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Qiyan: esclavas cantantes en la Edad de Oro islámica

La historia de Alí Babá y los cuarenta ladrones, relatada en Las mil y una noches, es la primera vez que muchos lectores encuentran a las qiyan.

La imagen que tenemos de la Edad Media europea difiere mucho de la realidad en los territorios musulmanes. Allí se vivía una verdadera renovación en ciencia, filosofía, arte y educación. Universidades, traducciones de textos griegos y romanos y un intercambio cultural sin precedentes. En ese contexto surgieron las qiyan, conocidas como esclavas cantantes.

El Renacimiento islámico

Las qiyan no se limitaban a cantar; eran artistas polifacéticas que actuaban en mansiones, palacios y caravanas desde el Oriente Medio hasta el norte de África y la Andalucía islámica. Su auge coincidió con los califatos omeya y, sobre todo, abasí. Fue en Bagdad, la "Ciudad de la Paz", donde la cultura de las qiyan alcanzó su máximo esplendor.

Qiyan: esclavas cantantes en la Edad de Oro islámica

Durante el siglo IX y X, Bagdad se convirtió en el epicentro de la ciencia, la filosofía y las artes. Viajeros de Europa y de otras regiones acudían para conocer a los eruditos, artesanos y, por supuesto, a las qiyan que entretenían a la élite intelectual y diplomática.

Mujeres de la Edad de Oro

Algunas historiadoras comparan a las qiyan con las geishas japonesas o con las heteras de la Grecia clásica. La mayoría eran esclavas adquiridas de niños, procedentes de África, Europa o Asia, y recibían una educación rigurosa en poesía, música, filosofía y ciencias. Las más destacadas estudiaron en Medina y al‑Kufá antes de incorporarse a los palacios más ricos del califato.

Qiyan: esclavas cantantes en la Edad de Oro islámica

Hermosas, cultas y talentosas, eran consideradas entre los esclavos más costosos. Además de tocar instrumentos y cantar, debían mantener conversaciones sofisticadas, pues frecuentemente participaban en banquetes diplomáticos y reuniones de la élite intelectual.

Si bien su papel incluía la compañía íntima, la mayoría de los estudiosos de la época no las equiparaba a prostitutas; su atractivo radicaba también en su educación y su capacidad artística. Algunas actuaban en lugares públicos, incluso en establecimientos que hoy llamaríamos burdeles, pero su prestigio en la corte era comparable al de una celebridad.

Íconos de estilo

En la sociedad abasí, una qiyan podía ser vista como una señal de estatus. No eran esclavas en el sentido más bajo del término; muchas disfrutaban de una posición privilegiada, con sirvientes propios y admiradores de la nobleza que copiaban su estilo y comportamiento.

Su repertorio incluía melodías tradicionales y poesía, pero también creaban composiciones originales que se equiparaban a las de los más renombrados artistas masculinos. Practicaban deportes como la arquería y la equitación, lo que reforzaba su imagen de mujeres cultas y atléticas.

Madres de los gobernantes

Su influencia llegó a los más altos niveles del poder. Un ejemplo destacado es Al‑Khaizuran, originaria de Yemen. Secuestrada de niña, fue educada como qiyan y se convirtió en la favorita del califa Al‑Mahdi (775‑785). Su unión con él dio origen a Harún al‑Rashid, uno de los califas más célebres de la historia, inmortalizado en Las mil y una noches.

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Desvanecimiento del mito

Con el paso de los siglos, la figura de las qiyan fue simplificada y distorsionada, sobre todo por los orientalistas victorianos. De mujeres educadas, atléticas y culturalmente activas, pasaron a ser descritas como meras esclavas sexuales o bailarinas medio desnudas que entretenían a los viajeros en noches árabes decadentes.

Aunque esa visión ha perdurado en parte del imaginario occidental, los manuscritos y estudios modernos están recuperando la verdadera historia de las qiyan, devolviéndoles su lugar legítimo como figuras clave del desarrollo cultural y político del mundo islámico.


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