Introducción
Se suele decir que la necesidad es la madre de la invención, y en los conflictos armados sangrientos esa frase se vuelve aterradora. A lo largo de la historia, los métodos de exterminio han evolucionado; aunque el uso masivo de armas químicas se remonta a la Primera Guerra Mundial, existen registros de actos de bioterrorismo en la antigüedad.
Veneno animal: la guía de guerra de Eneas el táctico
La arquitectura de la guerra es extremadamente compleja: fortificaciones, aprovechamiento del terreno, clima impredecible… Eneas el Táctico, escritor y comandante del siglo IV a.C., ya comprendía la importancia de estos factores. Según sus tratados, se recomendaba emplear animales venenosos – abejas, avispas, escorpiones – encerrados en vasijas de barro y lanzados contra el enemigo. Pero los insectos no fueron la única fuente de veneno natural.
Consecuencias del ataque químico durante la Batalla de Fromelles en 1916.
Pasillos venenosos de la ciudad subterránea – Persas y sus armas
¿Cuándo se usaron por primera vez armas químicas? Los antiguos persas sasánidas combinaron conocimientos que hoy dividiríamos entre biología, química y física para crear un arma letal. En la defensa de la ciudad de Dura Europos (actual Siria), alrededor del año 256 d.C., los persas cavaron un túnel bajo las murallas romanas y lo llenaron de una mezcla de betún y cristales de azufre.
Al prender fuego la mezcla, los vapores venenosos se propagaron por el túnel y alcanzaron a la guarnición romana, provocando una muerte rápida. Investigaciones arqueológicas, como las del profesor Simon James de la Universidad de Leicester, demuestran que el diseño del túnel favorecía la difusión del gas, evidenciando una planificación deliberada.
Trampa de fuego espartana
En 429 a.C., durante el asedio espartano a Platea, los lacedemonios incendiaron una mezcla de madera, brea y azufre fuera de las murallas. Las humos tóxicas obligaron a los defensores a abandonar la ciudad, huyendo como ratas de un barco en llamas.
«Los lacedemonios, al intentar quemar la pequeña ciudad con el viento a su favor, produjeron una llama que nunca antes se había visto encendida por mano humana».
Los espartanos también emplearon los primeros prototipos de lanzallamas. Según Tucídides, construyeron un tubo de madera hueco con un caldero colgado en un extremo y una boquilla de hierro que canalizaba el aire. Al encender el combustible, el flujo de aire avivaba la llama, convirtiéndose en una arma portátil capaz de devastar fortificaciones.
El diseño moderno del lanzallamas fue patentado por el ingeniero alemán Richard Fiedler en 1910. Su efectividad se probó en febrero de 1915, cuando el ejército alemán lo utilizó contra las tropas francesas en Malancourt.
Un campo de lágrimas, sudor y sangre – Los muertos vivientes de la Primera Guerra Mundial
El 17 de octubre de 1914, en el frente occidental, los alemanes lanzaron por primera vez granadas de gas lacrimógeno en la zona de Neuve‑Chapelle. Aunque el efecto fue limitado, marcó el inicio de la guerra química.
En 1917, los alemanes emplearon gas mostaza y cloro en la batalla de Ypres, provocando unas 70 000 víctimas entre muertos y desaparecidos en el bando de la Entente. El cloro, un agente irritante, y el gas mostaza, un agente vesicante que causa quemaduras severas y parálisis, cambiaron para siempre la faz del combate.
El gas mostaza no mata al instante, pero sus efectos devastadores paralizan y queman la piel y el aparato respiratorio, dejando a los supervivientes en una agonía terrible.
Desde la trampa de fuego espartana hasta los túneles venenosos persas y el cloro mortal de la Primera Guerra Mundial, las armas químicas demuestran ser una de las herramientas más peligrosas en la historia de los conflictos armados.