La horca era vista como un lugar impuro; la gente honesta la evitaba a distancia. Sin embargo, con el tiempo necesitaba reparaciones, y ahí surgían los problemas.
El origen de la mala reputación de la horca se remonta a la Edad Media. Entrar en contacto accidental con el sitio de ejecución podía estigmatizar permanentemente a una persona y expulsarla de la comunidad. Solo el verdugo y sus ayudantes podían manipularla sin temor, pues para ellos era una labor cotidiana. Incluso la horca de ladrillo se veía afectada por el paso del tiempo y requería al menos un mantenimiento superficial, tarea que correspondía a artesanos especializados: carpinteros, albañiles y herreros.
De la renovación a la degradación
Los artesanos de la ciudad, organizados en gremios, nunca se apresuraban a renovar o construir una nueva horca. A pesar de los incentivos de las autoridades municipales, temían perder su prestigio, pues trabajar en esa comisión conllevaba el riesgo de una estigmatización permanente. Las consecuencias podían ir desde miradas de reojo en la calle hasta la expulsión del gremio y de la propia ciudad.
La horca necesitaba reparaciones periódicas.
Estos temores no se disiparon ni con la famosa "Carolina" de 1532 (Constitutio Criminalis Carolina), que garantizaba a los participantes en la renovación que su buena reputación permanecería intacta.
Una receta contra el miedo
La solución al estancamiento era un ritual específico. Aunque sus orígenes se encuentran en la Edad Media, es más conocido por los relatos de los siglos XVII y XVIII y se practicaba en toda Europa Central, también en ciudades polacas.
Participaban todos los representantes de la autoridad municipal y todos los miembros de los gremios constructores, desde maestros hasta aprendices. De este modo, el odio (estigma) que pudiera recaer sobre los involucrados se distribuía equitativamente entre todos, evitando que alguien quedara señalado. Si alguien no podía asistir, debía enviar un sustituto. Los funcionarios municipales vigilaban la lista de asistencia y llevaban registros especiales para el evento.
La procesión navideña
El verdugo local informaba de la necesidad de reparar la horca o construir una nueva. Tras reunir los materiales, la autoridad municipal anunciaba la fecha del proyecto a todos los gremios. En el día señalado, se organizaba una solemne marcha de los interesados hacia la horca, dándole carácter de fiesta pública, abierta también a curiosos que actuaban como testigos involuntarios. Su presencia era esencial para certificar que el ritual se ejecutaba correctamente.
La renovación de la horca se convertía en una celebración citadina.
Al iniciar la tarea, los participantes se reunían por la mañana frente a la casa del secretario que presidía el proyecto. Tras formar una columna y escuchar un discurso, pasaban por el corazón de la ciudad: el ayuntamiento. En ocasiones les servían bebidas del sótano del ayuntamiento para animarles. La columna continuaba hasta la horca, siguiendo a menudo la ruta que los condenados utilizaban.
La procesión era extremadamente solemne. La encabezaba la autoridad municipal, vestida de gala y portando armas ceremoniales, a veces a caballo o en carruaje, al ritmo de tambores y trompetas de músicos gremiales o de la banda de la guarnición. Los artesanos marchaban en un orden estricto, con sus herramientas básicas en mano: carpinteros con hachas, albañiles con paletas. Banderas coloridas de los gremios ondeaban sobre sus cabezas. En ciudades más ricas, soldados escoltaban a la comitiva hasta la horca, acompañada del transporte de los materiales necesarios.
Ritual del guante
Al llegar a la horca, el oficial que presidía el proyecto iniciaba los trabajos. Primero, con guantes de cuero, generalmente blancos, golpeaba tres veces una de las vigas con un hacha o hachuela. Luego entregaba la herramienta enguantada al miembro más anciano del gremio de carpintería, quien repetía el gesto. El hacha o hachuela con guantes circulaba de mano en mano entre los miembros del gremio, incluidos aprendices y oficiales.
La culminación formal de la obra a menudo consistía en una "aceptación técnica" por parte del verdugo.
El ritual se repetía con los demás gremios, cambiando solo la herramienta y los guantes. Se cuidaba que nadie quedara fuera, pues incumplir la regla podía acarrear graves consecuencias para todos. Al final, el aprendiz más joven reunía bajo la horca las herramientas usadas y las lanzaba simbólicamente sobre su cabeza, declarando que nunca volverían a usarse. En la práctica, a menudo eran recogidas por los ayudantes del verdugo junto con la madera sobrante. Los guantes quedaban bajo la horca como símbolo de purificación.
La buena bebida al concluir
Con la obra terminada, la columna se reformaba y regresaba a la ciudad, donde los artesanos se dirigían a sus tabernas gremiales para compartir una cerveza o vino. En ocasiones se organizaba una comida colectiva, aprovechando la generosidad de las autoridades municipales. Ese banquete no era casual; tenía también una dimensión ritual que fortalecía la comunidad, todavía afectada por la naturaleza del trabajo realizado.
La "aceptación técnica" de la horca por parte del verdugo marcaba el cierre formal. Algunos "maestros de justicia", sintiéndose excluidos de la ceremonia, exigían regalos a la autoridad, frecuentemente ropa nueva, confiando en el buen humor del consejo municipal que celebraba la restauración de uno de sus símbolos judiciales.
Bibliografía
- Otto Beneke, Von unehrlichen Leuten. Cultur‑historische Studien und Geschichten aus vergangenen Tagen deutscher Gewerbe und Dienste, mit besonderer Rücksicht auf Hamburg, Hamburgo 1863.
- Paweł A. Jeziorski, Social margin in large cities of Prussia and Livonia in the late Middle Ages and early modern times, Toruń 2009.
- Edmund Kizik, Ceremonies during the renovation of the gallows and pillars in Gdańsk from the second half of the 16th to the beginning of the 19th century. Contribution to the history of public ceremonies in the modern period, Modern Times, vol. 24:2011, pp. 77‑89.
- Karolina Pogorzelska, Executioner's craft in Jelenia Góra based on early modern city bills, Yearbook of Jeleniogórski, vol. 47:2015, pp. 61‑70.
- Johannes Warncke, Handwerk und Zünfte in Lübeck, Lübeck 1912.
- Daniel Wojtucki, Public execution sites in Lower Silesia from the 15th to the mid‑19th century, Katowice 2009.