¿Cómo eran realmente los nazis? Durante el juicio de Núremberg, los Aliados decidieron examinar psiquiátricamente a los criminales nazis capturados.
El juicio de Núremberg tenía un objetivo noble: demostrar que el mundo occidental se regía por el estado de derecho, incluso frente a los crímenes más atroces. Quería quedar claro que cualquier persona, por grave que fuera su delito, podía ser juzgada con justicia.
El peso emocional del proceso hizo que sus participantes cargaran con la responsabilidad de Núremberg durante muchos años. La seriedad del debate se vio intensificada por las impactantes testimonios de testigos, las descripciones de las atrocidades y las reacciones de los nazis presentes en la sala. Las actitudes de los exlíderes del Tercer Reich fueron muy diferentes: algunos mostraron indiferencia, otros lanzaron acusaciones vulgares y un grupo intentó blanquear los crímenes culpando a otros. Todas sus reacciones fueron observadas minuciosamente por los psiquiatras y psicólogos presentes.
El cerebro no miente
Nadie imaginó que los nazis sentados en el estrado pudieran escapar a la horca. La sentencia estaba prácticamente decidida antes de iniciar el proceso penal. Sin embargo, el juicio atrajo la atención mundial, y los psiquiatras también mostraron gran interés, aunque por una razón distinta: por primera vez en la historia se podía estudiar científicamente la mente de los líderes de un país responsable de crímenes contra la humanidad y del exterminio de millones de vidas.
Incluso antes de la reunión en Núremberg, la comunidad científica insistía en examinar post mortem los cerebros de los nazis condenados. Los académicos recomendaron que la ejecución se realizara de modo que no se dañara este delicado órgano:
Un conocimiento detallado de la personalidad de estos líderes sería valioso para la reorganización y reeducación de Alemania. Además de entrevistas psiquiátricas, sería deseable aplicar pruebas psicológicas como el test de Rorschach. Si los acusados fueran sentenciados a muerte, una autopsia completa, especialmente del cerebro, sería aconsejable. Por ello, el condenado debería ser disparado en el pecho y no en la cabeza.
Al final, de todos los condenados a muerte, solo el cerebro de Robert Ley llegó a la mesa de autopsia.
Fuente del mal
En un proceso penal ordinario, los psiquiatras y psicólogos solo deben determinar la cordura del acusado. En Núremberg, esa cuestión quedó en un segundo plano. La inclusión de Rudolf Hess, claramente con problemas psiquiátricos, muestra que el objetivo principal de los médicos no era valorar la salud mental, sino asesorar a guardias y fiscales y, en cierto modo, reforzar la moral de los presos para que sobrevivieran al largo juicio.
La parte más fascinante de su labor consistió en investigar la mente de los líderes alemanes. Los especialistas más destacados fueron Douglas Kelley y Gustave Gilbert. Con pruebas de inteligencia, el test de Rorschach, entrevistas directas y la observación del comportamiento durante el juicio, intentaron averiguar qué originaba el “mal” en la psique nazi.
Antes de que comenzara el juicio, abundaban hipótesis: algunos expertos sostenían que el mal reside simplemente en la naturaleza humana y que los nazis actuaron por ausencia de límites morales y legales; otros afirmaban que la clase política alemana era una pandilla de degenerados mentalmente enfermos. A pesar de las cientos de horas que Kelley y Gilbert pasaron interrogando a los acusados (Kelley alegó haber hablado 80 horas con cada uno), los resultados fueron inconclusos.
Dos enfoques, dos resultados
La actitud de los médicos influyó enormemente en los resultados. Kelley y Gilbert eran personas totalmente distintas. Al principio intentaron reconciliar sus diferencias, pero pronto su colaboración se volvió tensa.
Kelley veía en Núremberg una interesante asignación que complementaba su vasta experiencia clínica. Para él los nazis eran un fascinante objeto de estudio que lo mantenía despierto por la noche. Era un cínico relajado que disfrutaba mostrando su elocuencia en entrevistas periodísticas. Gilbert, en cambio, era rudo, sin humor y estaba motivado por una misión personal: provenía de una familia judía pobre de Nueva York, pasó su infancia en un orfanato y, a pesar de todo, obtuvo un doctorado en psicología. Había trabajado en el ejército interrogando prisioneros de guerra y estaba decidido a “cazar” a los responsables de los crímenes nazis.
En 1945 el test de tinta de Rorschach era la última moda entre los psicoanalistas.
Kelley dominaba el test, pero hablaba poco alemán. Gilbert, por su parte, era fluido en alemán pero desconocía el método de manchas de tinta. Además, Kelley provenía de una familia acomodada de California, mientras que Gilbert había crecido en la pobreza. Estas diferencias explican por qué sus interpretaciones de los mismos resultados variaron considerablemente.
¿Era un nazi inteligente?
Una de las primeras pruebas aplicadas en Núremberg fue la escala de inteligencia de Wechsler (Wechsler‑Bellevue). Se pretendía confirmar o desmentir los mitos que surgían alrededor de los comandantes nazis: ¿eran genios del mal o individuos con una inteligencia extremadamente baja?
Los resultados mostraron que el coeficiente intelectual de los líderes alemanes estaba ligeramente por encima de la media. Hermann Göring y Karl Dönitz obtuvieron 138. En una entrevista Kelley comentó: «No he encontrado genios. Göring, por ejemplo, tuvo un CI de alrededor de ciento treinta y ocho. Es un buen resultado, pero no es un mago». Franz von Papen (134), Hans Frank (130), Joachim von Ribbentrop (129) y Albert Speer (128) quedaron ligeramente por debajo. Los puntajes más altos los alcanzaron Hjalmar Schacht (143) y Arthur Seyss‑Inquart (141).
Aunque su nivel de inteligencia era similar, sus aportes al régimen variaron enormemente. Schacht, ministro de Economía, impulsó la potencia industrial alemana antes de 1939, pero después se enfrentó a Hitler y terminó en un campo de concentración. Seyss‑Inquart, comisario del Reich en los Países Bajos, fue responsable de la deportación y asesinato de judíos holandeses.
Julius Streicher fue el que menos puntuó entre los dirigentes políticos, con un CI de 106. Streicher, además de ser moderadamente inteligente, era un degenerado, pedófilo y pervertido. Sin embargo, otras pruebas psicológicas mostraron que los perfiles de los nazis eran muy heterogéneos y que los rasgos psicopáticos constituían una minoría.
Crimen y tinta
El test de Rorschach, creado por el psiquiatra suizo Hermann Rorschach (1884‑1922), permite que los pacientes proyecten fantasías, miedos y deseos en manchas de tinta ambiguas. En Núremberg, la interpretación de los resultados estuvo a cargo de dos analistas con enfoques totalmente opuestos, lo que provocó evaluaciones muy distintas.
Por ejemplo, ante la misma lámina, Robert Ley vio “un oso divertido que representa al bolchevismo que se extiende por Europa”, mientras que Göring describió “dos hombres bailando”. La valoración del test de Göring mostró claramente la influencia de las actitudes personales de los médicos. Kelley describió al comandante de la Luftwaffe como una persona con «considerable capacidad intelectual, muy inventiva, expansiva, agresiva, con gran ambición y deseo de dominar el mundo». Gilbert, en cambio, lo calificó como «una personalidad agresiva y despiadada disfrazada de amabilidad para lograr sus objetivos», llegando a llamarlo «un psicópata agradable».
Durante las conversaciones, se descubrió que muchos de los acusados mostraban una cara humana. Göring amaba a los animales y escribía cartas cariñosas a su esposa; Robert Ley, creador de los campos de trabajo forzado, mostraba preocupación por la calidad de vida de los trabajadores alemanes y lamentaba sinceramente lo que Alemania había hecho al mundo.
Trampas de la mente
Tras la guerra, la gente se preguntó cómo un país civilizado pudo perpetrar asesinatos masivos. Algunos pensaron que la explicación residía en la locura de los líderes del Tercer Reich. Sin embargo, los resultados de Núremberg no respaldaron la idea de que todos fueran sádicos enfermos.
Intentar encontrar rasgos comunes en todos los nazis fue también un error. Los presos de Núremberg eran solo una pequeña élite que había dado órdenes, no los ejecutores directos. Además, los diagnósticos de Kelley y Gilbert contenían opiniones subjetivas; por ejemplo, Kelley se hizo amigo de Göring, quien le pidió que adoptara a su única hija.
Según especialistas contemporáneos, la investigación de Núremberg demostró que, salvo casos excepcionales como Streicher, los líderes nazis no podían considerarse psicópatas (aunque no se pudo evaluar a Hitler, Goebbels y Himmler por razones evidentes). Lo que sí compartían era: ambiciones exageradas, bajos estándares éticos, nacionalismo extremo, falta de empatía y gran capacidad de adaptación al entorno. Estas características pueden encontrarse tanto en criminales de guerra como en personas exitosas o burocratas.