Oscuridad palpable
Hay momentos en que la oscuridad parece material, como si una mano invisible la apretara contra el pecho. Ese instinto primitivo, heredado de nuestros antepasados, a veces nos salva de la extinción.
Un testigo inesperado
Me llamo Leszek Szuman y llegué a Szczecin justo después de la guerra. La ciudad, reducida a escombros, se había convertido en un crisol de alemanes, judíos y polacos que buscaban rehacer sus vidas. En aquel caos, sobrevivir significaba rebuscar entre ruinas cualquier objeto útil.
En 1952, mientras buscaba perchas para mi familia, regresé al sótano de la antigua escuela agrícola de la calle Słowackiego. Al bajar, una dolorosa quemadura en la espalda me hizo detenerme: sentí una presencia helada que apretó mi garganta. El terror me obligó a correr a la superficie, convencido de haber escapado de una muerte segura.
11 de septiembre de 1952: la desaparición de Irena Jarosz
La policía, tras recibir una denuncia de Józef Jarosz sobre la ausencia de su esposa, allanó el apartamento 7 de la calle Wilsona. El lugar estaba vacío, pero el olor a podrido y una luz tenue revelaban que algo terrible había ocurrido.
Una pista los llevó al vecino, Józef Cyppek. Al asomarse por la ventana del piso de Cyppek, Józef Jarosz reconoció la colcha robada de su propio hogar. Los agentes forzaron la puerta y, en el pasillo, escucharon los gritos de una mujer.
Al irrumpir en el apartamento, percibimos un olor dulce y putrefacto. En la cocina encontramos un torso sin cabeza, brazos y piernas separados, un cubo con entrañas y platos con hígado y corazón humano. Un molino de carne estaba junto a una ensalada de tomate. La cabeza de la víctima nunca se halló.
El “Carnicero de Niebuszewo”
Józef Cyppek, nacido en Opole de madre polaca y padre alemán, se consideraba a sí mismo alemán. Soldado herido en la Primera Guerra Mundial, perdió una pierna y, tras la guerra, trabajó como cerrajero. En la posguerra se instaló en Szczecin, donde su vida se volvió una sucesión de relaciones conflictivas y consumo de alcohol.
Durante el interrogatorio confesó haber asesinado a Irena Jarosz. Según su relato, la invitó a su apartamento bajo el pretexto de pedir harina, intentó violarla y, al ser rechazada, la golpeó con un martillo. Luego desmembró su cuerpo para deshacerse de él, arrojando la cabeza al estanque Rusałka.
El forense señaló que la disección era “expertamente realizada”, como si el autor tuviera conocimientos anatómicos. En el apartamento se hallaron libros de anatomía y ropa interior femenina de origen desconocido, lo que alimentó la sospecha de más víctimas.
El macabro hallazgo en el lago Rusałka
Al drenar el lago, los oficiales descubrieron decenas de cráneos humanos, en su mayoría infantiles, sobresaliendo entre el lodo. El hallazgo alimentó los rumores de que Cyppek había matado niños para vender su carne en el mercado local.
Juicio y ejecución
El proceso judicial se centró exclusivamente en el asesinato de Irena Jarosz; no se mencionó la evidencia de canibalismo. Seis días después de su arresto, Cyppek fue condenado a muerte y ejecutado en septiembre de 1952.
Epilogo: la leyenda del carnicero
Aunque pasaron décadas, la figura del “Carnicero de Niebuszewo” sigue rondando las calles de Szczecin. Testigos supervivientes y relatos posteriores mezclan hechos con fantasía: uñas encontradas en la carne del mercado, supuestos contactos con exmiembros de la SS y la idea de que el asesino transformaba a sus víctimas en conservas comestibles.
Como ocurre con Jack el Destripador en Londres o el Zodiac en San Francisco, la historia se ha convertido en una especie de “cuento de fantasmas” que entretiene y asusta a la vez. El libro En la mente de un asesino, publicado en 2019 por la editorial Skarpa Warszawska, recopila estos testimonios y mantiene viva la memoria de las víctimas.