El esperma, la orina, la sangre… En el siglo XVIII los científicos empezaron a reconsiderar el papel de estos "fluidos corporales". El historiador Rubén Verwaal, en su tesis doctoral, explica por qué.
El siglo XVIII holandés ha sido etiquetado como una época de decadencia, en contraste con el siglo XVII, lleno de artistas y científicos brillantes. Sin embargo, esa visión pasa por alto una revolución silenciosa en la medicina: entre la invención del microscopio y el auge de la anatomía del siglo XVII y el nacimiento de la medicina moderna en el XIX, se gestó un cambio crucial.
Rubén Verwaal (Universidad de Groningen) investigó el desarrollo médico de ese siglo, centrándose en la manipulación de los "jugos" humanos. "Es un error pensar que no ocurrió nada. Sí, el número de estudiantes disminuyó, pero eso dio a los profesores espacio para experimentar, y lo aprovecharon al máximo. Este siglo marcó un punto de inflexión cuyas ideas fundan la medicina actual".
Desbalance y nuevas teorías
Hasta el siglo XVII, la enfermedad se atribuía al desequilibrio de los cuatro humores (sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla) propuestos por Hipócrates. La cura consistía en restablecer la armonía, recurriendo sobre todo a la sangría con sanguijuelas. En el siglo XVII los médicos empezaron a experimentar: surgieron instrumentos como el microscopio, se descubrieron los nervios y los espermatozoides, y la anatomía cobró mayor relevancia.
El resurgir de los fluidos corporales
Desde 1700 se produce un giro: los científicos vuelven a enfocarse en los fluidos corporales, esenciales para la reproducción, la digestión, la circulación, la transpiración y la micción. ¿Cómo funcionaban exactamente?
El impulso de la química
Para estudiar esos líquidos se precisaron nuevos métodos. La química se convirtió en una herramienta clave. Se inventaron instrumentos como el termómetro y el hidrómetro, y se fundaron laboratorios para destilar, fermentar y mezclar sustancias. Todo ello permitió comprender mejor el organismo vivo.
Un ejemplo ilustrativo es la observación de la orina. Durante siglos el médico examinaba, olía y escuchaba la orina del paciente para diagnosticar. En el siglo XVIII empezó a destilarla en el laboratorio. Se descubrió que la orina de enfermos y de sanos contenía los mismos componentes, pero en distintas proporciones; el exceso de sales, por ejemplo, favorecía la formación de cálculos vesicales.
Los seguidores de Boerhaave
Los alumnos del profesor de Leiden, Herman Boerhaave (1668‑1738), fueron cruciales para difundir la química en la medicina. Verwaal señala que este grupo, al convertirse en profesores, internacionalizó sus ideas, integró la química en la universidad y sentó las bases del sistema médico que evolucionaría hacia la medicina moderna del siglo XIX.
Los archivos de experimentos universitarios con fluidos corporales del siglo XVIII se conservan, salvo los referentes al esperma, tema tabú en la época. Verwaal reprodujo antiguas notas de lecciones sobre la separación de glóbulos rojos y blancos, calentando su propia sangre para demostrar que efectivamente estaba compuesta por ambos tipos de células.
Sin vergüenza
Como extensión de su investigación, Verwaal creó una exposición que muestra lo contemporáneos que fueron los científicos del siglo XVIII. Ya proponían hábitos saludables: equilibrar los fluidos corporales, amamantar y evitar la masturbación (que, según creían, provocaba gonorrea).
Hoy, el tema de los fluidos corporales sigue siendo incómodo: evitamos hablar de ir al baño o de las manchas de sudor. Verwaal relaciona esa vergüenza con la modernización del saneamiento en el siglo XIX, que ocultó la circulación natural de esos líquidos.
En el siglo XVIII, los fluidos fluían con mayor libertad. La orina, considerada sucia, se usaba como limpiador, humectante, ingrediente medicinal o incluso para lavar los ojos. Las mujeres amamantaban a los bebés de otras, los hombres derramaban lágrimas sin pudor. Todo estaba mucho más presente en la vida cotidiana y pública. Como mi abuela, que creía que la orina matutina curaba todo tipo de dolencias, quizás había más verdad de la que pensábamos.