Los relatos de los asesinos seriales suelen iniciarse con episodios de violencia extrema en el entorno familiar, que provocan daño en el lóbulo frontal, la zona del cerebro encargada del control consciente, el juicio y las reacciones emocionales. A estos factores se suman trastornos hereditarios no diagnosticados, abandono y una profunda sensación de injusticia que lleva al individuo a preguntarse “¿por qué nací?”.
En la mayoría de los casos, el criminal parece haber sido "programado" desde la infancia. Charles Sobhraj, apodado el "Serpiente", no encaja del todo en ese esquema, aunque tampoco lo refuta por completo. Su figura ha ganado notoriedad en Netflix, lo que ha llevado a los especialistas en salud mental a replantearse la definición de psicopatía.
Infancia y orígenes
Hotchand Bhawnani Gurumukh Charles Sobhraj nació el 6 de junio de 1944 en la Indochina francesa. Su padre, un sastre indio, abandonó a la madre vietnamita poco después del nacimiento, dejando al niño sin nacionalidad y con una marcada sensación de indiferencia parental. La madre, resentida, culpó a su hijo de su propio rechazo.
Más tarde, la madre se casó con el soldado francés Alphonse Darreau, quien mostró interés en adoptar a Charles pero nunca le dio su apellido. El ambiente familiar siguió siendo inestable; Darreau, traumatizado por la guerra, padecía trastorno de estrés postraumático y veía a Charles como una carga económica.
Desde pequeño, Charles mostró desobediencia, bajo rendimiento escolar y frecuentes mudanzas entre Francia e Indochina, lo que le impidió crear cualquier sensación de seguridad. Su comportamiento delictivo comenzó temprano y, a los 19 años, fue arrestado por robo y enviado a la prisión de Poissy.
Primeras estancias en prisión y aprendizaje de la manipulación
Durante los tres años que pasó en Poissy, Charles decidió crear una “familia” propia, con él como figura paterna, y vengarse de la sociedad que, según él, lo había perjudicado. Aprendió a manipular a los guardias para obtener privilegios, como libros en la celda, y a ganarse la confianza de Felix d'Escogne, un joven voluntario que lo introdujo en la alta sociedad parisina.
Tras obtener la libertad condicional, se casó con Chantal, embarazada de su hija Usha. Sin embargo, el temor a ser capturado por una serie de robos a casas adineradas lo llevó a huir a Europa del Este, usando documentos falsos y robando a turistas en varios países.
Crímenes internacionales y alianzas
En la década de 1970, Sobhraj se estableció en el sudeste asiático, donde se dedicó al tráfico de piedras preciosas, drogas y al robo a turistas occidentales. En Tailandia conoció a Marie‑Andrée Leclerc, secretaria de una clínica de Quebec, quien se convirtió en su cómplice y «pareja» en el crimen. Juntos fueron apodados los “Bikini Killers” porque muchas de sus víctimas vestían bikini durante sus viajes.
Entre 1975 y 1976 cometieron al menos 20 asesinatos, robos a joyerías y estafas a viajeros. En 1976 fueron capturados en Tailandia y condenados a cadena perpetua por un asesinato, con pruebas que los vinculaban a 18 crímenes más.
Escapes y regreso a Europa
Años después, Sobhraj escapó de la prisión tailandesa y logró salir de la cárcel en la India mediante sobornos, disfrutando de lujos incluso dentro del penal. En 1997, tras firmar un contrato por 15 millones de dólares para los derechos de su historia, regresó a París, donde cobraba 5 000 dólares por cada entrevista que concedía.
En 2003 fue arrestado en Nepal por el asesinato de una turista estadounidense en 1975. Fue sentenciado a cadena perpetua en 2004 y, en 2014, a otra cadena perpetua por el asesinato de una joven canadiense. Actualmente sigue recluido en una celda que, según informes, se asemeja a una habitación de hotel.
Impacto en la psiquiatría
Los expertos diagnosticaron a Sobhraj con trastorno antisocial de la personalidad, una forma de psicopatía. El profesor Robert Hare, autoridad en el estudio de psicópatas, señaló que casos como el de Sobhraj demuestran que cientos de miles de personas con rasgos psicopáticos conviven entre nosotros, sin remordimientos ni miedo al castigo.
Según Hare, Sobhraj encajaba en la subcategoría del «maestro de marionetas»: manipulaba a otros para lograr sus objetivos, cambiaba de objetivo sin dudar y carecía de empatía. Sus declaraciones, como “Si alguna vez maté a alguien, fue por razones de negocio”, reflejan la frialdad emocional típica de este perfil.
El estudio de su caso ha obligado a la comunidad psiquiátrica a reconsiderar los criterios de diagnóstico y la forma de abordar a los individuos con alta peligrosidad pero sin conciencia moral.