Un paraíso trágico en la Alta Austria
En los alrededores de Linz, entre paisajes idílicos, se erigió uno de los campos de concentración más crueles del Tercer Reich: Mauthausen‑Gusen. Fue el primer gran complejo construido fuera de Alemania y se ganó la reputación de "campo de la muerte".
Los orígenes del infierno
En agosto de 1938, apenas cinco meses después del Anschluss, se abrió el primer campo de Mauthausen junto a la mayor cantera de granito de Austria, siguiendo el modelo del campo de Dachau (1933). Inicialmente sirvió para aislar y asesinar a alemanes y austriacos considerados “indeseables”: socialistas, comunistas, homosexuales y opositores al régimen. Pronto se sumó la intelectualidad polaca.
Con la invasión de Polonia (1939) el campo se amplió para albergar la acción "Intelligenzaktion", destinada a exterminar a la élite polaca. El 25 may 1940 se abrió la rama de Gusen; en 1942 surgió Gusen II y, en 1944, Gusen III, además de un sub‑campo femenino.
El primer comisario, Albert Sauer, fue reemplazado por Franz Ziereis, quien disfrutaba del horror que infligía. Permitió que su hijo disparara a los prisioneros desde la terraza de su casa y celebró su cumpleaños asesinando a 20 internos. Por sus “servicios” fue ascendido a SS‑Standartenführer en 1944.
Los prisioneros débiles eran arrojados desde la famosa “escalera de la muerte” a un lago cercano.
El motor económico del Reich
El complejo no solo era una cárcel; era también una fábrica de piedra para el proyecto del "Reich milenario". La empresa SS DEST (Deutsche Erd‑ und Steinwerke GmbH) explotaba las canteras sin ningún tipo de seguridad: sin guantes, botas, cascos ni maquinaria. Los internos transportaban bloques desnudos, corriendo de ida y vuelta bajo constante amenaza de los guardias.
La escalera de la muerte conducía a la cantera de Mauthausen. Si un prisionero cargaba demasiado poco, lo arrastraban a la orilla del lago y lo empujaban al agua.
Gusen II: la fábrica de la muerte
Gusen II se destacó por su brutalidad. Allí se construyeron túneles subterráneos "Bergkristall‑Bau" donde se fabricaban los aviones a reacción Messerschmitt Me 262. Los internos usaban herramientas neumáticas, remaches y alumbrado de 24 V, trabajando en condiciones inhumanas. Cada día producían dos fuselajes con motor.
En Gusen II la esperanza de vida media era de apenas 4 meses. Los guardias eran extremadamente crueles y, en lugar de soldados SS, se empleaban kapos criminales que disfrutaban de privilegios y torturaban sin castigo. Jochan von Losen mató a 245 prisioneros en una sola noche, golpeándolos con martillos o hachas y arrojándolos a pozos de piedra.
Las barracas estaban tan superpobladas que a menudo despertaban junto al cadáver de un compañero.
Beneficios del trabajo esclavo para la industria alemana
El traslado a la fábrica Steyr‑Daimler‑Puch aumentó ligeramente la probabilidad de supervivencia: los internos podían obtener vales para un burdel cercano o bonos de comida. Otras empresas que explotaron mano de obra forzada fueron Accumulatoren‑Fabrik AFA (baterías para submarinos), Deutsche Bergwerks‑ und Hüttenbau, Eisenwerke Oberdonau (acero para tanques), Flugmotorenwerke Ostmarkt (motores de avión), Heinkel, Raxwerke, Otto Eberhard Patronenfabrik y otras.
Bayer, a través de IG Farbe, suministró Zyklon B, el gas utilizado para los asesinatos masivos.
"Saliréis pronto por las chimeneas"
En Mauthausen‑Gusen la muerte por gas se presentaba como la forma "más humana" de exterminio. Además, los prisioneros eran obligados a descender la escalera de la muerte, golpeados con garrotes y dejados morir entre 30 y 60 minutos mientras luchaban por respirar.
Cuando el número de muertos superó la capacidad de los crematorios, se construyeron más fosas. Las inspecciones sanitarias castigaban cualquier detalle (una camisa rasgada provocaba latigazos). Los internos heridos no podían trabajar, eran desnudados y arrojados al inodoro, donde morían en pocos días.
Otra forma de exterminio era la inanición: los prisioneros eran confinados en un barracón apodado "estación de tren al cielo". El comisario Gusen, Karl Chmielewski, ordenó "baños mortales": duchas de agua helada a alta presión que provocaban ahogamientos, caídas mortales y neumonía. Entre septiembre 1941 y enero 1942, la "Totbadeaktion" acabó con unas 2 000 víctimas.
La liberación
Al acercarse el frente, Himmler ordenó el exterminio total del campo. Testigos afirman que los prisioneros fueron reunidos en los túneles, se introdujo gas Zyklon B y... el gas no se activó. La razón de la falla sigue siendo un misterio; algunos electrificadores internos cortaron los cables.
El 5 de mayo de 1945, un tanque estadounidense comandado por el sargento polaco Albert Kosiek entró al campo. Los internos, armados con cualquier objeto, atacaron a los kapos y guardias, incluso con sus propias manos. Según sobrevivientes, prisioneros soviéticos capturaron a un ejecutor y lo despedazaron.
Tras calmarse la masacre, los prisioneros saquearon los pueblos cercanos y, durante la noche, el campo se transformó en un campamento improvisado con fogatas y una cocina de campo; al amanecer, el terreno se había convertido en cementerio.
Al día siguiente, bajo la solicitud del general Eisenhower, se organizaron escenas de liberación para la prensa.
El comisario Ziereis huyó a los Alpes y fue abatido por los estadounidenses el 23 de mayo de 1945. Tras su muerte, su cuerpo fue entregado a los prisioneros, que lo colgaron desnudo en los alambres de púas, marcado con una esvástica y la frase "Heil Hitler".
El destino después de la guerra
Los soviéticos tomaron el control del complejo; las barracas sirvieron como cuarteles y las canteras continuaron operativas. En 1955, los soviéticos se retiraron y gran parte del terreno pasó a manos privadas: se demolieron edificios, se construyeron viviendas, una granja de setas y se reutilizaron canteras.
Se erigió un monumento a las víctimas polacas, diseñado por Stanisław Sikora y Teodor Bursche. En 1965 se completó el Memorial de Mauthausen; años después, el gobierno austríaco adquirió la plaza central y salvó varios edificios de la cantera, incluidas partes del "Bergkristall‑Bau".
En 2004 se abrió el Centro de Información del KZ Gusen, y en 2001 se creó un comité de conmemoración.
Memoria y resistencia
Hoy, en esa zona de la Alta Austria, la gente ya no puede decir que "no pasó nada aquí". Gracias a la labor de instituciones polacas y a la preservación de los testimonios, la historia del genocidio en Mauthausen‑Gusen vuelve a la conciencia pública.
Durante su existencia surgió una resistencia interna: se organizaron rescates, se escribieron poemas de prisión y se intentó mantener algo de cultura en medio del infierno.
Se estima que alrededor de 335 000 prisioneros pasaron por el campo; entre 71 000 y 122 000 murieron. Provenían de 169 nacionalidades, siendo los polacos el grupo mayoritario, seguidos por los soviéticos. En Gusen, aproximadamente el 80 % de las víctimas eran polacos, entre ellos el profesor Wiktor Ormicki, el inventor Kazimierz Pruszyński y el sacerdote Edmund Kałach.
Recordemos.