El mejor tanque de la Segunda Guerra Mundial? Mitos y realidades
Cuando en junio de 1941 Alemania invadió la URSS, los informes del frente hablaban de nuevos blindados soviéticos que resistían las armas antitanque alemanas. La sorpresa fue mayúscula, pues la inteligencia alemana no había confirmado la existencia de esos vehículos. Se trataba de los tanques medianos T‑34 y de los pesados KW‑1 y KW‑2.
Tanque T‑34
En primera vista el T‑34 parecía impresionante: motor diésel, blindaje inclinado que desviaba los proyectiles, orugas anchas que favorecían la movilidad y un cañón de 76 mm. Los alemanes no disponían de nada comparable y parecía que el Ejército Rojo estaba a años luz de la Wehrmacht en armamento blindado.

Sin embargo, el T‑34 presentaba serios defectos. En las pruebas de prototipo se detectaron fallos en el tren de transmisión; la vida útil garantizada del motor era de apenas 100 horas, los embragues se desgastaban rápido y los dientes de la caja de cambios se rompían. A pesar de ello, el 31 de marzo de 1940 se decidió iniciar la producción sin corregir casi nada, una decisión que hoy parece una fantasía legendaria.
Comparación entre el tanque de Hitler y el de Stalin
En verano de 1940 los soviéticos compararon su T‑34 con el PzKpfw III alemán. El resultado fue un duro golpe: salvo por un calibre mayor y un blindaje ligeramente superior, el T‑34 quedaba rezagado en casi todos los aspectos.

En pruebas de carretera el T‑34 alcanzó sólo 48,2 km/h frente a los 68,1 km/h del PzKpfw III. La suspensión soviética era poco cómoda y vibraba mucho en terrenos irregulares, mientras que la alemana resultaba más estable y silenciosa. El motor del T‑34 también era menos fiable; los filtros de aire se obstruían cada pocas decenas de kilómetros, lo que provocaba que la unidad de tracción se congelara.
Una torreta que parecía una cámara de gases
El habitáculo para la tripulación de cuatro hombres era estrecho y poco práctico. El cargador y el comandante apenas cabían en la torreta, y este último debía desempeñar también la función de artillero. Los dispositivos de observación eran de baja calidad y la única escotilla grande tenía bisagras mal ubicadas.
«La torreta del comandante carecía de visor circular; tenía que usar un periscopio que distorsionaba la visión. La enorme escotilla bloqueaba el campo de visión, obligando a los tripulantes a cruzar la torreta para ver» (Kacper Śledziński, Tankiści. La verdadera historia de los cuatro tanquistas).
La ventilación era prácticamente inexistente: la torreta solo contaba con una ventilación pasiva. Tras unos disparos, el interior se llenaba de monóxido de carbono a concentraciones diez veces superiores al límite legal.

Para ventilar, era necesario abrir tanto la escotilla de la torreta como la del conductor. Esta última, a pesar de su forma aerodinámica, era un punto débil: un proyectil enemigo que la penetraba podía entrar directamente en la cabina y acabar con el conductor.
Conducir el T‑34: una tarea agotadora
El conductor sufría con una caja de cambios dura e imprecisa, lo que hacía la marcha del tanque extremadamente cansada. A menudo necesitaba la ayuda del artillero‑radiooperador para cambiar de marcha. Como comentó Hans Halberstadt, experto estadounidense en vehículos de combate, «el conductor ideal sería un culturista hinchado».
La comunicación era trágica: menos de una décima parte de los tanques disponía de radio; el resto usaba banderas y un teléfono de extensión que solo conectaba al conductor y al comandante, dejando al resto de la tripulación en la «ignorancia» del panorama táctico.

Tras estas pruebas desfavorables surgieron voces dentro del alto mando soviético que proponían detener la producción, reconstruir el modelo o incluso volver al BT‑7M. Finalmente se decidió continuar y, en octubre de 1940, se iniciaron los trabajos de diseño de su sucesor, aunque la guerra interrumpió esos planes.
Tácticas rudimentarias y alta mortalidad
Alrededor de 900 T‑34 estaban en la zona occidental de la URSS. Teóricamente, con su cañón más grande y su blindaje superior, podrían haber sido decisivos. Pero la realidad fue otra: la mayoría de los tripulantes recibía sólo 72 horas de entrenamiento básico y las tácticas del Ejército Rojo eran caóticas. Los tanques avanzaban en oleadas sin coordinación, sin radios, sin mapas y sin conciencia situacional.
En 1941 la mayor parte de las pérdidas no se debieron al combate, sino a averías, fallos de transmisión o falta de combustible. Muchos T‑34 reparados fueron capturados y entregados a unidades alemanas.
El T‑34‑85: la evolución tardía
El T‑34 obtuvo su mayor ventaja al inicio de la guerra, pero pronto quedó superado por los Panther y Tiger alemanes. En diciembre de 1943 salió de la fábrica el T‑34‑85, con cañón de 85 mm, cañón más largo y grueso, y una torreta ampliada que permitió añadir un quinto tripulante, liberando al comandante de la tarea de artillero.

Aunque seguía siendo inferior en muchos aspectos, su diseño sencillo y la enorme cantidad producida (más de 53 000 unidades) fueron la clave de la victoria soviética.
El "Ford T" de los blindados soviéticos
Durante la Gran Guerra Patria, la producción soviética superó con creces a la alemana: más de 53 000 T‑34 frente a menos de 5 000 Panther, 8 500 PzKpfw IV y apenas 1 355 Tiger. Un Tiger requería unas 300 000 horas‑hombre; con ese tiempo se podrían haber fabricado 81 T‑34. La simplicidad de la construcción soviética venció a la sofisticación alemana.