Introducción
Pierre Clostermann es recordado como un as de la aviación, pero sus memorias revelan el infierno de los combates aéreos en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial. A través de sus notas, descubrimos la desesperación de los escuadrones, la escasez de pilotos y la brutalidad de los enfrentamientos sobre el noroeste de Alemania.
Choque como una antorcha
Los jóvenes pilotos recién graduados del OTU apenas habían acumulado tres o cuatro horas de vuelo en los Tempest cuando fueron lanzados al combate. Asustados por la potencia de esas máquinas, se vieron abatidos por la artillería antiaérea y los Messerschmitt 109. Entre ellos estaba el sargento Brown, que al llegar a Volkel fue enviado de inmediato a una misión. En menos de una hora derribó a varios Focke‑Wulfs, pero esa misma tarde fue derribado “como una antorcha” sobre la ribera del Rin.
Los enemigos de Clostermann terminaban estrellándose o ahogándose en el Canal de la Mancha, mientras él y sus compañeros volaban bajo una presión constante.
Espectáculo dantesco
El 24 de marzo de 1945, a las 03:00 h, una primera ola de bombarderos sobre Wesel dejó una densa nube de polvo y humo. Tras el bombardeo, Tempests y Spitfires se entrelazaron en un caos de luces verdes y rojas, intentando cubrir a 669 aviones y 429 planeadores de la 6ª División de Paracaidistas Británica. Miles de paracaídas blancos descendían entre el fuego de la artillería pesada, media y ligera, mientras los Dakotas y planeadores chocaban contra líneas de alta tensión.
El texto es un fragmento del libro de Clostermann, El gran circo (Bellona, 2022).
Aviones en llamas
En Ringenberg, los Tempest atacaron un tren blindado y varios tanques en Bocholt, derribando baldosas y provocando incendios en los edificios. En una misión sobre Osnabrück, el teniente coronel Brooker vio cómo la radiador de su avión emitía una fina columna de humo; segundos después una llama se extendió por la cabina y el Tempest cayó al suelo.
Pilotos del 486 Squadron RNZAF con Tempest en Dinamarca observaron cómo dos Focke‑Wulfs se cruzaban en el cielo, pero la tragedia ya estaba consumada: los dos Tempest se estrellaron, dejando solo a Brooker como figura central del escuadrón.
Misión: parálisis de la comunicación
Tras el desayuno, una patrulla mixta de los escuadrones 56 y 274 sobrevoló el viaducto de Bielefeld, destruido tres días antes por bombas de diez toneladas. El objetivo era interrumpir la comunicación vial en el triángulo Bielefeld‑Altenbecken‑Arnsberg. Los aviones dispararon contra camiones y locomotoras, dejando tras de sí esqueletos en llamas. En el retorno, un Messerschmitt derribó al piloto Redge.
Libertad de los freelancers
Los alemanes intentaban evacuar sus jets al interior bajo la tenue luz del crepúsculo. El alto mando ordenó a Clostermann que liderara una patrulla nocturna. Aceptó sin dudar, aunque tras 40 vuelos de combate en 20 días su entusiasmo estaba menguado. Con un pequeño equipo – Tiny (australiano), Torpy, Peter West – partió a las 19:10 h hacia Rheine, rodeado de niebla espesa que cubría el canal Dortmund‑Ems.
El bombardeo dejó a Rheine en ruinas: hangares derrumbados, torre de control desaparecida y una atmósfera de desolación. En la penumbra, dos haces morados de escape de un Junkers 88 Night Fighter cruzaron el cielo; Clostermann lanzó misiles y logró impactar, provocando una explosión que iluminó la figura del Tempest.
Paisaje post‑desastre
El cielo se iluminó brevemente cuando el pequeño Tiny, volando detrás de Clostermann, colisionó con el Junkers gravemente dañado. Los restos incandescentes cayeron sobre el bosque de Mettingen, apagándose lentamente bajo la noche.
El relato anterior es un extracto del libro El gran circo de Pierre Clostermann (Bellona, 2022).