Descubierto en la Casa del Fauno de Pompeya, donde adornaba el suelo de una estancia, el mosaico de la Batalla de Issos se conserva hoy en el Museo de Nápoles. Esta magnífica pieza, además de ser un referente en la enseñanza de la historia del arte para alumnos de secundaria, ilustra al rey macedonio Alejandro Magno y a su más célebre adversario, Darío III, mostrando las armas que emplearon los griegos para lograr la victoria.
La Batalla de Issos
Aunque algunos autores sugieren que el mosaico podría representar la batalla de Gaugamela, la mayoría de los especialistas lo identifican con la de Issos, librada en 333 a.C. Alejandro, al iniciar su campaña de un año contra el Imperio persa, se dirigió a Cilicia al saber que Darío se acercaba. Allí, cerca de la ciudad de Issos, enfrentó a un ejército persa que superaba los 100 000 hombres, frente a unos 40 000 griegos. Estas cifras, aunque impresionantes, son más acordes con la investigación moderna que con los relatos antiguos, que inflaban el número persa entre 400 000 y 600 000 para magnificar el triunfo macedonio.
El combate se resolvió principalmente en la infantería: la famosa falange macedonia, armada con sarissas de unos seis metros, se enfrentó a la línea persa. Alejandro pretendía un duelo directo con Darío, pero el rey persa huyó del campo, abandonando incluso sus insignias reales. Los macedonios lo persiguieron brevemente antes de volver a sus filas.
Tras esta victoria, Alejandro abrió el camino hacia Egipto. Dos años después se enfrentó a Darío una vez más en Gaugamela, asegurando la derrota definitiva del Imperio persa.
El mosaico de la Batalla de Issos
Datado en el siglo II a.C., el mosaico fue hallado en una lujosa vivienda pompeyana y probablemente se inspiró en una pintura de Filoxeno de Eritrea, realizada alrededor del 300 a.C. Con unas dimensiones de 5,12 m × 2,71 m y compuesta por más de dos millones de teselas, la obra representa el desastre de Darío ante Alejandro.
El conjunto transmite una atmósfera de tragedia y pánico, sobre todo en la representación del monarca persa, que huye en su carruaje mientras mira a sus tropas desbandadas, con el rostro marcado por el miedo y la indefensión.
En contraste, Alejandro aparece sereno e imperturbable, montado en su caballo Bucéfalo y cargando contra los persas, incluso atravesando a un soldado con su lanza. Su armadura lleva la efigie de Medusa, símbolo que petrifica a sus enemigos, situando al rey macedonio en la línea de los héroes mitológicos como Aquiles.
El mosaico también sirve como valioso registro del equipamiento militar de la época: armas, armaduras, carros y caballos de la caballería de ambos bandos, y, sobre todo, las largas sarissas macedónicas, arma esencial de la falange que garantizó el éxito de Alejandro en Asia.
En definitiva, esta pieza es testimonio de la perdurabilidad del mito alejandrino. Característico del arte helenístico por su realismo, el mosaico decoró una casa romana dos siglos después de los hechos que representa.