El amor puede ser una enfermedad, literalmente. Durante siglos, los médicos emplearon métodos extremos para curar a los amantes desolados: quemaduras con hierro al rojo vivo, sangrías, sanguijuelas o azotes.
Desde la antigüedad, sanadores y médicos sabían que el diagnóstico preciso era clave para la cura. Pasaban tiempo en las casas de pacientes adinerados, probaban sus brebajes y observaban sus comportamientos.
¡El amor, una terrible dolencia!
Cuando los síntomas resultaban confusos y la impaciencia de los allegados aumentaba, el médico experimentado recurría a la última solución: declaraba que todo el alboroto era una melancolía amorosa y prescribía el tratamiento correspondiente.

Diagnóstico de Antioquio I Soter, quien, según los relatos, padecía de amor.
Los sucesores de Hipócrates perfeccionaron técnicas de detección. El médico persa Avicena (siglos X‑XI) casi las completó: tomaba la mano del paciente y mencionaba distrito tras distrito, observando la reacción. Así identificaba con precisión la zona, la calle e incluso el número de casa del objeto de sus suspiros.
En el amor, aúlla como un lobo y luego muere…
Ya en el siglo IX, el persa Razi describió con detalle las etapas de la “melancolía amorosa”. Según él:
Primero se colapsan los ojos, aparecen granos en la lengua y el cuerpo se marchita. Luego el paciente gorgotea, su piel se ampolla y, destinado a la extinción, aúlla como un lobo y muere.

Razi describió con precisión la enfermedad que hoy llamamos “enamoramiento”.
Esta vívida descripción parece haber inspirado, sin saberlo, a los guionistas de muchas telenovelas, cuyas tragedias románticas recuerdan los síntomas señalados por el persa.
…¿o será simplemente falta de apetito?
Al diagnosticar “enfermedad del amor”, el médico iniciaba el tratamiento de inmediato, al igual que sus colegas.
Los médicos ambiciosos de los siglos siguientes siguieron inventando curas para esta dolencia tan singular, a menudo más dolorosas que el propio desamor.
Excrementos y fluidos corporales: la “medicina” del corazón roto
Muchos médicos creían que mantener el cerebro del afligido “húmedo” era esencial.

Cuando la condición no mejoraba y la paciencia de la familia se agotaba, el doctor simplemente declaraba que el paciente estaba enamorado.
Para “curarlo”, el desafortunado debía oler constantemente las toallas sanitarias de su amada o inhalar el fuego de sus excrementos. Algunos casos requerían medidas más extremas.
Se practicaba la sangría, considerada una terapia universal hasta el siglo XIX; en casos graves, se extraía sangre hasta provocar “insuficiencia cardíaca”.
Otra técnica consistía en aplicar ácido a los muslos, supuestamente para evitar que el enamorado se transformara en un “hombre lobo” sanguinario.

¿Era el amor la causa de tal sufrimiento? Si lo era, los remedios eran, sin duda, drásticos.
Hemorroides y un cerdo sobre la cama
Hipócrates (siglo V‑IV a.C.) sostenía que enamorarse curaba las hemorroides, y su pérdida equivalía a extinguir el amor. Otros médicos recomendaban azotes o incluso colgar un cerdo vivo sobre la cama del enfermo; el chillido del animal debía ahuyentar los pensamientos indeseados.
Algunos buscaron soluciones menos violentas. Avicena, por ejemplo, a veces empleaba una “terapia de choque” más amable: ofrecer al enamorado nuevos objetos de deseo y cambiarlos antes de que se obsesionara demasiado.
El sabio médico asumía que, con el tiempo, el afligido volvería a la vida cotidiana.

Si el desamor te ha alcanzado, no pierdas la esperanza.
Cuando incluso ese recurso fallaba, Avicena pagaba unos pocos centavos a chismosos para que contaran al enfermo historias inventadas sobre su amada, poniendo fin al tratamiento.
Curiosamente, versiones modernas de este último método siguen utilizándose con resultados positivos en casos difíciles. ¡Nada como volver a enamorarse!