El contexto del verano de 1944
En el verano de 1944, los miembros del Sonderkommando de Auschwitz‑Birkenau presenciaron con sus propios ojos la exterminación de cientos de miles de judíos húngaros y de Łódź. Cuando comprendieron que los alemanes pretendían enviarlos también a las cámaras de gas, decidieron actuar. El resultado fue el mayor levantamiento de prisioneros en la historia del infame campo de exterminio.
¿Qué era el Sonderkommando?
El Sonderkommando (unidad especial) estaba compuesto casi exclusivamente por judíos. Al inicio contaba con unos 200 prisioneros; en la primavera de 1944 su número superó el millar. Los recién llegados no sabían qué les esperaba. El primer día de "trabajo" descubrieron que los nazis los utilizaban para ejecutar sus planes criminales.
Su primera tarea consistía en conducir a las víctimas recién llegadas a las cámaras de gas, adormeciéndolas con engaños. Tras la matanza, los prisioneros tenían que transportar y quemar los cuerpos, así como separar la ropa y las pertenencias personales de los asesinados.
No dejar testigos
Los demás internos de Auschwitz veían al Sonderkommando como colaboradores que buscaban salvarse a cualquier costo. Sin embargo, incluso los miembros más leales no podían eludir la muerte indefinidamente.
El Crematorio IV fue el escenario, el 7 de octubre de 1944, del mayor motín de prisioneros en la historia del campo.
Los planes de resistencia
Tras cada gran operación de exterminio, los alemanes cambiaban la composición del Sonderkommando. En el otoño de 1944, los prisioneros recibieron la orden de ayudar al SS Otto Moll, comandante del subcampo de Gliwice. Sabían que se trataba de una trampa para mantenerlos bajo control. Ante la imposibilidad de seguir obedeciendo, decidieron armarse.
Desde junio de ese año, varios internos solicitaron ayuda al líder de la resistencia del campo, Jakow Kaminski. La denuncia contra él permitió a la SS descubrir el plan; Kaminski fue asesinado, pero la estructura de la resistencia sobrevivió. Los prisioneros consiguieron armas improvisadas (cuchillos, palancas) y, a través del cercado, contacto con otros internos para obtener más materiales.
Incluso lograron conseguir explosivos donados por prisioneras que trabajaban en el desmantelamiento de aviones en la fábrica de Krupp.
El levantamiento del 7 de octubre
El 7 de octubre, a la 1:30 p.m., los miembros del Sonderkommando que trabajaban en el Crematorio IV atacaron a los guardias SS con palancas, hachas y piedras. Tras varios minutos de intenso combate, lograron someter a los guardias y hacer estallar el crematorio. El fuego fue una señal para el personal del Crematorio II, que también se rebeló y quemó a sus guardias en los hornos.
El siguiente objetivo era escapar. Aproximadamente 250 prisioneros lograron salir de los alambres del campo, pero pronto fueron rodeados por tropas alemanas en un bosque cercano, donde comenzó una masacre.
Doce de ellos lograron evadir la trampa cuando los aviones soviéticos que bombardeaban Wrocław distrajeron la atención de los SS. Alcanzaron la aldea de Rajsko, pero fueron capturados rápidamente; los guardias los encerraron en un granero y los incendiaron.
Repercusiones y consecuencias
Según el historiador Jonathan Walker, los cuerpos de los fugitivos fueron devueltos al campo y exhibidos como advertencia para los demás prisioneros. Además, otros 200 miembros del Sonderkommando fueron ejecutados por su presunta participación en la fuga. Las autoridades del campo torturaron a las prisioneras de la fábrica de Krupp para descubrir el origen de los explosivos.
Las bajas alemanas fueron mínimas: sólo tres guardias SS murieron. Sin embargo, el levantamiento salvó la vida de varios judíos; el caos obligó a los guardias a vaciar la cámara de gas del Crematorio V, permitiendo que algunos sobrevivieran hasta el final de la guerra.