Al igual que cualquier nación, Argentina posee una rica tradición de mitos y folklore. Gran parte de este legado oral proviene de las numerosas tribus indígenas que habitaron el territorio. Con el paso del tiempo, las historias cruzaron fronteras y culturas a medida que los pueblos se desplazaron. Cada relato admite variantes según la época, la zona y el narrador, lo que le aporta matices y un toque único.
La luz mala de Mendoza

En la zona montañosa entre Uspallata, Puente del Inca y Las Cuevas, en la provincia de Mendoza, se observa una luz flotante a pocos metros del suelo durante la noche. Campesinos, conductores y especialmente camioneros aseguran haberla visto y la asocian a la llamada luz mala. La aparición dura unos minutos y luego desaparece, y el temor a los espíritus malignos impide que alguien se acerque para investigarla.
Existen varias versiones: algunos la describen como una esfera de fuego de colores rojo, azul, blanco o verde que persigue a los viajeros solitarios; otros afirman que, si la luz es blanca, trae buena suerte, mientras que la verde o roja presagia peligro y mala fortuna. Según la tradición, la luz sería el alma de personas que murieron de forma injusta y sin un entierro adecuado, que regresan para vengarse y atrapar a quien se cruce en su camino. Para protegerse, los locales rezan y muerden la funda de un cuchillo.
La leyenda de El Pombero

Los guaraníes de Argentina creen en El Pombero, un ser nocturno travieso conocido también como Pÿragué (pies peludos), Kuarahy Jára (maestro del sol) o Karaí Pyhare (señor de la noche). Es bajo, feo, con brazos muy cortos y manos y pies cubiertos de pelo, lo que le permite acercarse silenciosamente a las víctimas.
Habita los bosques y casas abandonadas, imita los sonidos de los animales y protege a las aves nocturnas de los niños que las cazan con honda. Sus víctimas habituales son ganaderos y mujeres que caminan solas; sus travesuras incluyen asustar caballos, robar gallinas, huevos, miel y cosechas, e incluso impregnar a mujeres. Los niños nacidos feos o peludos se consideran hijos de Pombero. Para apaciguarlo se le ofrecen ron, cigarros y miel; si está satisfecho, evita los problemas.
Luisón, el hombre lobo

En la mitología guaraní, Luisón (también Luisõ o Lobison) es la criatura que nace del séptimo hijo varón de una familia, quien está maldito y se transforma en hombre lobo. La maldición se activa el primer viernes después de cumplir 13 años; a partir de la medianoche de cada luna llena se vuelve bestia y acecha, alimentándose de bebés no bautizados, excrementos o cadáveres recientes. Con una sola mordida puede contagiar la maldición.
Se dice que Luisón es hijo del espíritu maligno Tau y la mortal Kerana. La creencia fue tan fuerte que, a principios del siglo XX, se practicaba el asesinato de los séptimos hijos. En 1907 el presidente argentino ordenó su adopción para romper la maldición, y en 1973 la tradición se extendió a la séptima hija. Hoy la "maldición del séptimo hijo" se considera una bendición por la posibilidad de ser adoptado por la familia presidencial.
La leyenda de Pascana o Cardón

En Amaicha del Valle, provincia de Tucumán, se relata la trágica historia de dos amantes indígenas. En una versión, Pascana, hija del cacique, se enamora de Quehualliu, guerrero de otra tribu. Al ser descubiertos, el padre reúne a sus hombres y persigue a la pareja. La pareja suplica a Pachamama, quien abre una grieta en la montaña y los refugia. Al alba, ambos se transforman en un cactus que aún recorre los valles.
Otra versión cuenta que el amante se llama Kewayl Amatua y, para escapar, acuden al diablo, que les concede ocultación a cambio de sus almas. Al rechazar el pacto, el diablo los convierte en cactus espinosos, cuyas espinas simbolizan la protección mutua contra quienes intenten destruirlos.
La leyenda de Curupí

Curupí es otro ser de la mitología guaraní, similar a Pombero: bajo, peludo y guardián de los animales salvajes. Su rasgo distintivo es un pene extremadamente largo, que según la tradición simbolizaba fertilidad y fue venerado como espíritu fecundador. En la actualidad se le culpa de embarazos no deseados, incluso de mujeres casadas con marido infértil, pues se dice que penetra por puertas y ventanas para fecundar a mujeres dormidas. Los niños pequeños, feos o peludos se consideran hijos de Curupí, y la desaparición de jóvenes se atribuye a sus ataques en la selva. Hoy su figura ha quedado en segundo plano frente a Pombero.
Gauchito Gil

Gauchito Gil, cuyo nombre real era Antonio Mamerto Gil Núñez, es una figura popular similar a Robin Hood. Tras una relación con la viuda adinerada Estrella Díaz de Miraflores, fue acusado falsamente de robo, escapó, luchó en la guerra de la Triple Alianza y más tarde se dedicó a robar a los terratenientes para repartir el botín entre los pobres. Se le atribuyen poderes milagrosos: curaba enfermedades y resistía balas.
Su captura terminó en una ejecución improvisada. Un guardia, escéptico, le cortó la garganta, pero minutos después llegó la carta de perdón y la noticia de que el hijo del guardia estaba enfermo, cumpliendo la predicción de Gil. Desde entonces, miles de peregrinos visitan su tumba cada 8 de enero, realizando rezos y celebraciones.
Nahuelito, el monstruo del lago

Al estilo del monstruo del Lago Ness, Nahuelito es una criatura que, según los habitantes, habita el Lago Nahuel Huapi. Se describe como una serpiente gigante o un plesiosaurio con joroba. Los primeros testimonios provienen de pobladores indígenas y, a finales del siglo XIX, el director del zoológico de Buenos Aires, Clemente Onelli, recibió varios relatos.
En 1910 el explorador George Garret avistó una criatura de 5 a 7 metros de largo, emergiendo 2 metros sobre el agua. Desde 1922 el zoológico ha intentado obtener pruebas sin éxito. La Armada argentina alegó en 1960 haber perseguido un ser submarino durante catorce días; en 1988 aparecieron supuestas fotografías anónimas. La leyenda persiste, alimentando el debate entre mito y realidad.
Los mitos en la cultura argentina
Estos relatos forman parte del tejido social de Argentina. Contribuyen a la identidad de los pueblos originarios, quienes veneran a héroes como Gauchito Gil y atribuyen fenómenos adversos a espíritus como Pombero o Curupí. Al emigrar, los mitos cruzan fronteras y se entrelazan con otras culturas, manteniendo viva la tradición oral.