Trabajaba desde el amanecer hasta el anochecer, entre la pobreza, la impotencia y la ingratitud. Además, sus pacientes, en lugar de acudir a especialistas, llamaban a curanderos y charlatanes. En resumen, ser médico en una aldea polaca antes de la guerra no era nada fácil.
Para muchos profesionales la práctica en el campo o en pequeños municipios era la última opción. El médico de pueblo no contaba con el equipamiento especializado disponible en hospitales municipales ni en clínicas. La falta de instalaciones adecuadas limitaba tanto el diagnóstico preciso como la realización de intervenciones quirúrgicas.
Los médicos rurales a menudo tenían que comprar con su propio dinero equipos básicos, como un microscopio, cuyo coste rondaba los mil zlotys, mientras que una consulta privada se pagaba con apenas 4‑5 zlotys, si el paciente tenía algo de dinero. Como escribe Remigiusz Piotrowski en Absurdos y curiosidades de la Polonia de entreguerras:
Ante una enfermedad, los habitantes más acomodados se dirigían a la ciudad más cercana; los pobres acudían al médico solo cuando el estado del enfermo era grave. En esos casos, a menudo no tenían un centavo y ofrecían al médico huevos, mantequilla o leche como pago.
Los aldeanos no contaban con seguro médico y no tenían derecho a visitas gratuitas. Así, en muchas ocasiones el doctor cobraba 5 zlotys por una consulta, pero gastaba 20 zlotys de su bolsillo para comprar suero para un niño con difteria, sin el cual el pequeño habría asfixiado.
Casos similares aparecen en Diarios de médicos, una antología basada en los informes enviados al concurso de trabajadores sanitarios organizado en 1936 por la Institución de Seguro Social. En el prólogo, Melchior Wańkowicz describió a la población rural, prácticamente desprovista de atención médica adecuada, como "el océano de la desdicha humana".
No dejaré que el niño vaya al hospital, mejor que muera en casa
Posponer la visita al médico hasta el último momento provocaba que la enfermedad avanzara hasta requerir hospitalización. Además, muchos creían que el hospital era un lugar de muerte, por lo que preferían morir en casa rodeados de sus seres queridos.
Remigiusz Piotrowski relata la situación en Czeladź a finales de los años 30:
La directiva del hospital local ideó una brillante idea: a partir de ahora los pacientes pagarían por la visita.
La tarifa era de 50 groszy, una suma módica, pero las familias rurales también tenían que costear el viaje a la ciudad.
Las supersticiones abundaban. Se decía que una inyección podía matar al enfermo porque "la arena lo extraía todo". Convencer al paciente de que aceptara el tratamiento era a menudo más difícil que curar la enfermedad. En Diarios de médicos se relata el caso de un padre que explicó al médico que una inyección no dañaba a una persona sana, pero que podía ser fatal para un enfermo porque lo debilitaba demasiado. Los remedios orales y los cuidados en casa gozaban de mayor confianza.
Doctor, vaca y picazón en la espalda: la lista de peticiones
Según el Pequeño Anuario Estadístico de 1939, justo antes de la guerra Polonia contaba con 12 917 médicos. Sin embargo, solo 1 466 ejercían en el campo, donde vivía alrededor de dos tercios de la población. Los médicos rurales eran prácticamente un remedio milagroso, y los pacientes a menudo recorrían largas distancias para recibir una consulta.
La doctora Karasiówna, relatada en Diarios de médicos, describe a una mujer de una aldea remota que, tras el examen, le pidió que le extrajera otro diente, le recetara polvo para el dolor de cabeza de su marido, medicamentos para la tos y diarrea de sus hijos, ¡y además un remedio para la vaca! En ocasiones, incluso se solicitaba una receta contra los chinches.
En el campo, los médicos no solo atendían a personas; también se les pedía que curaran vacas y combatieran infestaciones de chinches.
Además del desconfianza general hacia la medicina, había hipocondríacos que exigían al doctor que buscara enfermedades imaginarias. Creían que, al pagar una contribución al Fondo de Seguro de Salud, tenían derecho a atención médica, y a veces acudían al médico solo porque les picaba la espalda.
Terapias espacio‑magnético‑eléctricas y remedios fantásticos
Los habitantes rurales solían acudir más a curanderos que a médicos. Estos practicantes ofrecían "terapias cósmico‑magnético‑eléctricas" y otros tratamientos poco convencionales. Un ejemplo del libro citado:
Se emplea agua de grifo electrificada y té de hierbas; si el paciente no puede acudir en persona, se le brinda asesoría a distancia mediante la llamada terapia cósmico‑magnético‑eléctrica.
Los pacientes aceptaban indicaciones como "cazar una cigüeña, arrancar dos plumas, quemarlas y ahumar al enfermo". Los curanderos también ofrecían infusiones de serpientes (en realidad hechas de ranas y murciélagos) como remedios poderosos.
En los consultorios médicos se pedían preparaciones como "gotas de San Jacobo" o "gotas de nueve veces". Una joven doctora recordó que solo la farmacéutica le explicó que esas gotas solían basarse en valeriana.
Incluso la entrevista clínica podía resultar un reto: un paciente describía su dolor como "pony y pony hasta que me ahogo en el costado", una expresión que ningún recién egresado de la época comprendía.
Los médicos más experimentados aprendían rápidamente a interpretar que un "tos molestosa" solo se aliviaba con una pomada, no con jarabe, y que para conocer el estado de las heces bastaba preguntar "¿cómo fue el paso?".
Hedor, pulgas y jornadas sin fin
La peor pesadilla de los médicos rurales era la falta de higiene de los pacientes, consecuencia de la ausencia de agua corriente y, a veces, de negligencia extrema. Las mujeres del campo vestían varias faldas sin ropa interior y ataban la cintura con gruesos paños; al desvestirse, a menudo salían pulgas del tejido.
Las visitas domiciliarias terminaban frecuentemente en batallas contra piojos y en una atmósfera asfixiante. Como relata una de las entradas del libro: "¿Qué es esto? ¡Qué sucio está todo!"
El doctor Karasiówna describía jornadas que iniciaban con la admisión de 68 pacientes en la clínica de triquiasis, seguidos por 40 más provenientes del Seguro Social, sin olvidar urgencias en la serrería donde alguien había quedado con la mano atrapada en una máquina.
Las partos nocturnas eran especialmente dramáticos. El médico era llamado como último recurso cuando la partera tradicional o la "abuela" no podían asistir, a menudo porque "el niño se había atascado". En esas situaciones, el doctor debía emplear fórceps o realizar intervenciones sin anestesia, y en ocasiones se recurría a perforar el cráneo del recién nacido para permitir su paso por la pelvis, lo que frecuentemente terminaba en la muerte de madre y bebé.
El viaje de regreso al consultorio podía durar varias horas, y el médico a menudo regresaba al amanecer, justo cuando comenzaba el día del mercado, cuando la demanda de consultas se disparaba.
"No puedo contar a la gente que espera. Todos empujan la puerta; todos quieren ser los primeros. No puedes decir que no a nadie, aunque alguien esté gravemente enfermo", se lee en uno de los relatos de los Diarios de médicos.
Bibliografía
- Remigiusz Piotrowski, Absurdos y curiosidades de la Polonia de entreguerras, Editorial Polaca Científica PWN, 2016.
- Diarios de médicos, obra colectiva con prólogo de Melchior Wańkowicz, 1939 (segunda edición).
- Pequeño Anuario Estadístico 1939.