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La arqueóloga e historiadora Roos van Oosten estudia la historia del pozo negro en el paisaje urbano holandés

Todos hemos escuchado hablar de los pozos negros, pero los documentos históricos ofrecen escasa información sobre su logística. La arqueóloga e historiadora Roos van Oosten se interesó por el problema de los desechos humanos: ¿a dónde desaparecía la materia fecal y cómo cambió este manejo a lo largo del tiempo? Su tesis se centró precisamente en el pozo negro, precursor de nuestro inodoro moderno.

Una ciudad medieval no tan sucia como parece

Al imaginar las ciudades medievales, la mayoría piensa en calles estrechas y malolientes, llenas de basura y canales aún más sucios. En los Países Bajos, sin embargo, varios ayuntamientos adoptaron temprano soluciones para evitar la contaminación del agua. Prohibieron el vertido de aguas residuales y excrementos en los canales, que servían de fuente de agua limpia, por ejemplo para la elaboración de cerveza.

El pozo negro como alternativa

Los arrendatarios estaban obligados a disponer de un pozo negro en el sótano o en el jardín; los propietarios más acomodados podían permitírselo en su propia vivienda, mientras que los menos afortunados compartían uno colectivo. Estos pozos consistían en un tubo de ladrillo donde se vaciaba el cubo de excrementos, a veces con una tapa tipo asiento de inodoro y una bóveda de ladrillo que impedía la propagación del hedor y evitaba caídas accidentales.

Excavación de tesoros arqueológicos

Los arqueólogos encuentran con frecuencia restos de estos pozos: estructuras de ladrillo, bandejas, utensilios rotos y, sobre todo, restos orgánicos como semillas, granos y huesos. Más de mil pozos recuperados por Van Oosten datan del siglo XIII al final del siglo XIX. Estos depósitos son una fuente ininterrumpida de información sobre la dieta, la condición social y los hábitos cotidianos de sus usuarios.

Poca documentación escrita

Si bien los restos materiales abundan, los documentos históricos son escasos. Van Oosten revisó las normas de inspección y los informes municipales de siete ciudades (Haarlem, Leiden, Dordrecht y Alkmaar en la costa; ’s‑Hertogenbosch, Deventer y Amersfoort en el interior). Cada ayuntamiento tenía su propia política y se observaron diferencias entre las ciudades costeras y del interior.

En las urbes más grandes, los pozos negros aparecen en la legislación antes. Factores económicos, sobre todo durante la Edad de Oro, impulsaron su proliferación. En Holland, el auge demográfico y la expansión textil generaron una gran cantidad de excrementos. Sin embargo, ciudades como Leiden manejaron el problema de forma distinta: tras una normativa obligatoria en 1463, la prohibición se abandonó en 1583, lo que provocó el resurgimiento de los “canales secretos”, conductos que llevaban directamente los desechos a los canales.

El oficio perfumado

Un pozo negro se llenaba aproximadamente cada cinco años y debía vaciarse. Lo hacían los llamados “limpiadores de fosas” o “señores del oso”. Trabajaban en turnos: descendían al pozo mediante una cuerda, cargaban barriles de materia fecal y los transportaban a una barcaza cercana. El vaciado se realizaba de noche para evitar el hedor y debía concluir antes del amanecer. El trabajo, aunque desagradable, estaba bien remunerado; en Haarlem del siglo XVII incluso se regulaban las tarifas.

En Haarlem, aunque el número de pozos aumentó, no lo hizo en proporción a la población. Los inquilinos sin pozo eran responsables de depositar sus desechos en cubos dentro de la vivienda y entregarlos a los limpiadores o, en caso de infracción, enfrentar multas.

El declive y la aparición de nuevas ideas

En el siglo XVIII, la disminución demográfica y económica provocó una caída abrupta del número de pozos negros. Cada vez más ciudades toleraban los conductos clandestinos porque la limpieza resultaba costosa. Con la Revolución Industrial del siglo XIX, la contaminación de los canales se vio superada por los desechos industriales, lo que retrasó la adopción de sistemas de alcantarillado.

Den Bosch fue una excepción: los pozos negros se mantuvieron durante mucho tiempo, y los agricultores de Orthen utilizaban el material como fertilizante para sus campos arenosos. Este sistema reducía costes, pero a finales del siglo XIX el fertilizante comercial desplazó al estiércol humano.

El siglo XIX también trajo nuevas conciencias sociales. Las autoridades municipales y la élite empezaron a preocuparse por la higiene, las condiciones de vida de los obreros y las epidemias de cólera. La solución final fue la construcción de tuberías de agua y redes de alcantarillado, aunque su implantación fue desigual: en muchas ciudades los canales siguieron funcionando como alcantarillas a cielo abierto.

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