Christina Koulouri es Profesora de Historia Moderna y Contemporánea y Rectora de la Universidad Panteión de Ciencias Sociales y Políticas.
Introducción
Esperábamos que 2021 fuera la ocasión perfecta para volver a 1821 y valorar el rumbo histórico de Grecia hasta la actualidad. El Estado griego que habitamos nació de esa revolución, por lo que se planearon publicaciones, eventos, proyectos de investigación, conferencias y conciertos a nivel internacional, nacional y local. Sin embargo, la imprevisibilidad de la historia dictó otro escenario, recordándonos al centenario de 1921, cuando la Grecia de entonces tampoco celebró el primer centenario de su revolución por la Campaña de Asia Menor. Resulta irónico que el épico triunfo de 1821 no se conmemore, mientras que se recuerda la tragedia de 1922, con sus implicaciones para la conciencia colectiva.
El papel de la Iglesia
El rol de la Iglesia en la revolución ha sido sobrevalorado al confundir la religión como elemento de identidad nacional con la actuación de las instituciones eclesiásticas. La fe ortodoxa cristiana fue el primer núcleo de la identidad griega, tal como indican las primeras constituciones revolucionarias, y algunos clérigos –como Palaió Germanos y Papaflessas– participaron activamente en la Filiki Eteria.
Sin embargo, el Patriarcado Ecuménico y la Iglesia institucional se opusieron a la revolución, al igual que rechazaron las ideas de la Ilustración neogriega y los discursos de la Revolución Francesa. En 1798 el Patriarca Gregorio V condenó la obra de Rigas Feraios como peligrosa para la fe ortodoxa. En 1819 emitió una encíclica que marcó el inicio de la campaña antiilustrada, enfrentando a los iluministas liderados por Korais con el patriarcado. La excomunión de Alejandro Ypsilantis y de los revolucionarios en 1821 reforzó la imagen del patriarca como enemigo de la independencia liberal. Solo décadas después la figura de Gregorio V se rehabilitó como «primer mártir» de la revolución.
La tradición constitucional y democrática
El carácter democrático de las constituciones revolucionarias y la cultura política emergente han sido minimizados, deslegitimando la oposición constitucional a Kapodistrias y a Othon como intereses locales sin ideas políticas. Aun cuando la transición del sistema otomano al Estado-nación moderno fue compleja, los combatientes griegos, mayormente analfabetos, comprendieron rápidamente el significado de la nueva legalidad. El caso de Karaiskakis ilustra cómo, a partir de 1824, se integró a las instituciones del Estado, redefiniendo conceptos de localidad y parentesco para alinearse con la legalidad nacional. En su encuentro con Kioutachi el 9 de agosto de 1826, Karaiskakis afirmó pertenecer a una legitimidad griega, no otomana.
El concepto de soberanía nacional se convirtió en un elemento constante del discurso político: la Constitución de Troizená (1827) declaraba que «la soberanía reside en la nación; toda autoridad emana de ella y existe a su favor» (art. 5). Los griegos adoptaron rápidamente el vocabulario constitucional, inspirado principalmente en modelos franceses, creando una tradición interna de instituciones liberales con particularidades propias.
La Constitución se vio como parte integral del proceso revolucionario desde 1821 y siguió influyendo en la vida política tras la llegada de Kapodistrias. Fue eje de la oposición que culminó en su asesinato y la guerra civil posterior, y también sustentó la revuelta contra Othon que desembocó en la revolución de 3 de septiembre de 1843. En Grecia, la Constitución no reflejaba valores de una comunidad ya formada, sino que contribuyó a su construcción, dotando de significado simbólico a los reclamos políticos.
Los líderes revolucionarios, aunque de diversa educación, comprendían el contenido político del término «constitución». Kolokotronis afirmaba que la constitución debía permitir la participación de todos, no solo de la élite letrada. Makrygiannis pedía una constitución adaptada a las necesidades de Grecia, sin imitar ciegamente a las naciones europeas más ricas y educadas.
Conclusiones
El proyecto de emancipación política coexistió con la visión de la revolución griega. El vocabulario de ciudadano se introdujo desde el inicio, configurando la cultura política del Estado. No obstante, la imposición de la monarquía, el predominio del Gran Ideario y la influencia filoortodoxa relegaron la tradición democrática a un «episodio» menor dentro de la narrativa dominante de 1821.
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