¿Un barrio de desenfreno en pleno corazón de la capital rusa?
Hoy sería impensable, pero en el siglo XIX Moscú no era tan recatada ni la capital del Imperio, y el comercio sexual se desarrollaba bajo la supervisión de las autoridades.
Actualmente el barrio es tranquilo: oficinas, cafés y elegantes bulevares. Allí se encuentran el Teatro de la Ciudad, casas de mercaderes y la famosa zona de Sandunów. No queda rastro del oscuro distrito de hace dos siglos.
A principios del siglo XIX la zona estaba dominada por el sospechoso hotel "Crimea", frecuentado por ladrones, gángsters y todo tipo de personajes marginales. Los pisos de aquel establecimiento se apodaban "Infierno" y "Purgatorio", y su nombre dice mucho.
Un barrio de todo tipo de diversiones
El barrio, conocido como Sretenskaya Gora, estaba repleto de burdeles y faroles octogonales colgando de arcos amarillos. En 1866 el "Crimea" se transformó en restaurante con un coro húngaro, pero la reputación de la zona siguió siendo mala y las llamadas "matrioshkas" capturaban a los borrachos del vecindario.
Las damas de buen porte esperaban a sus clientes en habitaciones discretas.
En el siglo XIX la prostitución era legal en Rusia. Catalina la Grande intentó prohibirla, pero su hijo Pablo I la legalizó nuevamente.
La historia oficial de la prostitución en Moscú comenzó en 1844 con la creación de la segunda comisaría médica y policial (después de San Petersburgo). Cada quince días, cada mujer registrada debía presentarse ante una comisión médica. También se les entregaba el llamado "libro amarillo", una credencial con foto.
El proceso era una mera inspección superficial, pero había colas frente al edificio. Los inspectores también visitaban los burdeles que financiaban las consultas médicas; si el tratamiento era prolongado, los costos los asumía el Estado.
Libro amarillo, identificación de prostituta.
¿Cuánto costaba una noche?
En 1889 la supervisión pasó a manos de la policía municipal y la clínica venérea central se trasladó a la calle Posledny (Última). Los métodos de evaluación y los tratamientos primitivos cambiaron poco.
Las normativas regulaban estrictamente el funcionamiento de los burdeles. Una mujer de entre 30 y 60 años podía dirigir un burdel siempre que mantuviera una conducta adecuada.
Los burdeles se clasificaban en tres categorías: los más baratos cobraban 30‑50 kopeks por visita (una noche costaba dos rublos); la clase media, entre 1,5‑2 rublos (noche 3‑5 rublos); y los exclusivos, de 3‑5 rublos por visita y una tarifa nocturna de 10 rublos.
Las prostitutas de alto nivel ganaban hasta una docena de veces más que sus colegas de los burdeles más pobres, atendiendo en promedio a cinco clientes al día (algunas llegaban a veinte).
Los ingresos de la élite
Se estima que podían obtener al menos 600 rublos al mes, una suma considerable para la época, aunque tres cuartas partes se destinaban al burdel para alimentación y cuidados.
Para atender a ciertos clientes, muchas prostitutas recurrían a "anestesia" mediante alcohol y drogas, gastando gran parte de sus ganancias.
El dinero se evaporaba en ropa, cosméticos y sustancias para mantenerse en forma. La vida de una prostituta era corta; la cúspide de su carrera consistía en convertirse en la mano derecha del burdel y, eventualmente, heredarlo.
Los burdeles exclusivos eran escasos. El más famoso era la casa "Rudniowka" en Zaułek Sobolowy, número 13 (actual Bolshoi Golovin), con 18 trabajadoras. Contaba con una "sala turca", decorada con alfombras y espejos, cuyo servicio costaba 15 rublos. Atraía a comerciantes y viejos creyentes. También había una trabajadora negra, cuya belleza despertaba gran interés.
Para los amantes del masoquismo
Durante dos años, en el bulevar Pietrowski, en el edificio donde hoy se ubica el bar Champán, existió otro lugar misterioso.
Los burdeles de Moscú ofrecían algo para todos.
Los sado‑masoquistas con recursos económicos eran atraídos por una sala cubierta de espejos, dirigida por Emilia Khatuntseva, donde jóvenes de Moscú organizaban orgías explícitas.
Un erotómano mayor viajó a Moscú solo para visitar a la señora Khatuntseva.
Desnudo en la habitación de una de las chicas, vestía sólo una camisa, mientras ella y su amiga, también en camisa, empuñaban enormes varas y azotaban al anciano sin piedad hasta que él quedaba satisfecho. Tras la sesión, sin inmutarse, pagó 25 rublos a cada mujer.
El fin del barrio rojo
El distrito de luz roja se volvió intolerable. A finales del siglo XIX empezó a escaparse del control de las autoridades y se convirtió en foco de todo tipo de delitos.
Poco a poco, las autoridades fueron expulsando a los residentes de las casas de placer.
En 1906 dejaron de emitirse licencias para burdeles en esa zona, aunque todavía se podían obtener en otros barrios.
Los vecinos protestaron temiendo la "contaminación" de las zonas saludables de la ciudad.
La era de los burdeles clásicos llegaba a su fin; surgieron prostitutas "individuales" en la calle. Muchas edificaciones fueron derribadas, la calle cambió de nombre y el área se volvió tranquila.
El distrito de luz roja de Moscú quedó solo en la memoria.
La Revolución Bolchevique prohibió la prostitución, considerándola una forma más de opresión del régimen zarista.
Las prostitutas, vistas como víctimas del antiguo sistema, recibieron cierta prioridad al buscar empleo, aunque la realidad siguió siendo dura para muchas de ellas.