Con palas, cuchillos romos, bolsas de plástico, entierros vivos y hogueras, el Khmer Rouge desarrolló un macabro repertorio de torturas. El régimen de Pol Pot cobró millones de vidas en pocos años.
El 17 de abril de 1975 Pol Pot y sus tropas tomaron Phnom Penh, la capital de Camboya, y comenzaron a imponer su utopía comunista. En cuestión de días cerraron escuelas, oficinas, hospitales y fábricas; obligaron a la población urbana a abandonar la ciudad y trasladarse al campo.
Durante ese periodo el país pasó a llamarse Kampuchea Democrática, una nación sin clases, autosuficiente, sin religión y aislada del resto del mundo, sobre todo de los estados capitalistas.
El sistema del crimen
En los cuatro años de dominio del Khmer Rouge (1975‑1979) al menos una cuarta parte de los 7 millones de habitantes de Camboya perdió la vida. Se estima que entre 2,5 y 3 millones de personas murieron mientras se intentaba construir el Estado ideal. Primero fueron asesinados la intelectualidad y el clero.
Los que sabían idiomas extranjeros, tenían manos delicadas, no estaban marcados por el trabajo y usaban gafas fueron ejecutados. Eran vistos como una amenaza a la nueva sociedad, cuya única clase aceptada era la del campesino y el obrero. El primer mandamiento de los comunistas camboyanos era: "Amar, honrar y servir a los trabajadores y campesinos"; quien no lo cumplía era castigado.
En esas salas de tortura, los "enemigos del pueblo" eran sometidos a los más brutales tormentos (foto: Dudva, CC BY‑SA 3.0).
Cientos de miles fallecieron de hambre y trabajos forzados en los campos. Se creó una compleja red de prisiones donde se aplicaba una tortura sofisticada; solo unos pocos lograron sobrevivir a esas fábricas de muerte.
La prisión más conocida se erigió sobre el antiguo complejo escolar en la capital, poco después de la toma del poder. Los prisioneros eran torturados, trasladados a los arrozales cercanos y ejecutados. De los cientos de miles que pasaron por este campo de exterminio, apenas unos pocos sobrevivieron.
Uno de los supervivientes de Toul Sleng, el nombre del campo, fue Vann Nath. Sobrevivió gracias a su talento artístico; los torturadores, al notar su habilidad para dibujar, le ordenaron pintar retratos de Pol Pot. Los demás no tuvieron la misma suerte.
Asesinos en acción
Las palas americanas se convirtieron en la herramienta principal de los asesinatos. Con la hoja bloqueada, se asemejaban a azadas que golpeaban la cabeza de las víctimas hasta fracturarles el cráneo. Cada día se realizaban cientos de ejecuciones en el campo. Era frecuente estrangular a la gente con bolsas de plástico. También se golpeaba a los prisioneros hasta la muerte con bastones de bambú con puntas afiladas, o se les cortaba la garganta con hojas gruesas de bambú. El uso de herramientas contundentes respondía al escaso suministro de municiones del régimen.
Con frecuencia las víctimas cavaban su propia tumba y, aun conscientes, eran enterradas una y otra vez para servir de fertilizante. Los cuerpos se depositaban en fosas comunes poco profundas en los campos cultivables. Era común que los agricultores arrancaran yucas del suelo con las raíces incrustadas en los huecos oculares de los cráneos. Hasta hoy se siguen descubriendo muchos de esos campos de muerte.
Tortura sadista
Los relatos de los pocos supervivientes describen una brutalidad sin precedentes. Los detenidos eran encadenados al suelo, limitando totalmente sus movimientos. Se les aplicaba un amplio abanico de torturas a prisioneros exhaustos, hambrientos e indefensos.
Primero, los golpeaban con palos, cables y alambres, así como con cinturones de cuero con púas. Se les obligaba a mantener los brazos en alto todo el día. Se les insertaban agujas en el cuerpo y se arrancaban uñas. También se les torturaba con gotas de agua cayendo sobre la frente.
Escenario de inundación: las piernas del prisionero estaban encadenadas en la parte superior, las muñecas en la inferior, y se le vertía agua sobre la cara con una regadera verde (foto: waterboarding.com, CC BY 2.0).
Para obtener confesiones, los prisioneros eran quemados con metales al rojo vivo y asfixiados con bolsas de plástico. La violación de mujeres era una práctica cotidiana. A menudo se vertía alcohol sobre las heridas abiertas. Uno de los métodos más crueles consistía en quemar a los prisioneros sobre una hoguera. Haing Ngor, sobreviviente, describió la tortura así:
"Me colgaron del travesaño, levantándome de modo que mis pies quedaran sobre un montón de paja. Cuando ataron a todos, prendieron fuego a la paja bajo nosotros. La paja arde como aserrín, quemando durante días, con un humo denso y acre."
Muchos murieron a causa de las quemaduras y la sed.
Los insectos típicos del clima camboyano se convirtieron en una plaga para los prisioneros: mosquitos que entraban por la noche, hormigas gigantes que se posaban sobre heridas abiertas y se alimentaban de la carne, y moscas que zumbaban sin cesar.
Desmembramiento fetal y canibalismo
Las mujeres embarazadas tampoco fueron exentas; sus vientres eran abiertos, los fetos colgados del cordón umbilical y expuestos al sol o arrojados al suelo. En una prisión, un guardia introdujo una bayoneta en la ingle de una joven embarazada que ya había muerto estrangulada con una bolsa de plástico. La bayoneta perforó el hueso púbico, abrió el abdomen y arrojó el feto sobre una pila de restos humanos; luego el guardia diseccionó el hígado y los senos de la mujer.
Los huesos de las víctimas desenterrados en los campos de la muerte (foto: Oliver Spalt, CC BY‑SA 2.5).
El país, devastado por el comunismo, sufría una hambre extrema. El séptimo mandamiento del Khmer Rouge era: "No beberéis ni comeréis nada que no sea producto de la revolución". La revolución, sin embargo, no podía alimentar al pueblo, y el canibalismo se volvió una práctica generalizada.
La gente, enloquecida por el hambre, llegó a consumir no solo ratas muertas, sino también a sus propios hijos y vecinos. Haing Ngor recuerda que, en su campo, prisioneros hambrientos torturaron a una mujer embarazada, arrojaron al feto y se comieron sus entrañas.
Guardias adolescentes
Los guardias de los campos eran militantes comunistas entrenados desde muy jóvenes, a veces con 12‑13 años. Niños y adolescentes del campo se convirtieron en la principal herramienta del régimen genocida de Pol Pot, famoso por su crueldad inhumana. Eran sometidos a una indoctrinación sistemática que los volvía totalmente leales al nuevo poder.
El artículo se basa, entre otras fuentes, en el libro de Peter Fröberg Idling, "Pol Pot's Smile" (Czarne 2010).
Separados de sus familias, los niños también actuaban como informantes. Al visitar los hogares, denunciaban a los supuestos enemigos del pueblo. Ni padres ni madres podían estar seguros de que su hijo no fuera un espía, lo que explicaba la disciplina ejemplar dentro de las filas del Khmer Rouge.
Fin del infierno
En 1979 Vietnam invadió Camboya y derrocó al Khmer Rouge. Pol Pot y los restos de su ejército se refugiaron en la selva, donde murió, probablemente envenenado, en 1998. No fue sino hasta 2009 que se inició el primer juicio contra los perpetradores. Kaing Guek Eav, "El Fantasma", comandante del campo de Toul Sleng, fue condenado a cadena perpetua. Hasta la fecha, solo unos pocos miembros del régimen de Pol Pot han sido juzgados.