El año pasado se publicó en Alemania una edición científica de Mein Kampf, lo que reavivó el debate sobre si debería volver a imprimirse. El historiador neerlandés Ewoud Kieft defiende una nueva edición, argumentando que sólo comprendiendo el nacionalsocialismo podemos entender por qué esa ideología cautivó a millones. Para Kieft, el propio Mein Kampf es la fuente más directa para ese análisis.
Un intento de lectura imparcial
Kieft se obligó a leer Mein Kampf con la mayor objetividad posible, con el fin de averiguar qué había resonado en la audiencia de la época. En su libro El libro prohibido: Mein Kampf y el atractivo del nazismo relata, de forma personal, cómo ciertos pasajes –por ejemplo, los que exaltan la combatividad– le resultaban extrañamente cercanos. Con frecuencia cita la traducción de 1939 de Steven Barends, que tituló el libro Mi Campamento en lugar de Mi Lucha.
Manual populista
Hoy en día casi nadie prohíbe la lectura masiva de Mein Kampf, y Kieft, quien debía escribir el prólogo de una adaptación holandesa, tardó meses en terminarlo. Según él, es demasiado fácil desestimar el libro y el nacionalsocialismo como ideas repugnantes reservadas a “seguidores atrasados”. El atractivo fue mucho mayor. Para explicarlo, Kieft sitúa el texto en el contexto de la Europa de entreguerras, y en especial en la Alemania que emergió de la derrota en la Primera Guerra Mundial.
Intercalando el ambiente histórico con los capítulos autobiográficos de Hitler, Kieft muestra cómo el autor absorbió el clima de la posguerra. Para Kieft, Mein Kampf es, ante todo, un producto de la cultura radicalizada de la Gran Guerra: Alemania se sentía traicionada y necesitaba “rectificar” la humillación del Tratado de Versalles. El libro, según Kieft, es “un manual para populistas”, donde Hitler expone sus ideas propagandísticas, desde la necesidad de radicalismo ideológico hasta la organización del partido.
Hitler sube al podio
El auge de Hitler no puede entenderse sin su juicio por alta traición en 1924. Kieft describe con detalle cómo el futuro dictador manipuló a la prensa internacional y a los jueces con su retórica. En el juicio, Hitler defendió un discurso cargado de antisemitismo, pero la prensa holandesa lo describió como “elocuente”, “persuasivo” e incluso “a veces humorístico”.
El juicio sirvió de plataforma: muchos alemanes que nunca habían oído hablar del NSDAP (Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores) leían sobre el proceso en los periódicos y la mayoría de los relatos eran neutros o positivos. Hitler culpó al Tratado de Versalles, acusando a los gobernantes de traicionar al pueblo al imponer reparaciones económicas inmensas.
Tras su condena a seis meses de prisión, Hitler escribió Mein Kampf para mantener unido a su grupo y difundir su ideología mientras el partido estaba prohibido.
Una sociedad trastornada
La posguerra trajo una crisis económica profunda y una hiperinflación que disparó los precios de los alimentos. Kieft describe a ciudadanos con carretillas llenas de dinero corriendo a los mercados en busca de comida. La ruptura social dejó a la clase media sin respuestas y a la élite adinerada sin su estatus.
En ese caldo de humillación, Hitler encontró un chivo expiatorio: los judíos. Aunque sólo el 1 % de la población alemana era judía, estaban sobrerrepresentados en finanzas, comercio mayorista y medios de comunicación, lo que los hacía visibles y fáciles de culpar. Kieft sostiene que el antisemitismo de Hitler era, ante todo, una herramienta política para canalizar la frustración popular: “Sólo consigues que la gente se una si le das un gran enemigo destructivo que pueda cargar con la culpa del fracaso”.
El trauma de la guerra
Kieft explica que Mein Kampf es, en gran medida, el resultado del trauma de la Gran Guerra, tanto para Hitler como para toda la Alemania. Después de la guerra, los partidos moderados perdieron la mitad de sus votantes, desplazándose hacia extremos políticos: los comunistas y los ultranacionalistas.
El antisemitismo ya estaba presente en Europa, pero se radicalizó después de la derrota. Hitler lo utilizó para presentar a los judíos como “dueños políticos y económicos” que habían traicionado a Alemania, justificando la necesidad de un Estado fuerte y militarizado.
El espectáculo nazi
Lo que distinguió a Hitler de otros políticos radicales no fueron sus ideas, sino la forma en que las presentó. Kieft señala que el líder nazi combinó discursos apasionados, espectáculos visuales y un chivo expiatorio identificable para captar a las masas. Inspirado por la música de Richard Wagner y por la lucha contra los socialistas, Hitler creó desfiles, banderas y ceremonias que emocionaban al público.
Todo en Mein Kampf estaba pensado para “el hombre común”. Ese vínculo emocional con la población es difícil de comprender hoy, según Kieft, porque está empañado por la asociación negativa con la Segunda Guerra Mundial.
Conclusión
Kieft concluye que la sociedad pacífica en la que vivimos es una excepción histórica y que la lectura científica de Mein Kampf es esencial para entender cómo el antisemitismo y el racismo pueden convertirse en fuerzas poderosas. Recomienda su libro El libro prohibido a quienes deseen profundizar en los orígenes del nacionalsocialismo sin quedar abrumados por el discurso abiertamente racista del texto original.