¿Estaban las mujeres medievales cubiertas de mugre? La respuesta es sorprendente.
San Jerónimo, en una carta al obispo Altino Heliodoro, escribió: «¿Tu piel está dura y escamosa porque ya no te bañas? Después del bautismo, el baño ya no es necesario». Esta idea reflejaba la creencia de que la impureza física podía ser sustituta de la espiritual.
El baño como pecado
Para muchos cristianos medievales la suciedad era señal de devoción. En Polonia, la santa Reyna (Santa Kinga) evitaba el baño, limitándose a lavar cara, manos y, a veces, el cuello. Sumergir el cuerpo bajo la ropa era considerado un grave pecado.

Así, varios santos mostraban una notable aversión al agua: la santa Agnieszka nunca se mojaba, Godric caminó de Inglaterra a Jerusalén sin cambiar de ropa y San Francisco de Asís veneraba la suciedad.

Incluso San Tomás de Aquino, que de niño acompañó a su madre al baño en Nápoles, recomendó el uso de incienso en la iglesia para ocultar el olor de los cuerpos reunidos, admitiendo que podía resultar repugnante.
Excepciones al veto
El baño ritual era permitido en casos especiales. En la Vida de Santa Catalina de Alejandría se relata que Jesús ordenó a la santa lavar su cuerpo antes del matrimonio místico, y la Madre de Dios aconsejó a toda mujer que se casara con un príncipe o rey que tomara un baño para quedar “dulce y limpia”.
Las mujeres judías tenían una práctica muy diferente. Tras la menstruación, la mikve obligaba a una inmersión completa al menos doce veces al año, lo que implicaba una higiene rigurosa del cuerpo, el cabello y las uñas.
Las mujeres musulmanas también cuidaban su limpieza en los hammams. Un relato de las Mil y una noches describe cómo tanto cristianos como musulmanes se lavaban para evitar la impureza.
La Iglesia y la sospecha del baño
Varios obispos prohibieron el uso de los baños públicos a sus feligreses, temiendo que la comodidad condujera al pecado. El obispo de Alejandría Atanasio comparó a las mujeres con palomas que sólo necesitaban un cuenco de agua, y el Papa Bonifacio prohibió los baños mixtos bajo pena de penitencia.

Sin embargo, la caridad exigía que los santos lavaran a los pobres. Santa Radegunda y Santa Isabel de Hungría lavaban a leprosos y mendigos en tinas, demostrando que el baño podía ser acto de humildad cuando se dirigía a los demás.
Higiene y belleza en la corte
En la alta sociedad la apariencia física estaba estrechamente ligada a la virtud. El romance cortesano del siglo XIII, El Romance de la Rosa, advertía: «Aborrece toda mugre». Los manuales de la médica Trotula de Ruggiero recomendaban aceites de laurel para los pies, hierbas como hinojo para el aliento y huevos o miel para blanquear la piel.
Hildegarda de Bingen, en su Liber Simplicis Medicinae, también describía ungüentos a base de aceite de oliva y leche de almendras, recetas que siguen vigentes hoy.

Los baños públicos proliferaron después de las Cruzadas. En Cracovia del siglo XIV existían doce balnearios municipales con horarios separados para hombres y mujeres, accesibles casi a diario, salvo domingos y fiestas.
En la Suiza del siglo XV, el escritor florentino Gian‑Francesco Poggio describió bañeras donde la gente cantaba, bebía y bailaba tres o cuatro veces al día, mientras jóvenes atractivas se mostraban como diosas.
Conclusión
La frecuencia real del baño femenino en la Edad Media variaba enormemente según la religión, la clase social y la región. Mientras algunos santos abrazaban la suciedad como símbolo de piedad, otras tradiciones —judía, musulmana y cortesana— practicaban una higiene regular y, en ocasiones, bastante elaborada.
Para profundizar, consulta el artículo “Higiene de las reinas medievales: ¿apestaban nuestros gobernantes?”