¿Por qué la gente va a la guerra? En los próximos episodios, NEMO Kennislink abordará esta cuestión desde distintas disciplinas científicas. En el primer programa conversamos con el arqueólogo David Fontijn.
En el sistema solar, la Tierra se sitúa entre Venus, la diosa del amor, y Marte, el dios de la guerra. Así parece la humanidad: dividida entre la paz y el conflicto, entre la cooperación y la violencia. Lo que hoy es pacífico puede convertirse mañana en una situación belicosa. ¿Cómo ocurre esto? ¿Por qué recurrimos a la guerra?
Varios filósofos, empezando por Thomas Hobbes (1588‑1679), se preguntaron por qué existen los conflictos y cómo controlarlos. En su obra magna Leviatán, Hobbes concluye que los seres humanos son naturalmente propensos a la guerra. En su imaginario "estado de naturaleza" no había leyes, solo la ley del más fuerte: una "guerra de todos contra todos". Según Hobbes, esta visión pesimista implica que la gente debe ceder su derecho a la autodefensa a un monarca fuerte y justo, que impida el regreso al caos.
Para entender la filosofía de Hobbes es esencial situarla en su época. Hobbes vivió la sangrienta Guerra Civil Inglesa y no era arqueólogo; usó el concepto de estado de naturaleza como argumento político para defender la autoridad monárquica.
Seres sociales
Sin embargo, la cuestión de si el ser humano es fundamentalmente violento o pacífico sigue siendo crucial para la filosofía política, pues determina cómo organizar el Estado: ¿debe ser poderoso y represivo, o más bien discreto, permitiendo que lo mejor de las personas emerja naturalmente? Esta última visión la defendieron filósofos liberales posteriores como John Locke y Jean‑Jacques Rousseau.
¿Qué sabemos realmente? ¿Podemos hablar de un "estado de naturaleza" del hombre? Para responder, debemos abandonar la filosofía y examinar la evidencia arqueológica. El arqueólogo David Fontijn, especialista en la prehistoria europea, investiga estas preguntas junto al psicólogo conductual Carsten de Dreu, ambos de la Universidad de Leiden.
«Incluso en los registros más antiguos se observan indicios de violencia entre grupos», afirma Fontijn. «Pero eso no prueba que los humanos sean innatamente violentos. Lo esencial es que el ser humano es social. El comportamiento social puede manifestarse en intercambios amistosos, regalos y cooperación, o bien en enfrentamientos entre grupos. Ambas expresiones aparecen tanto entre cazadores‑recolectores como entre los primeros agricultores».
Cultura en crisis
Algunos sostienen que los conflictos surgieron con la revolución agrícola, cuando la propiedad de la tierra introdujo la noción de propiedad privada. Fontijn discrepa: la forma de vida (sedentarismo versus movilidad) no es la causa principal. «Los problemas aparecieron cuando la población creció y los recursos naturales escasearon, en parte por cambios climáticos».
Para ilustrar su argumento, Fontijn analiza la cultura cerámica de la Cinta (Tape Ceramic), una cultura de la Edad de Piedra que se extendió por gran parte de Europa, incluidos los Países Bajos. Su nombre proviene de la cerámica decorada que producían. Fueron los primeros agricultores de muchas regiones europeas.
«Esta cultura fue un éxito: mantuvieron un amplio sistema de cooperación durante siglos y, en general, coexistían pacíficamente. Pero la rigidez de sus técnicas agrícolas los hizo depender de suelos muy fértiles. Cuando esos suelos se agotaron, no tenían alternativas. El sistema entró en crisis, la población siguió aumentando y, de pronto, aparecen conflictos violentos. Los arqueólogos han hallado numerosos restos de violencia en un periodo relativamente corto».
Según Fontijn, el cambio se explica porque el papel de la violencia dentro del sistema social se transformó. «La violencia pasó a ser un medio para garantizar la supervivencia del propio grupo. En un sitio, solo se encontraron hombres y niños muertos; las mujeres habían desaparecido, probablemente secuestradas por otro grupo ante la escasez de parejas dentro de su propia comunidad».
Espadas rituales
No hay evidencia arqueológica que demuestre que los humanos sean intrínsecamente violentos o pacíficos; son seres sociales. La violencia ocupa un lugar o función dentro de cada sistema social, y esa función puede variar bajo presión.
El cambio de función se percibe con claridad al pasar a la Edad del Bronce (≈ 2300‑800 a.C.). «En la Edad del Bronce la violencia parece estar impregnada de ideología», explica Fontijn. «En la Edad de Piedra los objetos cotidianos podían usarse como armas; en la Edad del Bronce la guerra se convirtió en parte de una ideología.
Surge la idea de que solo el guerrero es verdaderamente hombre. Las armas y la violencia se glorifican ritualmente. Se hallan espadas enormes y decoradas que no se usaban en combate, sino en ceremonias. La violencia pasa a ser un elemento central de la sociedad, como ocurre hoy en desfiles militares que buscan exhibir poder más que tener sentido práctico».
El crecimiento demográfico, iniciado en la Edad de Piedra, se acelera en la Edad del Bronce. Cada vez más personas compiten por los mismos recursos: tierras fértiles, ganado, parejas, metales. «Si recorremos Europa en la Edad de Piedra vemos bosques y pequeños claros habitados; en la Edad del Bronce vemos asentamientos por todo el continente, de Polonia a Irlanda, con bosques talados y campos creados. La competencia por recursos hace que la violencia se perciba como justificada y, en algunos casos, como algo bueno y glorioso, una visión que nació en la Edad del Bronce y perdura hasta hoy».
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Diferente apariencia
Desde la psicología conductual, la dinámica social de la violencia prehistórica también resulta fascinante. «Nadie es guerrero a tiempo completo, ni ahora ni en la prehistoria. Para convertirse en alguien capaz de matar, uno debe adoptar temporalmente otra identidad. Ese proceso se observa hoy en los ejércitos profesionales, con entrenamientos y rituales específicos. La idea surgió en la Edad del Bronce».
«Ser guerrero implicaba más que portar armas. Los hombres cambiaban su apariencia: se hallaron navajas especiales en tumbas de guerreros, presumiblemente para mantener una barba lisa. También adoptaban peinados y joyas temporales, todo para enfatizar ‘ahora soy guerrero’. Cuando terminaba la guerra, podían despojarse de esa identidad, porque nadie desea ser asesino de por vida».