¿Acaso Colón y los exploradores españoles del Nuevo Mundo se deshicieron de los indígenas entregándoles espejos y cuentas para enriquecerse con montañas de oro? No, esa no fue la dinámica, según Floris Keehnen, estudiante de Arqueología del Caribe en la Universidad de Leiden, cuyo trabajo de maestría le valió el Premio de Tesis Volkskrant‑IISH.
Los relatos de Cristóbal Colón y de los demás españoles que pisaron la isla de La Española en 1492 describen cómo saquearon a los taínos, arrebatándoles grandes cantidades de oro a cambio de lo que describieron como utensilios sin valor.
Ese relato, sumado a la violenta conquista del Imperio azteca por los posteriores conquistadores, ha generado la idea de que los taínos fueron meras víctimas indefensas de la brutal invasión española.
Sin embargo, esa visión simplista no refleja la complejidad del encuentro entre los pueblos nativos y los primeros exploradores. Keehnen investigó exhaustivamente este tema para su tesis y concluyó que la interacción –incluido el intercambio de oro y “utensilios”– se basó mucho más en la igualdad que en la dominación.
Brillo sobrenatural
Los taínos sí poseían oro, pero le atribuían un valor distinto al europeo. El resplandor de los objetos traídos por los españoles tenía, para ellos, un carácter mágico y sobrenatural que les permitía captar el cosmos. “Los habitantes originarios del Nuevo Mundo tenían una cosmovisión muy diferente a la nuestra”, explica Keehnen por teléfono.
“Para ellos todo estaba interconectado. No distinguían el mundo en categorías rígidas como nosotros. Personas y plantas no se diferenciaban como lo hacemos hoy; los espíritus sobrenaturales podían manifestarse de muchas formas, apareciendo un día como humanos y al siguiente como plantas.”
Una categoría especial de objetos “sobrenaturales” era lo que los nativos llamaban gua. Ese término aparece como prefijo o sufijo en nombres de metales relucientes, de aves mágicas como el loro, e incluso en los nombres de grandes líderes indígenas.
Incluso antes de la llegada de los europeos, la población indígena comerciaba a gran escala objetos brillantes: madera pulida, piedras preciosas, conchas translúcidas. Los arqueólogos hallan estos artículos por todo el Caribe, lo que indica que los taínos valoraban enormemente el brillo. Los espejos de los exploradores, según Keehnen, podían contener más gua que el propio oro.
La cuenta azul
La idea de Keehnen surgió mientras excavaba un asentamiento indígena en la República Dominicana, en La Española, junto a un grupo de estudiantes de Leiden. Se creía que el poblado había sido abandonado mucho antes de la llegada de los españoles, pero el estudiante encontró una cuenta azul, claramente de fabricación española.
“Esa cuenta mostraba que el asentamiento seguía habitado cuando los españoles llegaron. ¿Cómo llegó una pieza tan europea a un contexto totalmente nativo? Esa pregunta despertó mi curiosidad y me llevó a investigar cómo se desarrolló el contacto entre exploradores e indígenas y qué estrategias emplearon para encontrarse.”
La investigación resultó en un informe de 256 páginas que combinó perspectivas de antropología, historia social y arqueología de forma innovadora, llevando a conclusiones completamente nuevas. El jurado elogió el trabajo como “historia real del mundo en el sentido moderno del término”.
Keehnen planea continuar su estudio con una propuesta de doctorado. Con el premio de 1 500 euros, ya piensa en su próximo objetivo: “A mis 25 años todavía no tengo permiso de conducir. Quizá un buen viaje al Caribe.”