historia historica

¡Prohibido leer!

La oposición clerical a la lectura

Hasta bien entrado el siglo XIX, gran parte del clero católico y protestante desaprobaba que la gente común leyeran. Se argumentaba que la lectura fomentaba la pereza, era una pérdida de tiempo y podía engañar a los menos instruidos. Los novelas eran consideradas especialmente nocivas: embotaban la conciencia, debilitaban la voluntad y provocaban deseos de riqueza y libertinaje.

Libertad de prensa en los Países Bajos

La Constitución de 1848 estableció que «nadie necesita permiso previo para expresar ideas mediante la imprenta», un principio que sigue vigente. Sin embargo, la libertad de prensa no implicaba ausencia de censura: el Estado podía prohibir una obra ya publicada y perseguir a autores, impresores o editores.

Esta censura represiva a menudo se utilizaba de forma preventiva. Reyes como Guillermo I y Guillermo II sobornaban a periodistas para silenciarlos. Un ejemplo es el escandaloso periódico De Ooijevaar, que evitaba el impuesto al papel al imprimirse en formato pequeño (10 × 16 cm), conocido como «liliputiano». El impuesto al sello de periódico, vigente hasta 1869, servía para limitar la difusión de artículos críticos.

El caso de la "chica de la olla de Colonia"

En 1885 el escritor Conrad Busken Huet, bajo el seudónimo Fantasio, criticó a la reina Emma en el Algemeen Dagblad van Nederlandsch Indië. El editor del periódico fue procesado por lesa‑majestad y, aunque el autor vivía en París y escapó a la persecución, su reputación quedó arruinada.

El famoso panfleto del "Rey Gorila"

En 1887 circuló un panfleto satírico titulado «La biografía del Rey Gorila», que describía los deslices sexuales y la borrachera del rey Guillermo III. El líder socialista Ferdinand Domela Nieuwenhuis había sido condenado recientemente por lesa‑majestad, y el panfleto, aunque escandaloso, no fue confiscado porque el gobierno temía reconocer públicamente su semejanza con el monarca.

Pornografía y su regulación

La impresión de material pornográfico no estaba prohibida, pero su distribución sí. En 1895 la policía de Ámsterdam incautó «cien mil libros y fotografías sucias». Muchas obras se presentaban bajo títulos científicos o sociológicos para eludir la censura, y la élite a menudo leía estos textos en francés mientras prohibía su acceso a la población.

El cambio de actitud hacia la lectura popular

Hacia el último cuarto del siglo XIX, la creciente alfabetización hizo que clérigos y políticos reconsideraran su postura. La lectura podía convertirse en una herramienta para difundir doctrinas confesionales o ideas políticas, siempre que el contenido fuera considerado “correcto”.

Índice de libros prohibidos y censura interna

El Índice de libros prohibidos afectaba solo a los católicos, pero la Iglesia también emitía listas de géneros prohibidos. Obras de autores como Multatuli o el periódico socialista Het Volk estaban vetadas por considerarse contrarias a la fe.

Los protestantes, sin un índice oficial, practicaban una “censura interna” mediante revistas familiares, bibliotecas populares y listas de lecturas recomendadas, excluyendo autores naturalistas como Zola.

Bibliotecas comerciales y la cultura lectora

A principios del siglo XX, las bibliotecas comerciales florecieron y ofrecían a todos, sin distinción de credo o sexo, una amplia gama de libros, incluidos los polémicos. La élite, por su parte, accedía a obras literarias en clubes de lectura y museos de lectura, sin preocuparse por la supuesta adicción a la lectura.


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