Una expedición que debía confirmar la supremacía británica
En 1845 la Marina Real británica lanzó la expedición al Ártico a bordo de los buques Erebus y Terror. El objetivo era encontrar el Paso del Noroeste, una ruta marítima que atravesara el archipiélago ártico canadiense y conectara el Atlántico con el Pacífico, garantizando un trayecto más corto a Asia y, por ende, un gran beneficio económico.
El capitán John Franklin, experimentado navegante y explorador polar, encabezaba la misión con la esperanza de que, por primera vez, Gran Bretaña “puso la mano” en ese ansiado corredor.
Tumbas en la Isla Beechey
Preparativos de vanguardia
Los buques fueron equipados con las tecnologías más avanzadas de la época: motores de vapor adaptados de los ferrocarriles británicos, calefacción central a vapor, piano, biblioteca y una cámara daguerrotípica. Además, se cargó una enorme cantidad de provisiones que, según los cálculos, bastarían varios años.
Para combatir el escorbuto, se incluyó jugo de lima, y se almacenaron más de 8.000 latas de carne en conserva, consideradas una revolución alimentaria que prometía evitar la deficiencia de vitamina C.
«La innovación nutricional se aceptó rápidamente por la Admiralty, convencida de sus poderosas propiedades anti‑escorbúticas».
Los primeros indicios de tragedia
En 1986, un equipo de la Universidad de Alberta analizó los restos de varios tripulantes fallecidos en los primeros meses de la expedición. Los resultados mostraron que, además de neumonía y tuberculosis, todos los cuerpos presentaban una intoxicación por plomo extremadamente alta, superando los límites permitidos por miles de veces.
Los relatos de los inuit locales, recogidos por buscadores del siglo XIX, describían que, durante una marcha desesperada hacia la frontera canadiense, los miembros de la tripulación se habían visto obligados a comer carne humana.
Locura en la oscuridad
El 19 de mayo de 1845, Erebus y Terror zarpó de Greenhithe con 24 oficiales y 110 tripulantes. Aunque Franklin y el capitán Francis Crozier eran veteranos de la zona, la mayor parte de la tripulación era inexperta, lo que resultó fatal.
El invierno ártico los confinó en una prisión de hielo: oscuridad perpetua, frío extremo, espacio reducido bajo cubierta y una higiene prácticamente inexistente. Las condiciones describían el médico de la expedición de rescate de 1850:
«Treinta y tres hombres, abrigados hasta los huesos, apretados en un espacio menor que una biblioteca. Tres hornos, lámparas que quemaban grasa de foca, ropa húmeda, polvo, humo de tabaco… sin camarotes, sin mantas, sin sombra donde refugiarse».
Ratas por todas partes
Los roedores fueron una plaga constante. El oficial estadounidense Elisha Kent Kane, que dirigió la nave Advance en la búsqueda de Franklin (1853‑1855), anotó: «Los tres peores flagelos después de la oscuridad, el frío y el escorbuto fueron: RATAS, RATAS, RATAS».
Atrapados en el hielo
Después del primer invierno cerca de la Isla Beechey, donde tres tripulantes fueron enterrados, los buques siguieron su avance hacia el estrecho Peel y la isla King William. Allí el hielo los inmovilizó por completo. A pesar de las reforzadas estructuras de hierro y madera, la presión del hielo aplastó mástiles y partes del sistema de propulsión a vapor.
Capitán Francis R.M. Crozier, comandante del HMS Terror
La muerte del capitán Franklin se mantuvo en secreto hasta 1859, cuando una nueva expedición, liderada por Lady Franklin, descubrió un depósito con notas. La segunda de ellas, fechada el 25 de abril 1848, revelaba que los buques llevaban un año y medio atrapados en el hielo y que la tripulación había abandonado los barcos el 22 de abril, con Franklin fallecido desde el 11 de junio 1847.
El último almuerzo: canibalismo
Más de un centenar de marineros, bajo el mando de Crozier, emprendieron una marcha de muerte hacia la costa canadiense, a casi 2 000 km de distancia. Los inuit informaron a los buscadores británicos que, al final del trayecto, los blancos se habían comido entre sí. Evidencias arqueológicas —huesos humanos tallados y cortados— confirmaron estas afirmaciones.
Mapa de la última expedición de Franklin.
Muerte por la comida enlatada
Aunque se había pensado que el escorbuto era la causa principal de la decadencia, los análisis modernos demuestran que la intoxicación por plomo, procedente de la soldadura de las latas de conserva, fue decisiva. En el siglo XIX, la mayoría de los alimentos enlatados se soldaban con una aleación rica en plomo; cuando el ácido de los tomates o de otros alimentos entraba en contacto, liberaba compuestos tóxicos.
Artefactos encontrados por McClintock
Conclusión
Los factores que condenaron a Erebus y Terror fueron múltiples: el aislamiento prolongado, la escasez de alimentos frescos, la contaminación por plomo y, como último recurso, el canibalismo. Estudios recientes también señalan deficiencias de zinc como posible contribuyente.
En 2014 y 2016, los restos de Erebus y Terror fueron localizados a 11 m y 24 m de profundidad respectivamente, conservados sorprendentemente bien. El hallazgo de objetos cotidianos —botellas de vino, mesas, cajones abiertos— permite imaginar la vida a bordo de estos barcos hace 170 años.
Fuentes
Basado en el libro de Owen Beattie y John Geiger, Forever in the Ice: In the Footsteps of John Franklin’s Tragic Expedition, Jagiellonian University Press, 2021.