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Los atractivos reales de la política francesa

Desde la perspectiva holandesa, la cultura política francesa parece una isla exótica y distante, plagada de rituales arcaicos. La monarquía absolutista desapareció en 1789, pero la política de Francia ha conservado, en gran medida, una cultura de corte.

Peter Burke, en su magistral obra La propaganda de Luis XIV, describe la política del "Rey Sol" como altamente ritualizada, llena de símbolos heráldicos, intrigas, ataques personales, excesos sexuales y escándalos financieros. La novela de Pierre Choderlos de Laclos, Les Liaisons dangereuses (1782), gira en torno a la seducción sin escrúpulos, el amor despreciado y la pérdida de reputación. El protagonista, el vizconde de Valmont, con su comportamiento poético, viril y villano, difícilmente pasaría desapercibido hoy en el Parlamento, la Asamblea Nacional, en París.

El líder fuerte como figura central

El populismo de derechas encabezado por Marine Le Pen es solo la última muestra de que la política francesa ha sido tradicionalmente muy personalista. Francia estuvo gobernada por reyes durante más de mil años. Aunque la Revolución de 1789 acabó con la monarquía absoluta y costó la cabeza a Luis XVI (1754‑1793), la monarquía resurgió gloriosamente tras el período napoleónico. Existe, sin duda, una predilección por los "líderes fuertes": Napoleón Bonaparte (1769‑1821) y su sobrino Napoleón III (emperador de 1852 a 1870) son ejemplos clásicos.

Durante los siglos XIX y XX, las repúblicas también tuvieron presidentes poderosos, como Charles de Gaulle (1890‑1970) y François Mitterrand. Cultivaron un estilo viril, formal, jerárquico y autoritario que fue aceptado o aplaudido por la mayoría. Sólo en los últimos años jóvenes y periodistas han empezado a cuestionarlo, y esa crítica no se limita al ala derecha.

De Gaulle, el "rey‑sacerdote"

Los rastros del absolutismo están profundamente arraigados en la cultura política francesa. Las imágenes de las conferencias de prensa de Charles de Gaulle en el Palacio del Elíseo, desde 1958, son icónicas. El presidente se sentaba en un trono dentro de la majestuosa Salle des fêtes, con su techo dorado, alfombras rojas, candelabros y lámparas de cristal. Sus ministros se colocaban a sus pies, como si fueran súbditos de un rey; los periodistas, tanto nacionales como extranjeros, los observaban con respeto. Estas reuniones, meticulosamente coreografiadas, fueron denominadas "grand‑messes républicaines" y, en efecto, lo fueron.

El "rey‑sacerdote" desplegaba desde su púlpito los grandes lineamientos de su política, sus visiones y ambiciones, mientras unos pocos periodistas seleccionados podían formular preguntas. El entorno mostraba quién era el presidente y quién detentaba el poder estatal.

Otro ejemplo del legado real son los " ors de la République ", el oro de la República, que alude a la presencia material del pasado monárquico en la política actual: edificios y muebles de la época de los reyes siguen en uso. El Senado, por ejemplo, trabaja en el antiguo Palacio de Luxemburgo, un entorno de gran esplendor.

El mismo aura real se percibe en el Elíseo, residencia oficial del presidente, que parece más un mini‑palacio que una casa de Estado. Madame de Pompadour, amante favorita de Luis XV, vivió allí. Y el Palacio de Versalles, ampliado por Luis XIV, acoge las sesiones conjuntas del Parlamento francés en ocasiones especiales, como reformas constitucionales o declaraciones urgentes del presidente. Estos escenarios influyen decisivamente en el color y la atmósfera del poder estatal.

Los partidos como vehículos de ambiciones personales

La popularidad del término "feudo" indica que el vínculo personal entre votantes y representantes sigue siendo crucial. En su sentido original, feudo era una porción de tierra medieval; hoy se usa para referirse a una circunscripción o a un grupo de confidentes. A diferencia de los Países Bajos, en Francia la figura del político es central; los principios y programas son importantes, pero la disciplina partidaria siempre ha sido menos rígida. Los partidos son, en gran medida, vehículos de ambiciones personales.

Por eso cambian de nombre con frecuencia. El actual partido de centro‑derecha, Les Républicains, adoptó ese nombre en 2015 por iniciativa de Nicolas Sarkozy, inspirándose en la denominación estadounidense para apropiarse simbólicamente del concepto de republicanismo. Los partidos de izquierda intentaron prohibirlo, argumentando que también son republicanos, sin éxito.

Antes de Sarkozy, el partido se llamaba UMP (Union pour la Majorité Présidentielle), creado en 2002 tras la primera ronda de las elecciones presidenciales que enfrentó a Jacques Chirac con Jean‑Marie Le Pen, y antes de eso, Union pour un Mouvement Populaire. La UMP surgió a su vez del RPR (Rassemblement pour la République) y de otras formaciones menores, fundado en 1976 por Chirac para impulsar sus ambiciones presidenciales. En la izquierda ocurre algo similar: desde 1971, François Mitterrand transformó el Parti Socialiste, sin cambiar de nombre, en una máquina electoral que le llevó a la presidencia.

Machismo y escándalos sexuales

Más allá de su herencia monárquica, la política francesa es también marcadamente machista, incluso sexista. El libro Sexus Politicus (2006), de los periodistas Christophe Deloire y Christophe Dubois, recopila escándalos y deslices desde 1958 y se convirtió en bestseller. La tradición de las liaisons dangereuses se remonta al Antiguo Régimen. El duque de Saint‑Simon, influyente funcionario de la corte del Rey Sol, confesó en sus memorias haber tenido encuentros "detrás de la tapicería" con damas de la compañía. También se describen detalladamente los 54 asuntos amorosos del rey Enrique IV.

La sexualidad y la política se regían por el "principe du bon plaisir du roi": el monarca tenía derecho a sus placeres. Las mujeres desempeñaban roles de "compagne", cortesana o amante, aunque la situación ha ido cambiando. Las primeras secretarias de Estado femeninas aparecen en los gobiernos del Frente Popular antes de la Segunda Guerra Mundial. Después de la guerra, mujeres como Édith Cresson (primera ministra en 1991‑1992) llegaron a los más altos cargos, aunque siguen teniendo que luchar por su lugar. El éxito de Marine Le Pen al frente del Frente Nacional indica, a su modo, una cierta emancipación.

Escándalos recientes y el fin de la impunidad

Tradicionalmente, lo privado y lo público estaban claramente separados en la política francesa, pero esa barrera se ha erosionado. Los políticos ya utilizan su vida personal como recurso electoral (p. ej., Nicolas Sarkozy y Carla Bruni) y la sociedad ha endurecido los códigos éticos. Ya no se tolera que los dirigentes "hagan lo que quieran". Dominique Strauss‑Kahn, líder del Parti Socialiste, se vio envuelto en un escándalo sexual que habría sido impensable hace décadas. En la campaña electoral más reciente, François Fillon sufrió una fuerte caída por la revelación de supuestos empleos ficticios para familiares.

La corrupción, antes vista como parte del juego político, ahora genera consecuencias legales y mediáticas. A pesar de estos cambios, el autor de Les Liaisons dangereuses aún encontraría paralelismos en la política francesa actual.