Wolfgang Amadeus Mozart fue un compositor clásico de renombre que, a pesar de la presión de su época, buscó consolidar su carrera musical de manera independiente. A lo largo de su vida, experimentó dos caras del éxito: la aclamación por la genialidad de algunas obras y el olvido impuesto por el conservadurismo estético y moral de su tiempo. Esta ambivalencia lo acompañó hasta el momento de su muerte.
Los últimos días
En 1791, Sophie Haibel, cuñada menor de Mozart, pasó tiempo con el músico tras una enfermedad que parecía superada. Según sus memorias, una semana después, mientras preparaba café para su madre a principios de diciembre, sintió un presagio extraño: al recordar a Mozart, la llama de una lámpara se apagó de repente.
Aterrada, Sophie acudió a la casa de Constanze, esposa de Mozart, para averiguar su estado de salud. Constanze le informó que el compositor estaba inquieto desde la noche anterior y, recluido en cama, le pidió a Sophie que permaneciera a su lado para “presenciar su propia muerte”. Ante esta petición, la familia llamó a un médico y a un sacerdote.
El fallecimiento
Consciente de su inminente fin, Mozart murió en las primeras horas del 5 de diciembre de 1791. Las causas de su muerte quedaron envueltas en misterio. En un principio se habló de una crisis de estrés provocada por sus continuos problemas financieros, que lo obligaron a aceptar innumerables encargos y a trabajar a un ritmo frenético.
Según un estudio temprano sobre su vida, los síntomas que presentó fueron náuseas y dificultad para mover pies y manos, lo que sugiere una fiebre militar aguda, registrada como causa oficial de muerte. Sin embargo, menos de un mes después, un periódico berlinés insinuó que Mozart había sido asesinado.
Carl Thomas, hijo de Mozart, describió el cuerpo del compositor como “tan hinchado y fétido que imposibilitó una autopsia detallada”. Estas condiciones extremas alimentaron la hipótesis de un envenenamiento. Entre los sospechosos se mencionaron a Antonio Salieri, rival artístico de Mozart, y a la Orden Masónica, que supuestamente habría revelado algunos de sus secretos en “La flauta mágica”, compuesta en 1791.