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La famosa ejecución de Luis XVI: la guillotina, la sangre azul y los curiosos testimonios

Era un hombre de buen corazón, aunque poco apto para ser rey. Sin embargo, gobernó en los momentos más difíciles de Francia y acabó su vida en la guillotina, una invención moderna alabada por Robespierre. Esta ejecución quedó grabada en la historia. ¿Cómo fueron los últimos días y la muerte de Luis XVI?

El reinado de Luis XVI estuvo marcado por una gran ansiedad en Francia. Los problemas sociales del sistema feudal en desintegración y el creciente protagonismo del Tercer Estado se vieron agravados por dificultades económicas, desastres naturales y la enorme deuda de la corte. La ineficacia del monarca, despreciado por la sociedad con apodos como "cerrajero", "glotón" y "cazador", y el profundo odio hacia su esposa María Antonieta, fueron el clavo final del sistema que se derrumbaba. Así estalló la famosa Revolución Francesa.

El proceso del "Ciudadano Capeto"

El 10 de agosto de 1792 el rey fue oficialmente destituido y encarcelado en el Temple. Ese día se considera la caída de la monarquía en Francia y uno de los momentos clave de la Revolución. Al principio pocos defendían la pena de muerte para el rey, pero con el tiempo la opinión cambió. El hallazgo en los Tullerías de documentos que mostraban contactos de Luis XVI con Austria y Prusia encendió la llama del rechazo. La Convención concluyó que esos documentos desacreditaban al monarca y justificaban la pena máxima.

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El juicio comenzó el 11 de enero de 1793 y se conoció como el proceso del "Ciudadano Capeto". Durante la Revolución se eliminaron los títulos aristocráticos y al rey se le llamó Luis Capeto, en referencia a Hugo Capeto, el primer gobernante de la dinastía capeta. Luis fue acusado de alta traición: conspirar con potencias extranjeras, organizar un ejército contra París, almacenar harina, café y azúcar en los almacenes reales y provocar la masacre del Campo de Marte.

Se intentaron defensas, pero el destino del rey ya estaba sellado.

«¡Señor, han votado su muerte!»

Luis XVI se convirtió en una de las primeras víctimas del Gran Terror. Tras un juicio superficial, se dictó la sentencia de muerte. Un mensajero llamado Malesherbes le informó en el Temple con la frase: «¡Señor, han votado su muerte!», en un tono conmovido.

El monarca recibió la noticia con serenidad. Reflexionó sobre su gobierno, buscó posibles acusaciones y resumió sus pensamientos diciendo que solo deseaba el bien de sus súbditos y que «la muerte no me asusta, confío en la misericordia de Dios». Solicitó que le entregaran la "Historia de Inglaterra" de Hume para leerla y comparar su final con el de Carlos I.

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El rey rechazó cualquier idea de rebelión o intento de retomar el Temple, pues creía que sólo generaría más sacrificios. Se le permitió despedirse de su esposa, hijos y del sacerdote antes de la ejecución, pero no se concedió prórroga de tres días. El encuentro familiar fue emotivo: bendijo a sus hijos, pero no les permitió pasar la noche juntos en la celda. Después de cenar a las 22:00, se retiró a dormir.

Ejecución

La guillotina tuvo lugar el 21 de enero de 1793 en la Place de la Révolution (antes Plaza Luis XV, que en 1795 pasó a llamarse Place de la Concorde). Luis se levantó a las 5 a.m., asistió a una misa celebrada por un capellán invitado y, a las 9 a.m., fue escoltado por la guardia. Al ver que todos llevaban gorros, exigió uno propio. Entregó su testamento a María Antonieta a través de un guardia, y subió a una carroza cubierta que lo llevó al sitio de la ejecución.

La famosa ejecución de Luis XVI: la guillotina, la sangre azul y los curiosos testimonios

Su calma y compostura dejaron una impresión electrizante en la audiencia. Según el periódico "Les Révolutions de Paris", el relato fue el siguiente:

Al llegar a la Place de la Révolution, Luis salió de la carroza, fue entregado al verdugo, se quitó el abrigo y se puso una simple chaqueta de lana blanca. No quiso cortarse el cabello. Subió al cadalso, miró alrededor, pidió que los tamborileros dejaran de tocar y, atado, proclamó con claridad: «Muero inocente, perdono a mis enemigos, deseo que mi sangre beneficie a Francia y acoja la ira de Dios».

Existen versiones diferentes de sus últimas palabras, pero todas giran en torno al perdón y al deseo de que su sangre sirva a Francia.

La ejecución fue lenta debido al peso del monarca, que era extremadamente obeso; la guillotina necesitó varios golpes para separar la cabeza del cuerpo, acompañados de los gritos del condenado. Finalmente, el verdugo Charles Henri Sanson mostró la cabeza descabezada al público.

Tras la muerte, la muchedumbre se abalanzó sobre el cuerpo. Algunas personas sumergieron pañuelos y papeles en la sangre del odiado rey, e incluso probaron la supuesta "sangre azul" de Luis XVI.

Después de la muerte

El cuerpo de Luis XVI fue enterrado sin tapa en una fosa común del cementerio de Saint‑Magdalène; su cabeza, con los ojos aún abiertos, quedó entre sus piernas.

Las reacciones fueron variadas. El escritor Sebastián Mercier describió que, tras la ejecución, la gente volvió como si hubiera sido de vacaciones, tomándose de la mano, riendo y conversando amistosamente. En los círculos realistas, el caos reinó. Según agentes de la policía, reliquias del "rey mártir" se vendían clandestinamente en París durante el Terror de 1794, incluyendo trozos de ropa y cabello.

La famosa ejecución de Luis XVI: la guillotina, la sangre azul y los curiosos testimonios

María Antonieta sobrevivió a su marido apenas nueve meses. Los realistas proclamaron al menor Luis XVII como rey, pero éste murió en circunstancias misteriosas, tema que merece un artículo aparte.

Años después, ambos fueron exhumados y reenterrados con dignidad. Tras la Restauración borbónica en 1815, el fiel realista Desclozeaux, que recordaba el sitio exacto del entierro, compró el terreno y trasladó los restos a la cripta de la Basílica de Saint‑Denis.

Bibliografía

  1. Jan Baszkiewicz, Luis XVI, Ossolineum, 1983.
  2. Jonathan J. Moore, Hang, Gut, Dismember: The History of Executions, Sign Horizon, 2019.
  3. Pierre Gaxotte, La Revolución Francesa, Arche, 2001.