El estallido de la Revolución Rusa
El 8 de marzo de 1917, día Internacional de la Mujer, mujeres rusas salieron a las calles de San Petersburgo exigiendo pan y mejores condiciones de trabajo. Esa manifestación marcó el inicio de la Revolución de Febrero, que culminaría con la abdicación del zar y el establecimiento del gobierno comunista.
Antecedentes: Ilustración y Revolución Francesa
Para comprender por qué en 1917 Rusia se transformó, hay que retroceder al siglo XVIII, cuando la Ilustración cuestionó la jerarquía divina defendida por la Iglesia. La Revolución Francesa de 1789, con sus lemas de Libertad, Igualdad y Fraternidad, demostró que el poder podía pasar de la monarquía al pueblo.
El surgimiento del proletariado
La industrialización del siglo XIX creó una nueva clase social: los obreros de fábrica. Miles de campesinos abandonaron el campo y se trasladaron a las ciudades, donde trabajaban jornadas de hasta doce horas, en condiciones insalubres, con escasez de alimentos, accidentes laborales y empleo infantil. La ausencia de igualdad motivó la aparición de ideas socialistas.
El filósofo y economista Karl Marx (1818‑1883) interpretó estos procesos como regidos por una “ley histórica” inevitable: la clase trabajadora oprimida tomaría el poder mediante la revolución, instauraría una dictadura del proletariado y, finalmente, alcanzaría una sociedad sin clases ni propiedad privada.
Rusia se rezaga
Cuando Marx publicó el Manifiesto Comunista en 1848, Rusia contaba con escasa industria; la mayor parte de la población era campesina sierva. El zar Alejandro II abolió la servidumbre en 1861, pero no entregó tierras a los campesinos, que siguieron trabajando bajo condiciones de servidumbre de facto. Los intentos de difusión socialista fueron reprimidos, y los campesinos mostraron poco interés.
Solo a finales del siglo XIX la industrialización comenzó lentamente en ciudades como San Petersburgo y Moscú. Los campesinos empobrecidos llegaron a estas urbes, formando el proletariado urbano que Marx consideraba esencial para una revolución.
El zar Nicolás II y el auge de Lenin
Tras la muerte inesperada del zar Alejandro III en 1894, el joven Nicolás II accedió al trono. La hambruna y la crisis social alimentaron el descontento. En 1895 el futuro Lenin, entonces Vladimir Uliánov, fue arrestado por actividades revolucionarias y enviado a Siberia, donde estudió intensamente el marxismo.
Lenin concluyó que la expropiación de la propiedad de terratenientes e industriales era necesaria para lograr la igualdad, y que la revolución tendría que ser violenta.
En 1905, bajo presión, Nicolás II concedió la Duma, un parlamento que, sin embargo, estaba dominado por la aristocracia y carecía de poder real.
La Primera Guerra Mundial como catalizador
La participación de Rusia en la Gran Guerra exacerbó la escasez de alimentos y la fatiga del ejército. En febrero‑marzo de 1917, las protestas de las mujeres de San Petersburgo se extendieron a huelgas masivas y a la deserción de los soldados. El 15 de marzo Nicolás II abdicó, evitando un derramamiento de sangre mayor.
Un Gobierno Provisional asumió el poder, pero mantuvo la guerra, lo que provocó nuevas manifestaciones. Lenin y los bolcheviques prometieron “paz, tierra y pan”, ganando apoyo popular; sus filas crecieron de 20 000 a 250 000 militantes en seis meses.
El golpe de octubre y la consolidación del poder
En octubre de 1917, los bolcheviques tomaron el control del gobierno en el llamado “Golpe de Octubre”. En las elecciones de noviembre, el partido obtuvo solo una cuarta parte de los escaños, pero Lenin decidió no respetar el resultado y consolidó la dictadura del proletariado.
La subsiguiente guerra civil terminó con la ejecución de la familia del zar. El proyecto utópico de Marx nunca se materializó; el régimen se volvió autoritario bajo Lenin y, después de su muerte, bajo José Stalin.
El comunismo ruso perduró hasta la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría, colapsando finalmente en 1991.