El equipo nacional de Islandia sorprendió al mundo en la Eurocopa 2016 y en la Copa del Mundo 2018. En un libro excelente, el científico Matt McGinn explica cómo la pequeña nación isleña logró una ascensión inesperada.
Durante años, la selección islandesa era una curiosidad, al nivel de Andorra, Luxemburgo o Malta: países con poca población y escasos talentos futbolísticos. Todo cambió cuando, en octubre de 2015, Islandia venció 2-0 a los Países Bajos, que habían sido terceros en la Copa del Mundo anterior. El equipo se clasificó para la Eurocopa 2016 y la Copa del Mundo 2018, llegando incluso a los cuartos de final del torneo europeo.
Lava y arcilla
¿Cómo sucedió? En Against the Elements: The Eruption of Icelandic Football, McGinn, doctorando en la Universidad de Nottingham, combina historia futbolística, estudios científicos y avances tecnológicos para explicar la transformación islandesa.
Antes de la revolución, los partidos se jugaban sobre suelos de lava solidificada y arcilla, bajo vientos helados que congelaban mejillas y oídos. Esa dureza forjó resistencia, pero limitaba la creatividad técnica y táctica.
Emprendedores
La solución fue construir infraestructuras modernas. Se erigieron enormes “hangars” futbolísticos, similares a hangares de aviones, que permiten entrenar sin importar la nieve o el viento. Además, se crearon campos de tamaño reducido, calefaccionados con energía geotérmica, aprovechando el calor del subsuelo para mantener el césped verde. En total existen 333 campos, lo que equivale a un campo por cada 67 jugadores registrados.
Estos espacios facilitan la práctica intensiva. McGinn cita el estudio de 1993 del profesor sueco Anders Ericsson, que afirma que se requieren unas diez mil horas para alcanzar la excelencia. Los hangares y los campos calefaccionados hacen posible acumular esas horas. Asimismo, Islandia profesionalizó a los entrenadores, impulsándolos a obtener diplomas y mejorar la calidad de la enseñanza.
La mentalidad también es clave. McGinn destaca la palabra islandesa dug‑dúg‑ur, que significa “sólido y eficiente”. En lugar de elogios superficiales, los entrenadores usan este término para reconocer el esfuerzo y la valentía del jugador, fomentando una cultura de trabajo duro.
Esta mentalidad nace de la dureza del entorno: la necesidad de no rendirse, de no quejarse y de colaborar para sobrevivir en un paisaje inhóspito. Estudios del exfutbolista y psicólogo Haukur Ingi Gudnason demuestran que los jugadores islandeses de élite poseen una fortaleza mental y valores colectivos excepcionales.
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Locura
McGinn también cita al sociólogo Vidar Halldorsson, quien denomina a esta mentalidad “locura islandesa”. Es una identidad colectiva que sostiene que, con el máximo esfuerzo, cualquier meta es alcanzable. Esta creencia, según él, es un síntoma de la famosa “locura” del país.
Sin embargo, el autor plantea una paradoja: ¿no contradice la abundancia de campos y hangares la mentalidad de perseverancia que se celebra? Si ya no es necesario jugar con los dedos congelados, ¿cómo se mantiene la fortaleza mental? McGinn reconoce que aún quedan preguntas por responder y que se necesita más investigación.
Fútbol en una barca de pesca
Al final, el lector puede sentirse un poco confundido, pero esa incertidumbre también es parte del encanto. Antes de leer el libro, sabía poco sobre el fútbol islandés y nunca imaginé que sería un tema fascinante. McGinn me convenció de que la cultura futbolística islandesa es multifacética y cautivadora. Incluso describe partidos vistos desde una barca de pesca, donde los pescadores, tras una jornada dura, siguen animando al equipo nacional. Sin duda, es uno de los mejores libros de fútbol que he leído.