Paradoja iluminista: igualdad y clasificación racial
¿Cómo pueden coexistir la lucha por la igualdad y la creación de categorías raciales? En el siglo XVIII, los filósofos de la Ilustración defendían la igualdad entre los seres humanos, pero al mismo tiempo fueron los primeros en dividir a la humanidad en “razas”. Investigaciones recientes muestran que sus intenciones originales sobre la raza difieren radicalmente de lo que, en el siglo XIX, se convirtió en racismo.
Una jerarquía determinada
Hasta la Ilustración, la idea dominante era que la desigualdad estaba ordenada por Dios: el rey, el clero y la nobleza ocupaban la cima, mientras que la mayoría de la población estaba en la base. La discriminación legal y social se aceptaba como parte de la naturaleza pecaminosa del hombre.
Los pensadores ilustrados comenzaron a cuestionar ese orden. Se reunían en cafés y salones, debatían y redactaban tratados que defendían la igualdad ante la ley, al menos para los hombres. Con la expansión de la burguesía educada, esas ideas se difundieron y alimentaron el clima que desembocó en la Revolución Francesa de 1789, bajo el lema «libertad, igualdad y fraternidad».
La clasificación de los seres humanos
Paralelamente, los mismos filósofos empezaron a categorizar a las personas según características físicas. Según la historiadora cultural Devin Vartija (Universidad de Utrecht), ellos concebían al ser humano como parte de la naturaleza, no como creación divina. Las diferencias externas – color de piel, forma del cuerpo – se explicaban por los distintos climas y entornos donde vivían los grupos.
Por ejemplo, el naturalista Denis Buffon sostenía que la piel negra de los africanos era consecuencia del intenso calor africano, mientras que los europeos, expuestos a menos sol, tenían la piel más clara. Estas teorías también cuestionaban la cronología bíblica, pues implicaban que la naturaleza podía modificar la apariencia humana a lo largo del tiempo.
¿Civilizados o no?
Antes de la Ilustración ya existían prejuicios contra los pueblos fuera de Europa, pero se basaban en su supuesta falta de religión o de civilización, no en el color de su piel. De hecho, algunos autores describían a los chinos como muy civilizados, a veces incluso más que a los europeos.
Los filósofos ilustrados consideraban que los europeos habían “triunfado” gracias a condiciones ambientales favorables, pero que cualquier grupo podría alcanzar los mismos logros si disfrutaba de esas mismas condiciones. Por ello, la clasificación racial no se utilizaba como justificación de la desigualdad, sino como una herramienta para explicar la historia humana.
La raza como excusa de la esclavitud
Según Vartija, el racismo tal como lo conocemos –la idea de que los negros son inferiores a los blancos– surgió en el siglo XIX, como respuesta a la esclavitud en los Estados Unidos. La Constitución de 1787 proclamaba libertad e igualdad, pero los dueños de plantaciones del sur necesitaban justificar la esclavitud. Así, recurrieron a la apariencia física: los africanos oscuros fueron declarados inferiores para reconciliar la práctica esclavista con los principios constitucionales.
De este modo, América retomó la clasificación racial de la Ilustración, excluyendo a los africanos del ámbito de los derechos iguales. Los pensadores del siglo XVIII, sin embargo, no emplearon la raza como fundamento de la desigualdad; el concepto de raza evolucionó y se distorsionó con el tiempo.
Empatía a través de la lectura
Vartija analizó tres enciclopedias emblemáticas: la Cyclopaedia de Ephraim Chambers, la Encyclopédie de Denis Diderot y Jean le Rond d'Alembert, y la Encyclopédie d'Yverdon de Fortunato Bartolomeo De Felice. Estos volúmenes reflejaban el pensamiento dominante en Francia, Inglaterra y Suiza a lo largo del siglo XVIII.
La popularidad de obras como la de Buffon, presente en la mayoría de las bibliotecas privadas francesas, facilitó la difusión de ideas sobre igualdad y, al mismo tiempo, de descripciones de otras culturas que despertaron empatía entre los lectores. Sin embargo, la Iglesia y la mayoría de la población popular mostraron resistencia o indiferencia frente a esas nuevas concepciones.
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