El 6 de enero de 2021 una turba de partidarios de Donald Trump irrumpió en el Capitolio, dejando al menos cinco muertos y marcando un violento final a una presidencia que se derrumbó en medio del caos.
Trump construyó su poder sobre el populismo y abandonó el poder con la misma retórica incendiaria. Aunque muchos aseguraron que la multitud no representaba al típico seguidor del expresidente, el episodio reveló una verdad contundente: EE. UU. se ha sumido en una era de polarización extrema, en la que la elección de Joe Biden se debió, en parte, a la reacción contra un posible reelección de Trump.
Historia de violencia en el Capitolio
El Capitolio no es ajeno a los asaltos. Desde su construcción, iniciada en 1793 bajo la presidencia de George Washington y finalizada tras la Guerra de 1812, ha sido blanco de ataques que reflejan tensiones políticas y sociales.
Durante la Guerra de 1812, tropas británicas incendiaron el edificio, provocando una devastación tal que se consideró trasladar la sede del gobierno a Filadelfia o a otro estado. Finalmente, por motivos simbólicos, se decidió reconstruirlo, ampliándolo a más de 600 salas.
Siglo XIX: violencia parlamentaria
El Congreso ha sido escenario de episodios violentos. En 1856, el congresista pro‑esclavitud Preston Brooks atacó al abolicionista Charles Sumner con un bastón dentro del Capitolio, después de que Sumner criticara duramente a los estados del sur. Historias como esta se repiten: en 1858, al menos 30 legisladores fueron sorprendidos en una pelea; en 1860, un congresista sureño amenazó a sus oponentes con una pistola.
Durante la Guerra Civil, el ejército confederado nunca logró capturar la capital, pero la tensión quedó marcada en la memoria institucional.
Siglo XX: atentados terroristas
En 1954, cuatro nacionalistas puertorriqueños dispararon contra cinco miembros del Congreso, exigiendo la independencia de Puerto Rico. En 1971, la organización Weather Underground detonó una bomba en el edificio, sin causar víctimas pero sí $300,000 en daños, en protesta por el bombardeo estadounidense en Laos. En 1983, otro artefacto explosivo dañó el ala del Senado como represalia por la intervención de EE. UU. en Líbano y Granada.
Disparos aislados también han ocurrido: en 1890, un reportero hirió a un congresista tras una discusión; en 1998, un hombre mató a dos guardias de seguridad; y en 2016, la policía abrió fuego contra quien intentó atacar el perímetro del Capitolio.
¿Y ahora qué?
Tras el asalto, la pregunta central es si la era Biden y la vicepresidenta Kamala Harris podrán calmar la atmósfera polarizada. La figura del presidente de la Cámara, Kevin McCarthy, alineado con la política de Trump, complica la reconciliación. McCarthy ha condenado la violencia, pero sigue defendiendo las acusaciones de fraude electoral, manteniendo viva la narrativa de un “robo real”.
Como apuntan medios alemanes, el Partido Republicano se ha radicalizado desde la última administración Bush, presentando candidatos cada vez más extremistas. La retórica racista, el nacionalismo exacerbado y la difusión de teorías conspirativas han erosionado la credibilidad del discurso político tradicional.
Este fenómeno no es exclusivo de EE. UU.; movimientos afines a la “Trumpología” encuentran eco en Brasil, Polonia, Hungría y Bielorrusia, alimentando una crisis global de confianza en la democracia.
La reelección demócrata podría marcar un punto de inflexión, pero dependerá de si se logran reformas estructurales que devuelvan al debate político a la razón y a la solución de problemas reales, más allá de la retórica incendiaria.
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