historia historica

¿Cómo se cepillaban los dientes los antiguos romanos?

Los romanos valoraban la limpieza y la higiene bucal, aunque sus métodos resultarían extraños para nosotros hoy.

El médico Aulo Cornelio Celso, autor del tratado De Medicina (siglo I a.C.), ya advertía que los restos de comida provocan la caries dentium, es decir, caries. Recomandaba el cepillado diario como base para mantener los dientes sanos, sobre todo para la aristocracia que disfrutaba de banquetes opulentos.

Según el historiador Greg Jenner, autor de “Un millón de años en un día. Una fascinante historia de la vida cotidiana”, los romanos apreciaban una sonrisa blanca, pero no renunciaban a los festines. Para ellos, la solución era delegar la limpieza a un esclavo entrenado que, usando una rama suave impregnada con una pasta especial, frotaba los dientes y encías del señor.

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Celso también aconsejaba, cuando la cavidad era pequeña, rellenarla con plomo (plumbum), aunque este tratamiento era el último recurso, pues el dolor de muela era considerado “el peor de los dolores, salvo la muerte”.

Pasta dental antigua

Los romanos elaboraban sus propias “pastas dentales”. Plinio el Viejo describía una mezcla de cerebros triturados de ratón, liebre o lobo, que según él aliviaba las inflamaciones dentales.

En la práctica cotidiana, la gente prefería materiales duros como huesos de burro molidos o conchas de ostra, creyendo que su abrasividad aseguraba dientes fuertes y blancos.

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Los ricos, además, utilizaban cuernos de animales molidos. La emperadora Mesalina, esposa de Claudio, se lavaba los dientes con una pasta de astas de ciervo, considerada un potente afrodisíaco.

Estos abrasivos, sin embargo, desgastaban el esmalte, dejando los dientes más blancos pero también más vulnerables.

Enjuagues de orina humana

Una de las “panaceas” más curiosas era el enjuague hecho con orina humana. Los romanos creían que, al ser un excelente blanqueador de telas, también limpiaría los dientes.

Preferían orina de jóvenes ibéricos, que consideraban la más pura, y la transportaban en tanques especiales desde distintas regiones de Europa.

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Para contrarrestar el mal aliento, mezclaban la orina con aromas, carbón en polvo y cortezas, buscando un aliento fresco.

Curiosamente, la orina contiene compuestos de amoníaco que, hoy en día, se sintetizan en laboratorios y se usan en algunos blanqueadores dentales.

Los romanos y su sonrisa

Los hallazgos arqueológicos, como los dientes bien conservados de Pompeya, demuestran que sus técnicas tenían cierta eficacia.

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En lugar de cepillos, utilizaban ramas suaves (miswak) que actuaban como cepillos naturales.

Poetas como Ovidio y Catulo advertían contra la sonrisa con dientes negros o torcidos, reflejando la importancia social de una dentadura blanca.

Cuando era necesario extraer una pieza, los herreros forjaban implantes de hierro, una práctica precoz de la odontología protésica.

Como concluye Jenner, “hoy disponemos de una gran variedad de productos de higiene bucal; sin embargo, los romanos nos recuerdan que la dedicación a la salud dental ha sido una preocupación milenaria”.

Bibliografía

Fuentes:

  1. Aulo Cornelio Celso, De Medicina, traducido por H. Łuczkiewicz, Varsovia, 1889.
  2. Gaius Valerius Catulo, Poemas, traducción de Tony Kline, 2016.
  3. Plinio el Viejo, Historia Natural, trad. Józef Łukaszewicz, 1845.

Estudios:

  1. James Wenbrandt, The Excruciating History of Dentistry, Nueva York, 1998.
  2. Gennady Malakhov, Urinoterapia, 2004.
  3. Greg Jenner, Un millón de años en un día, traducción de Julita Mastalerz, 2016.
  4. Roy Porter, The Greatest Benefit to Mankind, Londres, 1997.