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“Algunos murieron lentamente, otros rápidamente, pero todos sufrieron el mismo destino”... La sangrienta historia de la Tercera Cruzada

La caída de Jerusalén sacude al mundo cristiano

La pérdida de Jerusalén en 1187 conmocionó a toda la cristiandad. “El rebaño de Dios fue expulsado de la ciudad santa y sus reliquias fueron arrojadas a los perros”, lamentó el Neófito Sagrado. Se dice que el papa Urbano III murió al enterarse de la catástrofe, y la necesidad de una nueva cruzada se volvió inevitable.

El llamado a la Tercera Cruzada

El sucesor del papa, Gregorio VIII, anunció el 29 de octubre la bula Audita tremendi, invitando a todos los fieles a cumplir con su deber cristiano y a defender los estados de la Cruz.

Ricardo Corazón de León

En el otoño de 1187 comenzaron los preparativos. El rey Enrique II de Inglaterra, que hasta entonces había rehusado abandonar su trono, aceptó la cruz en enero de 1188 tras ceder ante la presión moral y firmó la paz con Felipe II de Francia.

Ricardo, hijo de Enrique y conde de Poitiers, tomó la cruz en noviembre de 1187, al día siguiente de la caída de Jerusalén. Tras la muerte de su padre en el castillo de Chinon (6 de julio de 1189), lideró el contingente inglés de la cruzada.

Según la crónica Itinerarium Peregrinorum, Ricardo era “alto, corpulento, de cabellos entre rojo y dorado, con miembros firmes y brazos largos que le permitían empuñar la espada con gran destreza”. Vistiendo un elegante gorro flamenco rojo, camisa de seda rosa y una capa adornada con lunas y soles plateados, impresionó a los cronistas, aunque otros señalaron su tez pálida, sobrepeso y problemas de úlceras y fiebre.

“Algunos murieron lentamente, otros rápidamente, pero todos sufrieron el mismo destino”... La sangrienta historia de la Tercera Cruzada

Su presencia inspiró a los cruzados, aunque también fue objeto de críticas por su estilo de vida.

El asedio de Acre (Akka)

En el verano de 1190, la flota inglesa zarpó de Dartmouth y se reunió con Felipe en Francia. El 4 de julio, tres años después de la Batalla de los Cuernos de Hattín, los reyes partieron de Lyon: Felipe tomó ruta marítima hacia Génova y Ricardo hacia Marsella, para reunirse después en Sicilia.

Acre, el principal puerto comercial del Levante, había caído en manos de Saladino tras Hattín. La guarnición aymú de 3 000 hombres, comandada por el veterano Karaküz, defendía la ciudad mientras el sultán acampaba en el cercano Tall al‑Ayyadiyya.

Los cruzados, incapaces de romper la defensa aymú ni de imponer un bloqueo total, dependían de la llegada de los reyes para cambiar la balanza.

La muerte de Federico Barbarroja

Federico I de Alemania, apoyado por tropas húngaras, avanzó por tierra a través del Imperio bizantino y el 18 de mayo de 1190 derrotó al sultán selyúcida Kilij Arslan II en Konya. Sin embargo, el 10 de junio se ahogó en el río Göksu, presumiblemente por un infarto mientras su pesado manto lo arrastraba bajo el agua.

El crónico alemán describió el luto como “una desgracia terrible”. El ejército, ahora bajo el mando de Federico de Suabia, sufrió una epidemia que diezmó sus filas; sólo unos pocos alemanes llegaron a Acre.

“Algunos murieron lentamente, otros rápidamente, pero todos sufrieron el mismo destino”... La sangrienta historia de la Tercera Cruzada

La llegada de Felipe Augusto y Ricardo

Felipe Augusto arribó a Acre el 20 de abril de 1191 con seis barcos y un destacamento de nobles franceses. Fue recibido como un “ángel del Señor” y revitalizó la moral del asedio.

Ricardo desembarcó el 8 de junio, acompañado de una enorme tropa inglesa: se escuchaban flautas, cuernos y gaitas, el vino corría a raudales y los fogones ardían con fuerza. Antes de su llegada, había hundido un gran buque aymú que transportaba armas, camellos y serpientes venenosas, destinadas a ser usadas como armas biológicas.

El 3 de julio los cruzados derribaron un importante tramo de los muros de Acre. Al día siguiente, los defensores solicitaron la rendición. Se acordó entregar la ciudad a los cristianos a cambio de un rescate de 200 000 bizantinos, el intercambio de varios miles de prisioneros y la entrega de un fragmento de la Cruz de Cristo que los aymúes habían tomado.

“Angustia amarga” en la batalla de Arsuf

Después de la toma de Acre, Ricardo marchó hacia el sur, siguiendo la costa hasta Jaffa y luego a Jerusalén. El 7 de septiembre, cerca de Arsuf, se produjo la famosa batalla contra Saladino, quien lanzó todas sus unidades, incluidos guerreros africanos y beduinos.

Gracias a la impecable coordinación de la caballería inglesa, los cruzados lograron una victoria decisiva, liberaron Jaffa y abrieron negociaciones de alto el fuego.

Los últimos intentos por Jerusalén

Ricardo intentó capturar Jerusalén en dos ocasiones (diciembre de 1191 y primavera de 1192) pero carecía de la suficiente fuerza para replicar la conquista de 1099. En agosto de 1192, tras la última victoria cerca de Jaffa, se firmó una tregua: todas las ciudades costeras entre Jaffa y Acre volvieron a manos cristianas y los peregrinos recuperaron el acceso a la Ciudad Santa. Acre se convirtió en la nueva capital del reino cruzado.

El rey regresó a Inglaterra, donde enfrentó la rebelión de su hermano Juan, apoyado por Felipe de Francia. Aunque la Tercera Cruzada no recuperó Jerusalén, sí aseguró la supervivencia temporal de los estados cruzados y dejó una huella imborrable en la memoria colectiva: generaciones de madres musulmanas advertían a sus hijos que, si se portaban mal, “el rey Ricardo vendría a por ellos”.

Fuente

Extracto del libro más reciente de Dan Jones, Crusaders, publicado por la editorial Znak Horyzont. El autor, conocido por Templarios, narra la historia de las cruzadas desde la perspectiva de sus protagonistas.