Primeros años
Leonid Rogozov nació en 1934 en un pequeño pueblo a orillas del lago Baikal. Su familia vivía en la pobreza: su padre era conductor y su madre trabajaba en una granja de vacas. Durante la colectivización fueron catalogados como kulaks y deportados a Alma‑Ata, una experiencia que casi les cuesta la vida, pero lograron sobrevivir y regresar a su tierra natal.
Después de la muerte de su padre en el frente en 1943, Leonid, la mayor de los hermanos, asumió la responsabilidad del hogar y de su hermana menor, Walentyna (Wala). Terminó la escuela primaria de siete años y, para ayudar a su madre, ingresó a una escuela profesional de minería, que le ofrecía alojamiento y una beca.
Aunque la minería le garantizaba sustento, Leonid soñaba con otra cosa. Tras terminar la escuela secundaria sirvió en el ejército y, una vez dado el alta, se mudó a Leningrado, donde quedó fascinado por la vida en la gran ciudad.
Aventura en la Antártida
En 1960 se enteró de que una expedición soviética a la Antártida buscaba un médico. Sin dudarlo, se ofreció como voluntario y, con el apoyo de su madre, partió hacia el Polo Sur en el otoño de ese año. Empacó libros, notas y hasta pesas de 32 kg para mantenerse en forma.
En la estación polar Novolazarevskaya, Rogozov atendía a los 15 miembros de la expedición, cuidando su salud en un entorno extremadamente aislado.
La autointervención
El 29 de abril de 1961, Leonid sintió un fuerte dolor en el lado derecho del abdomen, acompañada de fiebre y náuseas. El diagnóstico fue inmediato: apendicitis aguda. Una tormenta de nieve imposibilitó cualquier intento de evacuación aérea, por lo que la única opción era operar él mismo.
Con la ayuda del meteorólogo Aleksandr Artemiev, del mecánico Zinovij Tieplinski (encargado de la iluminación) y del jefe de la estación, Vladislav Gierbowicz (para posibles reanimaciones), Rogozov preparó el quirófano improvisado. Desinfectó los instrumentos y, por no perder sensibilidad en las manos, decidió operar sin guantes.
El 30 de abril, a las 22:00 hora de Moscú, tomó el bisturí y realizó una incisión de 12 cm. Trabajó en posición semi‑sentada, con las piernas elevadas 30 °, y, a pesar de mareos y fatiga, completó la apendicectomía. Tras suturar, se administró una dosis de antibióticos y un sedante. La fiebre descendió en los días siguientes, confirmando el éxito de la operación.
Reconocimiento y legado
El heroico acto de Rogozov se difundió rápidamente y convirtió al joven cirujano en una sensación mundial, reforzando el orgullo soviético en plena carrera espacial. Al regresar a Leningrado en 1962, recibió un apartamento de dos habitaciones y una avalancha de cartas de admiradoras, incluida la checa Marcela, con quien más tarde se casó.
Continuó su carrera investigadora en un instituto científico de Leningrado. Los instrumentos utilizados en la autointervención fueron donados al Museo Ártico‑Antártico de la ciudad. Leonid Rogozov falleció en el año 2000 a causa de un cáncer de estómago, pero su historia sigue inspirando a médicos y aventureros de todo el mundo.