Introducción
Los Países Bajos no cuentan con una tradición populista arraigada. Tras la instauración del sistema liberal a mediados del siglo XIX, la intervención popular quedó muy limitada: no había juicios por jurado, ni directores electos y la política basada en la personalidad era escasa. El auge del populismo en la última década, sin embargo, se apoya en otra herencia: la del pensamiento mayoritario, cuyos precursores fueron Troelstra y Kuyper.
Hoy es imposible abrir un periódico holandés sin encontrar la palabra “populismo”. En los años noventa aparecía solo para describir fenómenos en América Latina, la antigua Unión Soviética o Europa del Este. Algunos miembros del VVD, como Frits Bolkestein, fueron tachados de populistas por tocar temas de inmigración e islam con fines electorales.
El primer caso que realmente encajó en la definición estricta de populismo fue Pim Fortuyn, quien fue etiquetado de inmediato como tal. La “Revolución Fortuyn” sacudió la política neerlandesa no solo por el asesinato de su líder, sino también por la magnitud del movimiento: un partido que obtuvo veintiséis escaños en la Cámara y una generación de parlamentarios que abandonó lo que entonces se llamaba “política vieja”.
Ante esa sorpresa, las respuestas torpes de los políticos tradicionales dejaron claro que se enfrentaban a algo desconocido.
En la historia de la posguerra holandesa el populismo aparece como un fenómeno puntual. En los años sesenta la Boerenpartij mostró rasgos populistas, pero la reforma de izquierdas de la época era demasiado optimista para encajar plenamente. Hans Wiegel del VVD practicó una política popular, pero no populista. Hasta la llegada de Fortuyn, el tabú contra el populismo –heredado de la experiencia con fascistas y nacional‑socialistas después de la guerra– dificultaba cualquier ruptura.
Ausencia de soberanía popular
Desde principios del siglo XIX existe una tradición no populista en la política establecida de los Países Bajos. Tras la invasión francesa de 1795 y la breve República Batava, la política del Reino (1813‑1815) se diseñó “desde arriba”. No había participación ciudadana; la soberanía popular ni siquiera figuraba en la Constitución. El rey Guillermo I describía a la oposición como “méchants enfants”, niños traviesos, sin tomar en serio el disenso.
Después de la reforma constitucional de 1848 se introdujeron algunas libertades, pero siempre dentro de un marco administrativo que mantenía la influencia popular limitada. Este modelo permitió un régimen relativamente liberal con una élite amplia, y el descontento fue encontrando poco a poco su canal en la política.
En la década de 1960 predominaba lo que el politólogo Hans Daalder llama la “mentalidad de regente”: ausencia de jurados, directores electos y sufragio restringido hasta 1917‑1919. La política carecía de carisma personal y el parlamento tenía una apariencia meramente administrativa.
Voces discordantes en el Parlamento
En términos generales, los Países Bajos carecían de populismo hasta Fortuyn, aunque hubo episodios de resistencia populista que dejaron huella. Los ejemplos más claros se encuentran en la década de 1930 y a finales del siglo XIX. Entre las dos guerras mundiales, el Movimiento Nacional Socialista (NSB) y los comunistas denunciaban a la “élite” política, acusándola de excluir al pueblo de la vida pública.
El entonces presidente del Consejo de Ministros, Hendrik Colijn, se oponía al nacionalsocialismo alemán pero no al fascismo italiano autoritario. Como el NSB, despreciaba lo que él llamaba “la charla del Parlamento” y pedía acción directa: “¡Dejemos de hablar, pongamos de lado las reglas y resolvamos los problemas!”. Rita Verdonk se inspiró en el famoso cartel electoral de Colijn, “el Stuurman del país”.
No obstante, Colijn era demasiado parte del establishment –miembro del Partido Anti‑Revolucionario ortodoxo (ARP) de Abraham Kuyper– para considerarse un populista pleno. El NSB tuvo cierta repercusión en los años treinta, pero, al igual que el Partido Comunista, siguió siendo una minoría marginal.
La voz del pueblo
El mayor auge del populismo moderno neerlandés se remonta a finales del siglo XIX. El liberalismo de Thorbecke (constitución de 1848) buscaba separar Estado y sociedad, dejando la política como mero marco regulador para una sociedad libre. Los nuevos partidos surgidos entonces eran movimientos sociales que pretendían reconectar Estado y sociedad.
Los socialistas Ferdinand Domela Nieuwenhuis y Pieter Jelles Troelstra, así como el ARP de Kuyper –considerado el primer partido moderno–, defendían la ampliación del sufragio y la participación popular. Kuyper hablaba de los “pequeños” protestantes ortodoxos, una construcción retórica que, sin embargo, encajaba en la temática clásica del populismo: dar voz a los deseos del hombre común.
Kuyper cumplía casi todos los rasgos atribuidos a los populistas, aunque su discurso estaba imbuido de una visión neocalvinista y una fe profunda. Los socialistas, por su parte, también adoptaron una postura anti‑élite liberal, pero siempre dentro de una ideología coherente.
En contraste, el anterior líder protestante ortodoxo Willem Groen van Prinsterer se mantenía más cercano a Thorbecke y no buscaba movilizar al pueblo; sus discursos eran poco accesibles y evitaba crear organizaciones, mientras que Kuyper fundó una tras otra.
Democracia: dos caras
Resulta curioso y a la vez inquietante que, en esta fase inicial, democracia y populismo estuvieran entrelazados. El sistema representativo actual combina dos tradiciones: la representación limitada del liberalismo y la participación directa popular que remonta a la Revolución Francesa y a los protestantes. Lo que a principios del siglo XX se describía como “democracia” hoy se entendería como populismo.
La politóloga Margaret Canovan, en su artículo “Las dos caras de la democracia”, habla de la “orden” institucional y del “sueño” de un mundo perfecto; el populismo forma parte de ese sueño. Nuestra democracia es, en esencia, una democracia liberal que combina el Estado de derecho y la protección de minorías con la lógica mayoritaria del pueblo.
Tras la Segunda Guerra Mundial quedó claro cómo debía interpretarse la democracia parlamentaria, y la tensión entre el imperio de la ley y la voluntad mayoritaria pareció disiparse. Sin embargo, esa tensión sigue presente y constituye la esencia de la democracia contemporánea. Por eso siempre habrá críticas al sistema: los “regentes” son acusados de complacencia y los “outsiders” de incitar al desorden.
Geert Wilders
En la actualidad, la crítica se ha intensificado y ha convertido a los outsiders en populistas exitosos. Geert Wilders y sus seguidores se caracterizan por la ira, a diferencia del tono más calculado de Fortuyn.
Cuando la cámara está apagada, Wilders puede mostrarse afable; cuando está encendida, su rostro se vuelve como una tormenta. Su estilo polarizador ha captado una atención extraordinaria en un país poco acostumbrado al populismo.
El éxito relativo del populismo neerlandés se explica, en parte, por la falta de experiencia del sistema político con este fenómeno, por la tendencia de la sociedad a moverse de forma unida y luego cambiar de dirección repentinamente (como en los años sesenta), y por el declive de los grandes partidos tradicionales junto al auge del votante flotante.
El mecanismo de consenso de la democracia holandesa no basta para absorber estas tensiones. Si la democracia protege únicamente el Estado de derecho, corre el riesgo de ignorar los deseos de la población y ser tachada de “mentalidad de regente”. Si, por el contrario, se somete exclusivamente a la voluntad mayoritaria, se abre la puerta a la dictadura de la mayoría y al populismo sin control. La tarea de la democracia moderna es equilibrar ambas caras.