Excremento bajo el microscopio
¿Hay algo más desagradable que caminar por la calle y, de repente, resbalar sobre un montón de excremento de perro? Hoy en día los dueños recogen los desechos por higiene, pero en la Edad Media la gente también hacía sus necesidades en la vía pública, justo delante de todos. En aquel entonces era normal; hoy lo consideraríamos asqueroso.
Con la lluvia, la materia fecal terminaba en los canales. A medida que la población urbana creció en el siglo XV, el hedor se volvió insoportable y, además, el agua de los canales se utilizaba para elaborar cerveza, arruinando su sabor. Por eso el consejo municipal de Delft, entre otras ciudades, obligó a cada vivienda a construir una fosa séptica.
Una fosa séptica era un pozo o sótano situado detrás de la casa. No solo precedía al inodoro moderno, también servía para desechar residuos domésticos. En la parte superior tenía una cubierta que le daba aspecto de colmena; una rampa o tubo permitía que los desechos cayeran dentro.
Arqueólogos investigan una fosa séptica excavada en la Doelenstraat, Alkmaar.
Un tesoro para los arqueólogos
Las fosas sépticas son auténticos cofres del tesoro. En ellas aparecen jarras, platos, zapatos, cucharas y candelabros, pero lo más valioso es la información que aportan sobre sus antiguos ocupantes. A partir de los restos se puede inferir la riqueza, el estatus social, la profesión, la salud e incluso los hábitos alimenticios de la gente que vivió allí.
Los arqueobotánicos, especialistas que combinan botánica y arqueología, extraen una muestra de la “caca” del sitio y la examinan bajo el microscopio. Aunque el término suene chocante, el material orgánico ha desaparecido; lo que queda son semillas, huesos y pequeños restos vegetales. El proceso es sucio y resbaladizo, pero a veces el olor puede resultar agradable, como el de la tierra húmeda.
Resultados del análisis
En el laboratorio la muestra se tamiza y se lava para eliminar la tierra. Luego se coloca en una pequeña cubeta con agua y se observa bajo el microscopio hasta que ya no aparecen más semillas.
Entre los frutos más frecuentes aparecen manzanas, peras, uvas, fresas silvestres, frambuesas, grosellas, ciruelas y cerezas. También se hallan avellanas y nueces. Frutas casi desaparecidas de nuestra dieta, como moras negras y nísperos, aparecen igualmente. ¿Se consumían solo como alimento o tenían otros usos?
Según el “Cruijdeboeck” de Rembert Dodoens (1554), cada fruta estaba asociada a una aplicación medicinal, aunque en la práctica la mayoría probablemente se comía simplemente por placer.
Además de semillas de frutas, se encuentran semillas de hierbas y malezas. Algunas, como el bolderik, son altamente tóxicas. Estas plantas crecían como malezas de campo, se arrastraban con la cosecha, terminaban en el pan y, por ende, en la fosa séptica. Los pobres debían sufrir dolor estomacal por su consumo inadvertido.
Indicadores de riqueza o pobreza
La presencia de ciertas semillas puede señalar el nivel económico de los habitantes. Los ricos consumían alimentos escasos, importados o costosos, como granadas, calabazas o especias (pimienta, canela). Sin embargo, en épocas festivas incluso los pobres podían permitirse lujos temporales, por ejemplo después de la Cuaresma, cuando se celebraba el fin del ayuno con platos más elaborados, incluidos granos de granada.
En la Edad Media existía también un mercado de alimentos de segunda calidad. Especias contaminadas por el mar o marchitas se vendían a precios muy bajos, lo que permitía a las clases más desfavorecidas acceder a ellas. Hoy los arqueobotánicos no pueden determinar si esas especias estaban en mal estado.
Enfermedades detectables
Henk van Haaster, nacido en 1959, se interesó por la excavación desde niño. Tras estudiar biología y combinarla con la arqueología, fundó la empresa Biax, dedicada a la consultoría arqueobotánica.
Los registros históricos hablan de graves enfermedades medievales: hematuria, tuberculosis (llamada “tering”) y la peste. Algunas de esas patologías pueden detectarse en los restos fecales. Por ejemplo, se hallan huevos de oxiuros y tenias, evidencia de infecciones parasitarias transmitidas por carne contaminada.
Excavar fosas sépticas conlleva riesgos: ciertas bacterias pueden permanecer viables durante siglos, como el ántrax. Por eso los arqueólogos evitan fosas menores de doscientos años y siempre usan guantes y equipo de protección.
Conclusión
“Es sorprendente que haya tan poca investigación sobre los patrones alimenticios del pasado”, afirma van Haaster. “Desde la prehistoria, la alimentación ha sido una de las actividades más importantes del ser humano. Tal vez en el futuro se estudie más nuestra propia caca para entender la historia cultural.”