filósofo no es el científico, sino el poseedor de la sabiduría moral, conocedor de la voluntad divina. Así, las Crónicas de Glaber son más profundas de lo que parecen: testimonio del pensamiento monástico cristiano del siglo XI, heredado de la filosofía griega y la cosmología antigua.

Además, la concepción del cosmos de Glaber está influenciada por la visión musical característica de la reforma cluniacense. Para él, la música ocupa la cúspide de las siete artes liberales (gramática, dialéctica, retórica, aritmética, música, geometría y astronomía). La música expresa la perfecta armonía de todas las cosas y la perfección de Dios, reflejada en la liturgia monástica. Por eso, sus Crónicas poseen una dimensión litúrgica y se convierten en una ofrenda de oración, la actividad principal de cualquier monje cluniacense.

Raoul Glaber no solo fue testigo e historiador de su época; también cumplió su misión monástica al transmitir, a través de su obra, las ideas promovidas por la reforma cluniacense.

Bibliografía

Georges Duby, El año mil. Folio History, 1993.

Pierre Riché, Grandeur de l'an mille. Bartillat, 2008.

Raoul Glaber, Crónica del año mil. Paleo, 2000.