Los euroescépticos afirman que Europa nunca se unirá, por más voluntad política que haya. ¿La causa? La falta de una identidad propia. Esta idea, aunque no es del todo infundada, parte de la sensación de que el continente se reinventa constantemente y su autoimagen cambia a la vez. Sin embargo, se puede observar un patrón formado por tres capas históricas que se superponen.
Se ha escrito mucho sobre la "identidad" de Europa, un tema escurridizo y polémico. Si resulta tan difícil definir la identidad de un neerlandés, ¿cuán imposible será determinar la de un continente cuya superficie es 245 veces la de los Países Bajos, con una población 45 veces mayor, entre 40 y 50 lenguas y estados con historias, culturas y variantes regionales propias?
Describir la "identidad" de Europa es imposible, pero sí podemos hablar de las asociaciones que evoca el concepto de "Europa": una imagen, un punto de vista.
Al igual que en la cultura y la historia vinculamos a Francia con "oh là là" y "cartesiano", a Alemania con "gründlich" y "gemütlich", y a Bélgica con el buen vivir (aunque también con cierta robustez, según el estereotipo), el término "Europa" también despierta imágenes y clichés.
Son estereotipos, a veces contradictorios, pero precisamente por eso resultan un tema fascinante para los historiadores culturales. No nos dicen cuánto "real" es Europa, pero sí revelan cómo se la percibe.
La disciplina que estudia estas imágenes estereotípicas desde una perspectiva histórica y retórica es la imagología. Quienes aplican la imagología a la imagen de Europa descubren patrones interesantes en la abundante materia histórica sobre la reputación del continente con el que vivimos y al que, de una forma u otra, nos identificamos.
Tradición, autoimagen y demarcación
En 1527 Carlos V inició la construcción de un palacio imperial en la Alhambra de Granada. Granada, último bastión musulmán, había sido conquistada 35 años antes por sus abuelos, Fernando e Isabel.
El propio Carlomagno había sido recientemente instalado como monarca de los dominios españoles y coronado rey de Alemania en 1521 (la confirmación papal como emperador llegaría en 1530).
En la ornamentada Alhambra la arquitectura renacentista del palacio de Carlos resulta algo discordante. Sin embargo, en una esquina del conjunto se halla una capilla octogonal, que recuerda la capilla donde Carlomagno fue coronado rey de los germanos: la cúpula octogonal de la Catedral de Aquisgrán, construida por el propio Carlomagno. Carlos era consciente de esa relación simbólica y de ser sucesor del gran "primal Carlos". Lo evidencia también una biografía medieval de Carlomagno, publicada en 1521, que los muestra lado a lado.
La Catedral de Aquisgrán, iniciada alrededor del 780 como capilla palatina de Carlomagno, fue el edificio más alto e imponente del norte de los Alpes hasta el siglo XI. Su forma octogonal se inspiró en otro modelo: la iglesia de San Vital en Ravena, que durante un tiempo fue la iglesia real de los imperios gótico y lombardo del norte de Italia. El padre de Carlos, Pipino III, conquistó Ravena para el Papa alrededor del 750, consolidando la alianza entre la papacía y los carolingios.
La iglesia de San Vital en Ravena era, a su vez, un edificio puramente bizantino, eco de la también octogonal iglesia de San Sergio en Constantinopla. Así vemos un motivo arquitectónico que rebota de Estambul a Andalucía, con la sucesión imperial como hilo conductor.
El islam es una constante motivación en esta tradición. El islam conquistó España entre 711 y 714. Poco antes de la reconquista de Granada por los Reyes Católicos, Mehmed II había tomado Bizancio en 1453.
El sur de Europa se asemeja a una balanza geopolítica religiosa entre 700 y 1500: el empuje sur del islam en la reconquista contrasta con la expansión norte del poder otomano hacia Belgrado y Budapest. En este conflicto de siglos, la palabra "Europa" se emplea por primera vez como término colectivo político. La Batalla de Poitiers (donde Carlos Martel, abuelo de Carlomagno, detuvo la expansión islámica alrededor de 730) fue descrita por el monje Notker de San Galo como una victoria de los "europenses", los europeos.
La caída de Constantinopla provocó el grito del humanista Enea Silvio Piccolomini – futuro Papa Pío II – en la Dieta de Fráncfort de 1454: "Debemos reconocer que en muchos siglos la cristiandad no había sufrido una afrenta mayor que ahora. Antes nuestras derrotas se daban en Asia y África, en tierras lejanas. Ahora somos derrotados en Europa, en nuestra propia tierra, en nuestro propio hogar."
Desde esa perspectiva, resulta notable que Fernando e Isabel – y Carlos V después de ellos – vieran la reconquista de Granada como una victoria definitiva. La tarea estaba cumplida. Quisieron consolidar el triunfo sometiendo la religión bajo un control estricto, pero nadie pensó en expandirse más al sur del estrecho de Gibraltar. Ese territorio se percibía como extranjero, una zona donde España no había perdido nada.
En cambio, la expansión hacia los océanos Atlántico e Índico se abrió paso por el estrecho de Gibraltar. El colonialismo sustituyó a las cruzadas y a la reconquista. Carlos V incluyó en su escudo los Pillars de Hércules (símbolo del estrecho) con el proverbio "plus ultra": "Más allá".
Eurocentrismo
Durante la expansión colonial, Europa empezó a verse como el centro del mundo, el punto de referencia del compás. La sensación de superioridad europea se basó en la autoimagen de progreso y en el "plus ultra" de Carlos V. En el Renacimiento, las artes (de Cimabue a Rafael y Miguel Ángel) y las ciencias (de Copérnico a Galileo) se percibían como un proceso dinámico de desarrollo, en el que cada generación superaba a la anterior.
En la época colonial esa visión se convirtió en la autoimagen europea: el continente de la modernidad. (El concepto de "moderno" surgió a finales del siglo XVII como ideal positivo.) Europa desarrolló dos roles de género: el del audaz explorador y el del erudito. El auge de las compañías de las Indias Orientales y de las universidades modernas (Carlos V fundó una en Granada en 1526) fueron fenómenos paralelos.
El eurocentrismo es, ante todo, una visión de la historia. Desde la Antigüedad clásica, los "bárbaros" se consideraban pueblos fuera de la norma civilizatoria europea. Entre ellos estaban los poderosos imperios que hoy llamamos "orientales": califatos islámicos, sultanatos, Persia y, vagamente, India, China y Japón. Junto a esos "bárbaros" estaban los "salvajes" o "pueblos naturales" de las costas lejanas del Atlántico y el Pacífico.
Europa se distinguía de ellos argumentando que los bárbaros estaban atrapados en el pasado y los "salvajes" eran "primitivos", es decir, que aún no habían iniciado el proceso de desarrollo que Europa había iniciado mucho antes. Desde los conquistadores españoles en el Nuevo Mundo hasta los exploradores victorianos en el interior de África ("¿El Dr. Livingstone, presume?") prevalecía este sentimiento de superioridad.
El proceso histórico como progreso: el optimismo autocomplaciente floreció especialmente en la Ilustración del siglo XVIII. En esa visión, Europa se libraba de formas arcaicas de estupidez gracias a su agudeza y capacidad de reflexión crítica. La religión también sería vencida por una imagen racional del ser humano, lo que conduciría lógicamente a los derechos humanos y a un orden social justo.
Así, la imagen de Europa consta de dos "capas": una antigua, formada en la Edad Media como parte de la lucha religiosa contra el islam, que abarca toda la Europa cristiana, desde Moscú hasta Granada, y enfatiza la "herencia cristiana"; y una más reciente, gestada entre 1500 y 1800, que resalta artes, ciencias y pensamiento emancipador, centrada principalmente en el noroeste europeo del Renacimiento, la expansión colonial, la fundación de universidades y la Ilustración.
De aquí se desprenden dos observaciones. Primero, la posición de la Europa oriental ortodoxa es ambivalente: pertenece a una capa pero no a la otra. Segundo, la combinación de herencia cristiana y Ilustración junta dos modelos morales que, en realidad, se contradicen. La autoimagen europea es contradictoria, "come de ambos lados". Eso ocurre con muchas imágenes nacionales (piense en el comerciante/pastor holandés, el caballero/gamberro inglés, etc.). Sobre estas dos capas se añadirá una tercera.
Decadencia y pérdida de la inocencia
Ya en el siglo XVIII algunos escritores, como Choderlos de Laclos ("Les Liaisons dangereuses") o el infame Marqués de Sade, sostenían que la sofisticación europea a menudo es una fachada que oculta un cinismo inmoral. En contraposición, surge la imagen ideal del "noble salvaje", que por naturaleza muestra un sentido moral admirable y vive en una inocencia armoniosa.
Para 1900 ese sentimiento se difundió ampliamente. La crítica a los abusos coloniales, desde "Max Havelaar" de Multatuli hasta "El corazón de las tinieblas" de Joseph Conrad, derribó a figuras heroicas como Stanley y Livingstone de sus pedestales. La sofisticación y el nivel de civilización de la vieja Europa se comparan ahora con las plantas de invernadero decadentes de un continente que ha pasado su mejor época: mucho arte, poca moral.
Los lectores se horrorizaron con las historias de explotación y opresión en las colonias, y en el siglo XX la sombra del genocidio se extendió desde esas colonias (Germania‑Namibia, 1902) pasando por Armenia (1915‑1916) hasta Auschwitz.
Al mismo tiempo, emergía una nueva potencia global: Estados Unidos. En la visión eurocéntrica, EE. UU. ocupa una posición ventajosa ("¡América, tú lo haces mejor!" escribió Goethe). Heredero de los logros científicos y culturales del viejo continente, pero gracias a su ubicación en el "Nuevo Mundo" cuenta con la juventud, la energía (y cierta ingenuidad) de una sociedad en sus inicios. América representa el optimismo enérgico, mientras que Europa encarna el cinismo irónico y resignado.
Es el patrón de roles del joven imparable y del anciano sabio. Cuando en la literatura y el cine del siglo XX convergen personajes americanos y europeos, la caracterización casi siempre sigue este esquema.
Incluso se observa en un discurso de Dominique de Villepin ante el Consejo de Seguridad en febrero de 2003, durante el debate sobre la invasión de Irak. La administración Bush quería ordenar las cosas; los gobiernos europeos mostraban dudas. El ministro francés de Relaciones Exteriores, con gracia, anunció desde el "viejo continente manchado de sangre" que Europa sabía cómo las mejores intenciones podían degenerar en miseria profunda, advirtiendo contra el optimismo ingenuo de una democracia impuesta por la fuerza militar.
Así, la imagen europea adquiere una tercera capa: la del continente que ha aprendido, a sangre fría, de sus errores, que vive bajo la sombra histórica de tragedias sangrientas.
La mala conciencia europea se ha convertido casi en una exportación moral; Europa, como continente amoral, ofrece el escalofrío de Drácula, los cardenales de la Curia en "El código Da Vinci" de Dan Brown, la crudeza de los villanos de los regímenes de Stalin y Hitler, junto a la sabiduría de Tolstoy y Voltaire. Europa es el continente de la complejidad, de la insuficiencia de los moldes blanco y negro, de la culpa y del cinismo irónico.
Es una imagen compleja y contradictoria, que sin embargo puede sustentarse al contrastarla con fuentes literarias y otras representaciones culturales según periodos históricos y contextos de origen. Las complejidades y contradicciones forman un caleidoscopio de placebos y elementos caracterológicos.
En distintas situaciones, el caleidoscopio se gira de manera diferente y muestra patrones distintos: Europa frente a América tiene un perfil diferente que Europa frente a Turquía, Japón o Papúa Nueva Guinea. (Técnicamente, la autoimagen siempre se determina en parte por "el otro" que la refleja, y viceversa.) Pero los bloques constructores pueden identificarse y rastrearse. Como marco cultural de referencia, la gente lleva consigo una maraña de asociaciones que, en conjunto, forman la imagen europea.
Esa imagen es una visión, no una verdad factual. No brinda información objetiva sobre "qué o cómo es realmente Europa", sino sobre "cómo se la percibe". Y esa percepción, en sus distintas evaluaciones y manifestaciones, a su vez colorea nuestras determinaciones y decisiones. Por eso es importante comprender bien esta imagen y, cuando sea necesario, ponerla en perspectiva.