Muchos presidentes de EE. UU. en su segundo mandato caen en el llamado síndrome del pato lisiado, en el que el líder llega a la meta con la autoridad mermada y paralizada. Sin embargo, esa “ley” no se cumple en el caso del presidente Obama: su último año está repleto de logros. ¿Cómo es posible?
Un impulso imparable
En el último mes Obama ha acumulado una serie de iniciativas que demuestran una energía inusitada. En agosto devolvió a la montaña más alta de EE. UU. su nombre original indígena, se convirtió en el primer presidente en ejercicio en visitar el Ártico de Alaska para alertar sobre el cambio climático y reforzó los derechos laborales. Además, restableció relaciones con Cuba e Irán, y tomó medidas firmes en materia migratoria y de mitigación climática; por ejemplo, anunció que las emisiones de CO2 de las centrales eléctricas deberán reducirse un 30 % respecto a 2005.
En junio pintó la Casa Blanca de arcoíris para celebrar la legalización del matrimonio igualitario en todos los estados y avanzó en la implementación de Obamacare. Su emotiva intervención en el memorial del tiroteo en la iglesia de Charleston también mostró la determinación de dejar un legado y de no detenerse ahora.
El temido segundo mandato
Este desempeño resulta aún más sorprendente porque Obama está en la fase final de su presidencia. En la ciencia política, el segundo mandato de un presidente estadounidense suele describirse como el periodo del pato lisiado. Oficialmente el “pato lisiado” solo abarca los dos meses entre la elección en noviembre y la toma de posesión en enero, pero algunos expertos, como la profesora emérita Karen Johnson‑Cartee, consideran que el efecto se percibe desde las elecciones de mitad de periodo, cuando el mandatario pierde la mayoría en el Congreso.
Se dice que un “pato lisiado” recibe escasa atención mediática y casi nada de apoyo legislativo, lo que convertiría el segundo mandato en una especie de trauma, como ocurrió con Richard Nixon o Bill Clinton. Estudios del politólogo Michael Nelson, del Rhodes College, confirman que la mayoría de los presidentes estadounidenses son menos exitosos en su segundo término que en el primero.
El criterio de los “cien primeros días”, acuñado tras el histórico programa de Franklin D. Roosevelt en 1933, sirve de referencia: en sus primeros cien días, Roosevelt aprobó dieciséis leyes nuevas.
Confianza restaurada
Obama parece negar esa tendencia. Críticos de antaño, como el economista y Nobel Paul Krugman, han revisado su postura y ahora elogian la política de estímulo que, según él, permitió a EE. UU. superar la crisis más rápido que Europa. La visión de Obama sobre el clima también revela un liderazgo orientado al largo plazo.
Nada que perder
¿Por qué Obama no decae como sus predecesores? Al estar “liso”, ya no tiene mucho que perder, lo que le permite actuar sin preocuparse por repercusiones electorales o protestas de su propio partido o de la oposición. Liberado de la presión de complacer a todos, el presidente se muestra más audaz.
En su discurso conmemorando a los nueve feligreses afroamericanos asesinados por un supremacista blanco en Charleston, Obama sorprendió al cantar “Amazing Grace” y, a la vez, denunció el “racismo estructural y persistente” y pidió una reforma de las leyes de armas, que califica de demasiado indulgentes. Desde entonces ha confrontado al Congreso, acusándolo de atender al lobby de armas antes que a los ciudadanos.
¿Un gran presidente al fin?
Los historiadores y politólogos evalúan a los mandatarios estadounidenses mediante el índice de Grandeza Presidencial. Según encuestas recientes, Abraham Lincoln encabeza la lista y Bill Clinton es el mejor entre los ex presidentes vivos.
Solo el tiempo dirá si Obama logra superar el estigma del “pato lisiado” y alcanzar una posición alta en ese índice. Independientemente de su lugar definitivo, su último sprint muestra que, aun con el mandato llegando a su fin, es posible evitar el “pato lisiado” y conseguir resultados sorprendentes.