Introducción
En la historia de la migración, la mayoría de los estudios se centran en quienes parten y en los destinos que alcanzan. Los que se quedan, a menudo considerados menos interesantes, reciben poca atención. Sin embargo, ¿es realmente así? ¿Por qué algunas personas emigran y otras eligen quedarse? Este artículo ofrece una reflexión filosófica sobre la migración con el tema de las fronteras, ideal para el Mes de la Historia.
Viajes de descubrimiento
Desde la antigüedad, la cultura occidental ha idealizado la exploración. Los épicos celebran el viaje hacia lo desconocido y sus aventuras, enfocándose en los viajeros y dejando a los rezagados en un segundo plano. Tras los grandes descubrimientos —como el de América por Colón en 1492— la imagen de la emigración se volvió aún más atractiva, mientras que quedarse en casa se percibía como la opción menos emocionante.
El advenimiento del vapor en el siglo XIX permitió que el viaje de larga distancia fuera accesible a más personas. Entre 1800 y la Primera Guerra Mundial, más de 60 millones de europeos cruzaron continentes en busca de nuevas oportunidades. Europa se convirtió en un verdadero continente emisor; los no europeos apenas emigraban en aquel periodo.
Viajar era costoso, peligroso y, sobre todo, unidireccional. Mantener el contacto con la familia era complicado; las cartas, aunque asequibles, tardaban semanas en llegar.
El dolor de no estar
En una época en la que la migración implicaba una ruptura casi permanente, la partida de un ser querido se equiparaba a una pérdida por muerte. La probabilidad de reencontrarse era prácticamente nula, generando un sufrimiento intenso entre los que permanecían. Marli Huijer, en su libro Staying Behind, se apoya en la obra de Jean‑Paul Sartre Being and Not‑Being para explicar este fenómeno.
El ausente sigue presente en los lugares compartidos, pero solo quien se queda los recorre y siente la ausencia. Además, el emigrante, ocupado en construir una nueva vida, dispone de menos tiempo para lamentar.
Hoy, la tecnología ha acortado las distancias: los aviones y plataformas como Skype permiten ver y hablar con los seres queridos al otro lado del planeta. La despedida ya no es definitiva, lo que atenúa el dramatismo de la emigración. Sin embargo, el “pequeña muerte” que describe Huijer sigue siendo dolorosa. Mientras exista la esperanza de un regreso, la falta y el deseo continúan corroer al que se queda.
¿Por qué partir pese al sufrimiento?
Filósofos y científicos ofrecen distintas teorías: algunos atribuyen la migración al impulso evolutivo del cazador‑recolector, otros a la codicia (Aristóteles) o al sufrimiento de la guerra (Kant). En la práctica, las cifras citadas por Huijer muestran que la movilidad humana sigue siendo limitada: desde los años 60, solo el 3 % de la población mundial ha emigrado, pese a la globalización.
Cuando la emigración ocurre, suele deberse a razones negativas. Un ejemplo emblemático es el éxodo holandés tras la Segunda Guerra Mundial: la falta de empleo, vivienda y perspectivas impulsó a más de medio millón de neerlandeses a emigrar a Canadá, EE. UU. y Australia.
Un mundo invertido
En la actualidad, Europa ya no es un continente de emigrantes, sino un imán para refugiados. La paz (excepto en los Balcanes) y la abundancia de recursos han reducido la necesidad de buscar un nuevo hogar. Sin embargo, el deseo de viajar persiste y ahora está asociado a la aventura y la apertura mental. Los viajes actuales son, en su mayoría, de personas con recursos que se desplazan por trabajo, estudio o desarrollo personal.
La diferencia clave radica en que el contacto con la familia es más fácil gracias a la tecnología y, sobre todo, porque el hogar sigue existiendo. Muchos europeos ya no hacen un adiós definitivo; Huijer los llama “semigrantes” o “migrantes de estilo de vida”. En contraste, los emigrantes más pobres del siglo XIX enfrentaban barreras: países como Canadá o EE. UU. restringían la entrada a personas sin recursos ni educación.
Así, mientras antes la emigración era una vía de escape de la pobreza sin posibilidad de retorno, hoy son los más acomodados quienes pueden permitirse viajar y volver en cualquier momento. Para los más vulnerables, una partida unilateral sigue siendo la única esperanza de un futuro mejor.
Bibliografía y recursos
El artículo se basa en Staying Behind: A New Philosophy for a Boundless World (Boom Uitgevers, 2016) de Marli Huijer, filósofa y profesora de filosofía pública en la Universidad Erasmus de Rotterdam. Para profundizar en la emigración holandesa post‑Segunda Guerra Mundial, se recomienda el programa Andere Tijden, episodio “Emigración a Canadá”.