1972 fue un año clave para el movimiento olímpico. Después de 12 años sin que los Juegos se celebraran en Europa (Tokio 1964, Ciudad de México 1968), la edición de los Juegos Olímpicos se llevó a cabo en Múnich, Alemania Occidental, 36 años después de los Juegos de Berlín, los últimos antes de la Segunda Guerra Mundial. La elección de la capital bávara tenía un simbolismo especial: allí se fundó el Partido Nazi en 1920, y medio siglo después el mundo parecía listo para dejar atrás ese pasado y reunirse bajo la bandera olímpica.
El simbolismo se intensificó cuando Israel anunció que enviaría a sus atletas, intentando exorcizar los fantasmas de la historia. Los Juegos ofrecieron momentos deportivos memorables: Mark Spitz ganó siete medallas de oro, Olga Korbut deslumbró en gimnasia, Teófilo Stevenson obtuvo el primer oro cubano en boxeo y la Unión Soviética venció a EE. UU. en baloncesto.
La invasión del “Septiembre Negro”
Sin embargo, el 5 de septiembre de 1972, la tragedia no tuvo nada que ver con el deporte. Un grupo de ocho terroristas de la célula palestina “Septiembre Negro”, vinculada a la Fatah, escaló la valla de dos metros del Villa Olímpica durante la madrugada y se introdujo en el complejo armado con fusiles Kalashnikov, pistolas Tokarev y granadas.
Se dirigieron a la calle Connollystraße 31, donde se alojaba la delegación israelí. Tras intentar abrir la puerta del primer apartamento, despertaron a Yosef Gutfreud, árbitro de lucha, quien intentó advertir a los demás y arrojó una barra de 135 kg para retrasar a los asaltantes.
El entrenador de levantamiento de pesas, Tuvia Sokolovsky, logró escapar por una ventana; el entrenador de lucha, Moshe Weinberg, fue herido y forzado a guiar a los terroristas a los demás apartamentos, donde capturaron a más israelíes. Weinberg fue ejecutado en el acto, al igual que el levantador Joseph Romano.
Primeras víctimas en la Villa Olímpica
Los secuestradores retuvieron a nueve rehenes: Gutfreud, el entrenador de tiro Kehat Shor, el entrenador de pista Amidzur Shapira, el entrenador de esgrima Andre Spitzer, el juez de levantamiento Jacob Springer, los luchadores Eliezer Halfin y Mark Slavin, y los levantadores David Berger y Zeev Friedman. Los cuerpos de los que lograron escapar alertaron al resto de la delegación.
Los terroristas fueron identificados como Ludit Afif (código “Isa”), Yusuf Nazal (“Tony”) y varios cómplices. Habían pasado dos semanas observando la Villa, mientras que el resto llegó pocos días antes del ataque.
Inicios de las negociaciones
Exigieron la liberación de 234 palestinos y del militante japonés Kozo Okamoto, además de dos miembros de la RAF alemana. Israel rechazó rotundamente cualquier negociación, y la primera ministra Golda Meir condenó el atentado como una extorsión.
Falta de medidas de seguridad
Las autoridades alemanas habían decidido una seguridad “laxa” en la Villa, prohibiendo armas a los guardias y permitiendo que los atletas entraran y salieran sin identificación. Un informe de la policía había advertido semanas antes sobre un posible ataque, pero no se tomó ninguna medida preventiva.
Negociaciones infructuosas
Los negociadores alemanes ofrecieron grandes sumas de dinero, pero los terroristas respondieron que “el dinero no significa nada”. Tras varias extensiones del plazo, la policía preparó una operación de asalto a las 16:30, con 38 agentes vestidos de chándal y armados con pistolas Walther MP.
El fallido asalto policial
Los agentes, sin entrenamiento especializado, fueron observados por los terroristas a través de la transmisión televisiva en vivo. Ante la amenaza de muerte de los rehenes, la operación se abortó.
Traslado al aeropuerto de Fürstenfeldbruck
Los secuestradores aceptaron ser trasladados en helicópteros a la base aérea de Fürstenfeldbruck. La policía planeó una emboscada con francotiradores, pero la falta de entrenamiento y de equipamiento adecuado provocó un caos.
El tiroteo en el aeropuerto
Durante el embarque, los terroristas mataron a varios rehenes y a un oficial de policía alemán. Los francotiradores alemanes dispararon indiscriminadamente, matando a dos de los ocho terroristas y a un agente, mientras los demás secuestradores escapaban en los helicópteros.
La masacre final
En el helicóptero oriental, el líder Isa abrió fuego, ejecutó a los rehenes y luego se suicidó tras ser abatido por la policía. En total murieron 17 personas: cinco entrenadores israelíes, seis atletas israelíes, un policía alemán y cinco terroristas.
Consecuencias y legado
Los Juegos se suspendieron 36 horas, la única interrupción en la era moderna. Tras una ceremonia de homenaje, se decidió continuar la competición. El atentado impulsó la creación de unidades antiterroristas en Alemania y en otros países, y marcó un antes y un después en la cobertura televisiva en directo de eventos críticos.
La memoria de la masacre sigue viva, recordando a los once atletas y entrenadores israelíes que fueron víctimas de una violencia extrema que empañó la celebración del deporte mundial.